"Lanzar un disco propio era lo único que tenía en mi lista de pendientes", dice Nicolás Btesh. Después de años dedicado a darle forma, cuerpo y sonido a las canciones de otros, esta vez le toca hacerse cargo de las propias. Productor, ingeniero e ideólogo de eso que, en algún momento, alguien bautizó "nuevo rock nacional", fue uno de los nombres principales en la construcción de una camada que buscó reponerle al género algo de su vuelo melódico.
En ese trayecto trabajó con El Zar, Indios, Ainda, entre otros, pero fue en Conociendo Rusia donde su firma quedó más expuesta. En 2018 grabó junto a Mateo Sujatovich el debut del proyecto en El Mar, su estudio, dando inicio a una sociedad que se extendió hasta 2024, cuando el artista anunció su salida del grupo. Algo de esa escuela todavía reverbera en Asuntos Pendientes, su primer álbum tras el EP Romances (2019), donde finalmente termina de apropiarse de ese registro.
"Esto es resultado de todo eso: de haber estado detrás de escena, pero también de haber tenido siempre la mecha prendida", comparte en diálogo con Billboard Argentina. Aunque durante años ocupó el rol de productor, insiste en que ese nunca fue el punto de partida: "Yo siempre fui primero artista, cantante, compositor y guitarrista". "Es volver a mis inicios. Conectar conmigo mismo y con toda esta cosecha de haber trabajado con tantos artistas que admiro y que me nutrieron para poder hacer lo que estoy haciendo ahora", suma.
Por el momento, Btesh parece haber saldado casi todas sus deudas. Cerró el círculo del disco personal, dejó de postergar la voz que venía pateando hace años y está a punto de ser padre. Luego de tanto tiempo afinando temas ajenos, finalmente construyó la vida que venía mezclando en borrador. Ya no quedan demasiados asuntos pendientes, apenas el más difícil de todos: darle tiempo a la obra para que termine de hacerse.

En una entrevista reciente dijiste que acumulabas deseo pero también miedo. ¿Miedo a qué, concretamente?
Hacer un proyecto personal lleva mucho esfuerzo emocional porque uno se pone en juego con sus emociones. Escribir canciones es un salto al vacío. Se mezcla con la vida personal y escribir eso es un acto de valentía. Por eso el miedo. No solo a preguntarte qué tenés para decir, que es la primera pregunta que nos hacemos quienes intentamos componer -qué tengo para decir para agregar en este mundo-, sino también qué es lo que puedo hacer y qué es lo que me sale. Son cosas que no necesariamente van de la mano. Entonces, vencer ese miedo era atravesar todo este tiempo de no hacer mi música. Cuesta sacarse las telarañas. Después, una vez que uno arranca, el entusiasmo aparece inmediatamente.
¿Fue difícil autoproducirte?
Sí y no. Por un lado, sí, porque las decisiones las tomaba yo. Si bien trabajé con un montón de amigos alrededor, que fuimos quienes ensayamos las canciones y las arreglamos, hay una neurosis propia de abrir las sesiones y pensar: esto puede estar mejor. Y después el hecho de enfrentarme a mi mismo como intérprete, sobre todo como cantante, y decir: "esto es lo que soy, esto es lo que me sale". Pero por otro lado, hubo algo que fue muy bueno. Durante muchos años fui construyendo un sonido, una manera de hacer las cosas, y en esa búsqueda de autosuficiencia dije: "quiero impregnar en mí eso que hago para muchos otros".
El disco tiene un sonido muy crudo. ¿Qué decisiones concretas tomaste para evitar el "polish digital"?
Me encanta que lo vean como algo crudo, había una búsqueda. Hicimos una grabación de las bases tocando los tres en vivo y grabamos en cinta. Y la grabación en cinta, como la usamos nosotros, tiene una limitación: la cantidad de tiempo que podés grabar. Cada pasada de cinta te permite grabar 15 minutos, y eso nos daba alrededor de cuatro tomas por tema. Era una forma de ponernos una limitación en este mundo digital, donde ya no hay limitaciones.
La idea de grabar en vivo era tratar de no manipular eso que pasó. Respetarlo y decir: "esto es lo que ensayamos, esto es lo que salió, y de acá partimos". Desde ahí tratamos de ser consecuentes con la idea de no sobreeditar, no sobreproducir, no manipular demasiado los sonidos, sino dejar que se sintiera natural. Es una búsqueda que fui puliendo durante mucho tiempo, y acá sentí que era el momento de hacerla como yo consideraba que había que hacerla.
¿Creés que fue una postura política frente a cómo circula la música hoy?
Político es todo. En ese sentido, sí. Pero no levanto la bandera de la música en vivo, de la música no editada, o de lo humano contra lo otro. No lo pienso así. Quizás sea el último proyecto que haga de esta manera, no lo sé. Por ahora, vengo bastante virgen en ese aspecto.
