Un grupo de hombres apoyados contra una pared de ladrillos en East Village, con jeans achupinados, camperas de cuero, flequillo sobre los ojos y cara de pocos amigos. La foto la sacó Roberta Bayley, costó 125 dólares y terminó estableciendo la portada del debut de Ramones en 1976; y, por qué no, una de las estampas madres del punk rock. Viajó más lejos que el disco y encontró en Argentina una tribu propia: los llamados "ramoneros". Attaque 77, Expulsados, Superuva, Comando Suicida y toda esa fauna suburbana absorbieron esa descarga, plasmando la estética neoyorquina en los escenarios nacionales. Hoy, varias mutaciones después, esa herencia sigue muy viva y una de sus versiones más abrasivas se llama Winona Riders.
"Son cuatro pibes de barrio que no tenían nada que perder ni nada que ganar", dice Ariel Mirabal Nigrelli, cantante y guitarrista, con una copia en vinilo entre las manos, el mismo que el 23 de abril llegó a sus cincuenta años. "Me di cuenta de lo poderosos que son cuando fui a ver a Marky Ramone -en relación con la fecha en el Teatro Flores, en marzo del año pasado- y cada vez que sonaban esas canciones era un mar de lágrimas y orgullo", recuerda en conversación con Billboard Argentina. "Le cambiaron la vida a muchas generaciones. Paro porque me voy a poner a llorar".
Por más que el fanatismo les corra por las venas, bajan cualquier comparación apenas se menciona: comentan que sería "hipócrita" medirse con ellos. Sin embargo, cuando se las pone en perspectiva, aparecen ciertas correspondencias imposibles de esquivar. Como haber hecho pie en las afueras de la ciudad -Queens y Morón-, vivir el entusiasmo del público con temperatura futbolera y reconocer todo recital como una patada de electricidad en el pecho; que en el caso yanqui, estaba punteada por ese "one, two, three, four" que Joey Ramone disparaba como señal de largada.
Los Ramones vieron antes que el resto que el género no se consumía en la furia, sino que también podía contaminarse del pop, ensuciar otras melodías y dar a ver el tedio adolescente con ironía y psicosis. Winona prolonga esa búsqueda en 0%, su quinto álbum de estudio, editado hace menos de un mes. En trece canciones largas con títulos provocativos (como "Winona bootlegs", el rótulo que se ganaron en redes sociales), el sexteto endurece el argumento que vienen proclamando desde Esto es lo que obtenés cuando te cansás de lo que ya obtuviste (2023). "Es una reafirmación del mensaje que venimos dejando hace cinco trabajos. Una reafirmación de todo eso, y un poco más también", lanza Gabriel Torres Carabajal, percusionista. "Estamos viviendo tiempos muy apurados para todo, y de ahí surgen nuevas inconformidades, nuevas preguntas. Es seguir buscando esa respuesta".
A tono con esa búsqueda, el vocalista define la obra como "cruda en sonido y mensaje". "Sentimos la necesidad de apuntar con el dedo, de decir para nosotros a quién hay que tenerle cuidado y contra qué hay que rebelarse", señala. Con el diario del lunes, hay un patrón que se repite a lo largo de su discografía: todas sus producciones dialogan con el deterioro de la época; un malestar que se volvió más audible a medida que el proyecto avanzó hacia el centro del mainstream. Por un lado, gran parte de sus versos discuten el caretaje del ecosistema ("autoboicoteando mi paso por la industria"), por otro, gritan su amargura sociopolítica ("somos la generación que cuestionó y no perdonó"). "Estamos bajo el ala de un gobierno fascista, está la incertidumbre de que pueda caer una bomba en cualquier momento. No son tiempos divertidos, está todo mal", agrega.

Para Ricardo Morales, guitarrista, no hay nada particularmente nuevo en esa postura: "en todas las generaciones se cuestionaron cosas". "El disco habla de esa olla que junta presión todo el tiempo y nunca termina de explotar. Nunca pasa nada, y los cambios son mínimos", agrega. Y confronta: "Me parece que hay que hacerse cargo de los tiempos que estamos viviendo y cuestionarlo todo. Porque las cosas se están haciendo mal, o estamos yendo por mal camino".
