Alguna vez Epicuro sostuvo que temerle a la muerte era un sinsentido: mientras vivimos, ella permanece ausente y, cuando finalmente se presenta, ya no queda nadie capaz de padecerla. Mark Oliver Everett, el californiano que desde mediados de los 90 se esconde detrás del nombre de Eels, parece haber alcanzado una conclusión similar, aunque por una vía poco ortodoxa: el Monstruo de las Galletas de Plaza Sésamo. Aquel muñeco azul, célebre por su voracidad y sus ocasionales inquietudes metafísicas, propuso una máxima de inesperada lucidez: celebrar la existencia de la galleta en lugar de lamentar su desaparición. El músico reconoció en esa ocurrencia infantil una síntesis de la condición humana y, de paso, encontró el título para su decimosexto álbum, Cookie Happened.
¿Más existencialista? Hablamos de un artista que encontró a su padre muerto de un infarto, perdió a su hermana por suicidio, a su madre por cáncer y a una prima en los atentados del 11 de septiembre. Una sucesión de fatalidades que, trasladada a la ficción, rozaría el exceso melodramático, pero que en su biografía constituye el punto de partida de una exploración sobre el duelo, la memoria y las dificultades de seguir adelante cuando la experiencia destruye cualquier ilusión de permanencia. De semejante historial surgieron algunas de los temas más dolorosamente hermosos del rock alternativo estadounidense, especialmente las de Electro-Shock Blues (1998), y una autobiografía, Cosas que los nietos deberían saber (2007), donde el humor negro y la irreverencia ofrecen un contrapunto a la desolación.
Antes de conversar con Everett, los periodistas recibimos una carpeta con abundante material sobre su nuevo trabajo, incluido un track by track escrito a mano por el propio músico y acompañado de una instrucción: "Por favor, leerlo antes de hacer la entrevista". Asimismo llegaron algunas advertencias sobre su temperamento, aparentemente poco compatible con las obviedades periodísticas. Sin embargo, apenas aparece del otro lado de la pantalla, tira un chiste, se ríe de sí mismo y exhibe una amabilidad que desmiente su fama de gruñón.
A propósito del lanzamiento de Cookie Happened, sucesor de Eels Time! (2024), habla sobre la muerte, los arrepentimientos y su desencanto con la política, aunque prefiere explorar las contradicciones humanas antes que escribir consignas. Le interesa más el John Lennon que cantaba sobre su madre que aquel comprometido con las grandes causas, y encuentra en Bob Dylan un ejemplo de la libertad artística que supone abandonar el papel de portavoz generacional. Tampoco parece demasiado preocupado por su legado: después de todo, asegura, hasta los Beatles terminarán siendo olvidados. "En cierto sentido, todo es inútil. Pero qué hermoso saber eso y, aun así, intentar hacer algo bello", reflexiona, como si hubiera identificado en la fugacidad de la existencia una razón suficiente para seguir escribiendo canciones.
Si, como planteás, tarde o temprano todo caerá en el olvido, ¿qué sentido tiene seguir haciendo discos? ¿Por qué un decimosexto álbum?
Sí, ¿qué sentido tiene? Creo que justamente ahí está la cuestión. ¿Acaso no es extraordinario haber tenido la oportunidad de existir, aunque sea por menos tiempo del que quisiéramos? Tarde o temprano, todo caerá en el olvido.
Entremos en las canciones. En "Cap in Hand" hablás de reconocer los propios errores y aprender a pedir disculpas. ¿Creés que asumir que uno se equivocó se vuelve más fácil con los años?
Creo que sí. En realidad, muchas de las canciones de este disco surgieron como una especie de flujo de conciencia. Cuando empezaba a escribirlas, apenas tenía una idea de hacia dónde podían ir. Simplemente iba enlazando frases hasta que terminaban tomando forma de historia. Eso fue lo que pasó con esta canción.
Aunque en ese momento estaba hablando de algo que no me ocurría personalmente, creo que aborda una experiencia universal. Todos atravesamos situaciones en las que tenemos que pedir perdón. Es parte de la condición humana: nos equivocamos constantemente. Con los años, creo que reconocer esos errores se vuelve más sencillo. Empezás a comprender el poder que tiene una disculpa sincera cuando sos capaz de admitir que estabas equivocado.
En "All Forgotten, Not Existing Anymore", dejar de existir parece algo reconfortante. ¿Encontrás cierta paz en la idea de tu propia muerte?
Intento verlo así, porque a todos nos cuesta aceptar la idea de dejar de existir. Pero pienso que, antes de nacer, pasé muchísimo tiempo sin estar en este mundo. Cuando mi vida termine, simplemente voy a regresar a ese mismo estado. Y si antes estaba bien, supongo que después también lo estaré.
En mi caso, la muerte estuvo muy presente a lo largo de toda mi vida, así que siempre fui consciente de ella. Es algo en lo que pienso mucho y, con los años, se vuelve cada vez más inevitable. Sobre todo cuando estás disfrutando de la vida, cuando la estás pasando bien. En esos momentos cuesta aceptar que algún día todo eso va a terminar. Pero es algo de lo que nadie puede escapar.
¿Cuánto influyeron las pérdidas de tu familia en tu manera de entender la muerte?