En ese sentido, es un disco súper humano, súper orgánico. Todo lo que suena es real. No usé samples, prácticamente. Todo está hecho con los instrumentos que son, tuve esos lujos. Grabamos cuerdas, y grabamos con una orquesta de Budapest, que es una orquesta que trabaja online y a la que le podés "alquilar" un rato de sesión con 40 músicos. Es algo impresionante. También hay algo de capricho en eso: este es mi disco, son mis reglas y me doy esos gustos.
Cuando mencionás a The Rolling Stones como referencia, ¿de qué etapa estamos hablando exactamente?
Estuve escuchando mucho a los Stones. No sé si un disco en particular, pero sí muy conectado con ese feeling que tienen. Algo en las guitarras, en los arreglos. Obviamente mis canciones no tienen el rock and roll de Mick Jagger, pero había algo en la idea del arreglo que sí era inspiración. Quizás en mi manera de cantar hay mucho más de Gustavo Cerati que de Jagger, pero había un espíritu en los riffs, en algunos patrones de batería, en ciertos sonidos de batería, que me remitían mucho a canciones de los Rolling.
Después hay sonidos de guitarra más Dire Straits, con un tono más opaco. Y también hay referencias a Pescado Rabioso, Spinetta y los Socios del Desierto, que son proyectos de Luis Alberto Spinetta que me marcaron mucho y que representan su costado más rockero.

¿Cómo te llevás con la escritura?
Durante mucho tiempo, la escritura -la poesía dentro de la música- fue algo que me frenó a la hora de componer. Me fluía mucho más el lado de las melodías que el de las letras. Siempre fui alguien a quien le importaron mucho las palabras, sobre todo desde los veinte en adelante, cuando empecé a sentir que si no me gustaba la letra, no me gustaba el tema. Aunque suene bien, hay algo en las canciones donde parece existir ese permiso de que, si suena bien, alcanza. Yo siempre me lo tomé muy en serio. Me costaba mucho, fue un gran freno dentro de mi composición.
Para destrabarlo, me junté con colegas que también escriben canciones. Una vez que se destraba, aparece. Le das vueltas y vueltas, y llegás a algo. Siento que las letras están bien. Me parece que hay una identidad en cada canción y, en el marco general del disco, también hay una idea dando vueltas alrededor de Asuntos Pendientes. Fue todo un trabajo. Por suerte tengo muchos amigos compositores muy buenos con los que pude destrabar esa tarea y abrir el dique, por así decirlo.
¿Sentís que la primera persona te libera o te condiciona a la hora de escribir?
Las dos cosas. Hay cosas que no son personales y están escritas en primera persona, y hay cosas que sí son personales y por ahí no están en primera persona. Me acuerdo de algunas entrevistas de Cerati en las que hablaba de esos permisos, de ese margen para la fantasía. En las canciones está ese lugar. Él hablaba de construir desde la fantasía, como si fuera el espacio para poder ser no solo quien no sos en la vida real, sino incluso quien ni siquiera te animás a ser. Y me parece que ese es un lugar hermoso para escribir.
¿Cuál fue la última decisión que tomaste antes de cerrar el disco?
Las últimas decisiones estuvieron en la mezcla. Como mezclé el disco yo, entré en una neurosis total: ver si el sonido estaba bien, si se transmitía bien en el auto, en el celular, en distintos lugares. Esa transferencia era lo que más me obsesionaba. No tanto desde un lugar técnico, sino desde algo que incluso excede lo técnico en la mezcla o la postproducción. En inglés le dicen el feel, el "baile". Los elementos pueden ser los mismos, pero hay una manipulación técnica que repercute mucho en cómo sentimos esa música. La compresión, la exageración, qué tan fuerte está algo, qué tan suave, qué tan relajado: todo eso repercute en cómo escuchamos.
Entonces estaba muy atento a no arruinar ese "baile", sino a tratar de transferir eso en cómo quería que los demás lo escucharan. Quería que lo rockero estuviera fuerte, pero que un tema más tranquilo también se sintiera. También pasa que la música muy rockera, cuando la escuchamos en casa, a veces aleja. Hay maneras de ser muy rockero sin ser tan estridente, tan exagerado. The Strokes, por ejemplo, son súper rockeros, pero su escucha es amable. Hice lo mejor que pude, y llega un momento en que hay que soltar. Pero esa fue la última etapa del disco: tratar de que ese canal correspondiera con lo que quería transmitir.
¿Sentís que vas a poder defender todas las partes del álbum en vivo?
No lo sé. Es una parte que me entusiasma, porque quiero volver a tocar y cantar. Pero también me da vértigo. Quiero divertirme. No quiero vivirlo con presión ni con sobreexpectativa.
El 29 de mayo, Btesh llevará Asuntos Pendientes al escenario por primera vez con un show en el Centro Cultural Richards.