Con su aura, frenó el tránsito y la marcha de un par de buses sobre una de las avenidas más transversales de la Ciudad de Buenos Aires (la Juan B. Justo, de Liniers a Palermo) para recibir un último baño de calor popular. Esa fue la última escena que protagonizó Rosalía en la parada argentina de su fascinante LUX Tour. A la salida de su cuarta función en el Movistar Arena (1, 2, 4 y 6 de agosto) su camioneta rumbo al aeropuerto fue abordada por los fans que rondaban la zona. Y ella asomó por el techo del vehículo para regalar sus últimas sonrisas y apretones de mano.
Su llegada había sido en la madrugada del jueves 30 de julio, marcada de cerca por una fuerte custodia y con un gran despliegue de seguridad en los límites del hotel de lujo en el que se hospedó durante la semana que pasó en la capital argentina. Había cierta tensión luego de que la catalana reposteara un video en contra de la Selección Argentina de fútbol tras su derrota en la final del Mundial 2026, musicalizado con su valsecito "La Perla". De pronto, para los trolls de las redes sociales, los canales de noticias y los chimenteros, Rosalía era la gran enemiga pública nacional.

Todo ese repudio virtual quedó a un lado y bien chiquito en cuanto asomó en el escenario cual muñeca de cajita musical, acompañada nada más que por su enorme capacidad vocal y nada menos que por el embriagador swing de la orquesta dirigida por la cubana Yudi Heredia. También, por un cuerpo de baile que va y viene. Desde ese momento y hasta el final de cada una de las cuatro funciones, Rosalía desplegó su encanto barroco en un show que contiene el viaje espiritual entre el cielo y la tierra (¿el infierno?) que se desprende de su celebrado álbum.
Es sublime, elegante, suntuoso, sensible, ritualístico, cortazariano (en entrevistas lo mencionó como una de sus mayores influencias a la hora de escribir, y lo invocó en la segunda función). Un modelo para armar, que tiene tanto de ballet, como de teatro, de cine (entre varios momentos, especial la toma y la dirección de cámaras para el drama de "La yugular"), de flamenco ("El redentor", "La rumba del perdón"), de rave ("CUUUUuuuuuute"), de ópera, hasta de misa ("Mio Cristo", con lágrimas en los ojos) o de galería de arte (el encantador cover de "Can't Take My Eyes Off You" en el que se erige como una Mona Lisa). Es exigente pero también divertido. Y todo está en su lugar.

En el ida y vuelta con el público (además de pedir disculpas por su desafortunado repost) surgieron algunos momentos por fuera del programa: una sentida relectura de "Alfonsina y el mar" (algo que ya había hecho en su visita de 2022); algunos versos de "Pienso en tu mirá" y "Bagdad", destacadas de El Mal Querer, álbum que no aporta ninguna canción en la lista de temas de la gira LUX; y hasta la recreación de memes locales.
Otro toque argento se dio en cada uno de los confesionarios. Por allí pasaron Ángela Torres, Lali (a la altura del carisma de la catalana), La Joaqui y Taichu para contar sus desventuras amorosas que se volvieron virales.
"Hay algo que quiero decirles y es que para mí ha sido imposible de ignorar estando aquí, viéndolos a todos ustedes: tienen una voluntad colectiva de estar todos juntos, en un mismo lugar, a una misma hora", elogió Rosalía al público argentino en la última función. Durante los siete días que vivió en la ciudad, la artista midió el peso de esa distancia entre lo real y lo virtual: mientras quedaba algún resabio de hateo en redes, en la calle durante sus fugaces recorridas entre shows por parrillas, bodegones, librerías y cafecitos porteños, la abordaban pequeñas multitudes que se armaban solas ante la fortuna de cruzársela.
En esos cruces le hicieron saber que su presencia es angelical, algo que el propio show ya sugería desde la intro con "Angel" (Jimi Hendrix). Y le daban la razón: aquella muñeca de la primera escena es la misma que en "Porcelana" cita a Jesús en latín ("Ego sum lux mundi") para proclamarse la luz del mundo. Cuando la quisieron apagar, ella se prendió como nunca.