Todas las tragedias familiares tuvieron un impacto enorme en mí. Creo que esa es la principal razón por la que desarrollé una conciencia tan profunda de la muerte. Soy el único sobreviviente de mi familia más cercana y eso, inevitablemente, te marca. Pero, al mismo tiempo, seguir acá me permitió conservar cierto optimismo. Es una manera de pensar que, después de todo, la vida también tiene cosas buenas. Y tener la posibilidad de transformar esas experiencias en arte es una suerte enorme.
En "Lost and Biking" planteás que si mirás a tu versión más joven y no te parece un idiota, probablemente todavía lo seas. ¿Hay algo de tu pasado que hoy te resulte ridículo?
Constantemente. Me costaría elegir una sola cosa. Cada tanto aparece algún recuerdo de la nada y pienso: "¿Qué estaba pensando?". Espero que nuestras versiones futuras piensen lo mismo de quienes somos hoy. Todavía desconocemos hasta qué punto seguimos siendo idiotas porque, con suerte, estamos aprendiendo y evolucionando constantemente. Creo que es una experiencia universal: mirás hacia atrás, recordás algo que hiciste cuando eras más joven y pensás: "Dios mío, qué estupidez".
Hablando de tu versión más joven, "Taking Pictures" surgió de una vieja grabación que recuperaste unos veinte años después. ¿Cómo fue reencontrarte con una canción escrita por alguien que, en cierto modo, ya no sos?
Es bastante extraño. Pocas veces me pasa descubrir una canción que escribí hace tanto tiempo, que nunca llegué a grabar en el estudio, y decidir retomarla. Pero cuando volví a escucharla, me sorprendió lo mucho que todavía me identificaba con la letra. Creo que habla, de alguna manera, de lo que significa llevar una vida dedicada al arte, y seguía reconociéndome en eso.
La verdad es que ni siquiera recuerdo por qué la dejé de lado. Probablemente porque atravesaba una etapa muy prolífica: componía tantas canciones que simplemente me faltaba tiempo para grabarlas todas.
En un contexto social y político cada vez más complejo, describís "Bamboozled Again" y "Dum Dums" como tus posibles canciones políticas. ¿Las considerás así?
Más o menos. Me parece un poco forzado definirlas de esa manera porque, en general, mis letras rara vez son explícitamente políticas. Me interesan mucho más las relaciones de poder dentro de nuestro entorno inmediato, lo que sucede en casa, las experiencias humanas universales. Aunque hay momentos en los que las cosas se ponen tan mal que resulta inevitable que algo de esa realidad termine filtrándose en la música.
¿Te cuesta escribir sobre política?
Simplemente, es el tipo de música que menos me interesa. Siempre pensé, por ejemplo, que John Lennon era mucho mejor cuando cantaba sobre su madre que cuando abordaba las cuestiones políticas con las que estuvo involucrado durante cierta etapa de su carrera.
¿Creés que los artistas tienen alguna responsabilidad a la hora de pronunciarse sobre cuestiones políticas o sociales?
Personalmente, creo que no. La gente debería opinar sobre las cosas acerca de las cuales realmente tiene algo que decir. Hay que permitir que cada uno sea quien es. Respeto muchísimo a quienes deciden hacerlo y yo mismo hablo de política de vez en cuando, pero considero que esa responsabilidad no forma parte necesariamente del trabajo de un artista.
Bob Dylan es un buen ejemplo. Durante sus primeros años escribía muchas canciones de folk político y recibía un enorme reconocimiento por eso. Pero en algún momento empezó a darse cuenta de que buena parte de su público estaba más interesado en las ideas que expresaban sus letras que en las composiciones mismas. Y entendió que eso tenía sus limitaciones, que podía explorar algo mucho más profundo.
Entonces comenzó a escribir desde un lugar más humano, universal, con una perspectiva completamente distinta. Y creo que lo que hizo después fue mucho más importante que aquello por lo que lo celebraban al principio.
Volviendo al concepto del disco, planteás que tarde o temprano todo caerá en el olvido. ¿Te importa que la música de Eels sea recordada?
No. Yo ya no voy a estar acá. ¿Qué me importa?
¿Ni siquiera un poco?
Bueno, sí, claro. Trabajo muchísimo y sería lindo que todo ese esfuerzo perdurara. Pero soy consciente de que, eventualmente, nada va a durar para siempre. Hasta los Beatles van a terminar siendo olvidados algún día. Entonces, ¿quién soy yo para pensar que mi obra debería sobrevivir a su fecha natural de vencimiento?
Dicho esto, cada tanto sucede que alguien redescubre algo que hice hace muchos años o utiliza una canción en un contexto completamente nuevo. Y eso me resulta muy divertido, incluso emocionante. Es lindo pensar: "Ah, mirá, alguien todavía se acuerda de esto". Puedo disfrutar de esos pequeños momentos. Pero jamás me siento a pensar en mi legado ni en cómo voy a ser recordado. Es algo que realmente me preocupa muy poco.
Después de dieciséis discos, ¿todavía queda alguien en tu sello discográfico con el coraje suficiente para decirte que una canción es mala?
Generalmente ese alguien soy yo.
¿Sos tu crítico más exigente?
Sí, todo el tiempo. A veces escucho una canción y decido dejarla afuera porque, por alguna razón, siento que no está a la altura del resto. Y cuando trabajo con alguien como Koool G Murder, con quien compongo bastante seguido, también puede pasar que me diga: "No sé muy bien qué pensar de esta canción". Tenemos la confianza suficiente para ser sinceros con lo que estamos haciendo.