Apoyado en una mezcla de psicodelia, distorsión y arrastre stoner que remite a The Jesus and Mary Chain, The Stooges y The Velvet Underground, ese malestar recorre el nervio del álbum. Pero donde realmente aprieta los dientes es en "Nuevos hechos emergen", el tema más frontal que escribió la banda desde "V.V.", de No hagas que me arrepienta (2024) que aludía a la ex vicepresidenta, Victoria Villarruel, y les trajo coletazos por fuera del palo musical. "Quiero limpiar la sangre de la represión / Quiero romper los cascos de la represión / Quiero tocar en el fin de la represión", cantan, y no dejan lugar para la interpretación. "Queremos paz pero no es suficiente / No es un hit, es una declaración / Saturando en medio de la depresión".
Esa arrogancia excede la obra en sí. Por extensión, salpica todo lo que los rodea, incluida la prensa. Para su presentación, desviaron el libreto habitual del listening y citaron a un grupo de periodistas en El Portal -definido por Nigrelli como "un antro de Balvanera"- con la promesa de una conferencia de prensa y una escucha anticipada. El objetivo, en teoría, era el de siempre: una ronda de preguntas, respuestas y promoción. Aunque cuando llegaron, estaban los instrumentos montados para tocar. Y así fue, Winona salió a escena e hizo el disco entero. "De raíz, eso también es una declaración", tira el vocalista. "Encontraron menos preguntas y más respuestas. El plan era llevar a todos los medios, que acepten ir, a un lugar recóndito de uno de los barrios más underground de la ciudad", revela. Quizás haya algo en esa actitud que explica por qué la masividad siempre aparece bajo sospecha.
A un año de su debut en el Estadio Obras Sanitarias, y mientras preparan una gira que los va a llevar por distintas plazas del país, además de México y Paraguay, Winona Riders (completan la formación Santiago Vidiri, Francisco Cirillo y Mauro Arenas) vuelve sobre ese punto de quiebre para hablar de escala, industria y todo aquello que todavía les sigue haciendo ruido.

El disco abre con "Adiós (A Dios)", con la frase "No tengo miedo de llevarme puesto a Dios". ¿Qué representa esa figura?
Ricky: Capaz no es la figura literalmente a lo que se refiere, sino como a un personaje, digamos, o a lo que idolatramos. No necesariamente tiene que ser Dios, puede ser alguien que veneramos o lo tenemos allá arriba. Es cuestionar a nuestros ídolos. No sé, hasta cuestionar a los Rolling Stones, que en la letra dice eso. Es sacarse el miedo del que está arriba y llevarse puesto todo. Al menos nosotros lo pensamos así, pero es más figurativo el mensaje y no tan literal.
En su quinto trabajo. Muchos lo leen como una sobreproducción. ¿Qué opinan al respecto?
Ariel: Mientras la calidad esté, haya una búsqueda y haya un mensaje que no sea siempre el mismo, no es sobreproducción. Creo que la cantidad está mal cuando está vacío. Nosotros estamos muy conformes con lo que estamos haciendo y también es un poco aprovechar el rayo de inspiración que cae, que es algo que se busca y se estimula, pero se trabaja todos los días. Tal vez en un tiempo no nos sale un disco en tres años. Ahora sí, y ahora nos estimulamos con todas nuestras influencias y todo lo que queremos hablar. Y sale.
¿Cómo se estimulan?
Ariel: Pasando tiempo entre nosotros. Es algo que, más que nada, con estos dos últimos discos tratamos de que haya tiempo en conjunto. Por ahí nos juntamos no a hacer, pero sí a mantener un momento de ocio sabiendo que es algo que va a traer frutos en algún momento.
