"El arte tiene más fuerza que cualquier discurso político", dice Marcelo D2 desde su estudio. Afuera, el clima brasileño está que hierve. Entre las cosas que más le inquietan, menciona el retorno del bolsonarismo, esta vez encarnado en uno de los hijos del expresidente. Las elecciones generales del 4 de octubre se aproximan y reinstalan en el país hermano una sensación de inminencia y antagonismo irresuelto, una historia que amenaza con reincidir sobre sí misma. Su posición es conocida: la del artista que, desde los años noventa, se rehúsa a separar la música de las fricciones de su tiempo. Indómito, pero también legitimado por una camada que excede largamente al rap, fue apadrinado por figuras de la vieja guardia del samba como Bezerra da Silva, Zeca Pagodinho, Arlindo Cruz y Alcione, y lleva décadas haciendo del circuito internacional una plataforma desde la cual exponer las miserias estructurales de su país, y por qué no, de toda Latinoamérica.
Veintiún discos después -ocho con Planet Hemp y trece bajo su propio nombre, entre ellos, Manual Prático do Novo Samba Tradicional, proyecto que en 2025 sumó su tercer volumen, LUIZA-, el carioca trae nuevamente los beats del hip-hop y la cadencia del samba a Buenos Aires, el 30 de agosto en el C Art Media. La gira parece haberlo encontrado en estado de vigilia total. Durmió poco durante los últimos días, encadenó traslados y compromisos, y aun así se muestra locuaz, alerta, dispuesto a extenderse. En uno de los escasos breaks de esa agenda, conversa con Billboard Argentina sobre aquello que lo moviliza, irrita y mantiene activo.

Durante años te definieron como "el rapero que mezcló samba y hip hop". ¿Esa etiqueta todavía te representa?
No lo veo como una categoría, sino como una etiqueta que impuso el mercado. No me preocupa demasiado. A mí me importa la música: hay samba, rock, rap, cumbia villera, sonidos del sur global y, sobre todo, una identidad muy carioca. El rap, de todos modos, sigue estando muy presente en lo que hago.
Eso se vio, sobre todo, en la serie Manual Prático do Novo Samba Tradicional. ¿Qué te dejó ese proceso que comenzó en 2023?
En 2023 hice IBORU y ese disco me abrió una puerta en la cabeza, sobre todo en términos sonoros y en torno a la idea de pensar un nuevo samba. Yo ya venía trabajando con el género desde 1998, pero esa búsqueda me resultó fascinante. Quería explorar ese universo, convertirlo en una especie de laboratorio del nuevo samba tradicional. Me dio margen para probar, combinar elementos y encontrar otras posibilidades de sonido.
¿Qué te sigue dando curiosidad musicalmente?
Tengo 35 años de carrera y una necesidad constante de buscar cosas nuevas. Últimamente me inspira mucho mi ciudad. Río de Janeiro es rebelde, sexy, muy bella y, al mismo tiempo, muy violenta. Tiene una cultura muy fuerte, pero también atraviesa un proceso de apagamiento cultural muy profundo.
Trabajo con muchos ritmos, aunque cada vez me interesa más pensar la historia de las ciudades. Hoy, lo que más me atrae es lo que sucede musicalmente en Río de Janeiro: su historia, sus tensiones, todo lo que se respira ahí. Es una ciudad atravesada por contrastes.
Durante años defendiste la música local frente a la necesidad de legitimación de Estados Unidos y Europa. ¿Sentís que Brasil aún necesita esa mirada del extranjero?
No del todo. Yo también tengo muchas influencias del rap estadounidense y de otras músicas. Hay una idea que me interesa mucho, la antropofagia: tomar elementos de otra cultura, procesarlos y convertirlos en algo propio. En los años noventa recibí muchísima influencia del rap norteamericano y, de alguna manera, hice eso con todo ese universo.

¿Qué cambió en la forma en la que Brasil muestra su música hoy al mundo en comparación con años anteriores?
Cada vez siento menos presión por encontrar un lugar dentro del mercado. Hoy está atravesado por grandes distribuidoras, plataformas como Spotify o iTunes y una lógica algorítmica que cambió la manera de escuchar música.
Con el tiempo entendí que cuanto más represento a mi gente y al lugar del que vengo, más lejos puede llegar mi música. Toqué en 45 países y, en todos esos lugares, sigo representando algo muy específico: Río de Janeiro. Esa experiencia hizo que me aferrara todavía más a mi identidad y a la música que nace de ahí.
Muchas de las cosas sobre las que escribías hace años -la violencia, la desigualdad, los problemas sociales- siguen hoy muy vigentes. ¿Te frustra seguir hablando de las mismas problemáticas?
Sí, me frustra mucho. Pasaron 35 años y muchas de esas problemáticas siguen intactas. Brasil, además, te obliga todo el tiempo a volver sobre esos temas.
Lo que sí cambió fue mi manera de mirarlos. Hace años podía escribir: "Vamos a la calle a tirar una molotov a la policía". Hoy no. Ahora escribo desde otro lugar, con otra perspectiva.
¿Qué es lo que más te preocupa hoy de Brasil?
Que vuelva Bolsonaro. En octubre hay elecciones en Brasil y el riesgo de ese fascismo tropical sigue presente. Sería un problema muy grave que volviera a imponerse.