"Si no le movés el tablero a la gente, no se está jugando nada"
En la entrevista que dieron en El Destape a propósito de 0%, me llamó la atención que dijeron que les parece "gratificante ver a la gente enojada". ¿Por qué dependen del enojo? ¿Qué búsqueda hay detrás?
Ariel: No dependemos del enojo. Yo creo que si no le movés el tablero a la gente, no se está jugando nada. Nace un poco de salir de la zona de confort. Todo lo que podamos. O sea, es algo totalmente egoísta. Nace de una necesidad nuestra de querer hacer las cosas como las hacemos y decir las cosas que nos parecen.Nos preguntan, respondemos. Pero bueno, hay gente que le molesta. Está muy bien que pase. Si pensáramos todos iguales, si todos fueran halagos, sería aburrido. El punto de Winona tampoco es gustarle a todos y que nos vaya bien con eso. Es también meter un dedo en la llaga, con cosas más banales hasta con cosas más serias.
¿Qué les pasa con el hate en redes sociales? Pienso, por ejemplo, en el apodo "Winoni".
Ariel: Que Winona no es para todos. Obviamente hay días y días, pero es la vida que elegimos. Y si tiene que ser un factor de lo que hagamos, no importa. Creo que hay cosas mucho peores. Aparte, tampoco todo lo que se dice en redes -yo, y creo que ellos tampoco- jamás lo escuchamos en persona de alguien. Entonces, mientras sean píxeles, es difícil tomárselo en serio. Se deshumanizan solos. Están invitados a hacerlo.
¿Cómo se llevan con la tibieza en la crítica musical?
Ariel: No esperamos mucho de la crítica, ni de los rankings, ni de las reseñas. Hay mucha gente dando su opinión y tal vez poniendo en palabras lo que es el proyecto desde ojos que por ahí viven otra cosa o tienen otra forma de ver las cosas. No nos interesa eso. Nos interesa cómo lo vemos nosotros.
¿Y con la masividad?
Gabriel: Cuanto más chiquito es el espacio y más concentrada está la gente, y menos lugar hay para caminar mismo en el lugar, o para ir al baño, o para ir a la barra o buscar algo de tomar, más encendidos nos vamos a encontrar nosotros transmitiéndoles nuestras canciones. Hay una cuestión ahí del calor, de la transpiración, pasando, que hace que sea como amalgamar todo junto. Esa cuestión de estar cerca del público sí hace una diferencia química en cómo estamos nosotros de encendidos.
El 9 de mayo se cumple un año de Obras, un show del que se habló mucho por cierta lógica de vieja escuela: largo, con desarrollo y gráficas. ¿Había una intención de demostrar algo con esa puesta?
Ariel: Es nuestra forma de hacer las cosas.
Gabriel: Expresarnos. Me acuerdo que estaba la idea de ya en Obras tocar las canciones de lo que fue el cuarto disco, que había una o dos canciones recién salidas del horno, y nos pareció la excusa perfecta como para hacer un punto y aparte. Hacer todo lo que ya teníamos y dar pie a lo que se vino después. Ahora el punto y aparte desembocó en que sea un show de cuatro horas y media. Pero sí, es nuestra manera simplemente de afrontar.
¿Fue un punto de quiebre?
Gabriel: No.
Ariel: Fue el hecho de poder haber hecho toda la discografía y tener el lugar para nosotros, y hacer lo que queramos, y tener un lugar de esa magnitud que nunca tuvimos. Sí, fue revelador para nosotros, pero no es que ahora hacemos un Obras por mes. Fue plantar bandera y hacerlo, pero esto sigue.
Ricky: Sí, fue un camino de la banda para poder producir en grande y exponenciar lo que tenemos. Son pocas las oportunidades y las chances de poder producir un show largo y grande y estar atrás, en la puesta de luces, en el setlist, en los arreglos, los músicos, los vientos, las gráficas. Creo que fue divertido y fue un desafío para todo el equipo, más allá de nosotros como banda. Fue un desafío personal en conjunto. Fue decir: "Che, somos capaces de hacernos cargo de hacer un Obras bien producido, a todo trapo, a nuestra manera".