1997. Una muchacha que se niega a ser el chiche del deseo ajeno sube al escenario de los MTV Video Music Awards para recibir el premio a Mejor Artista Nuevo por "Sleep to Dream", la primera cachetada de Tidal (1996). La canción es elusiva como todo lo que Fiona Apple escribe y propone, aunque deja un anticipo sobre la mesa: "Esta mente, este cuerpo y esta voz no van a dejarse apagar por tus formas desviadas". Frase de la que haría uso y abuso a lo largo de su carrera, empezando por ese momento en el que toma el micrófono, cita a Maya Angelou y tira una bomba televisiva: "Para todos los que estén mirando, este mundo es una mierda". Hacía un año que la industria intentaba resolver el rompecabezas de si estaba frente a una Lolita post-grunge o un lío con fecha abierta para cualquier contrato discográfico. Su coronación de gloria llegaría rozada por ambas sospechas.
Fue en plena fiebre noventosa, con Hollywood y sus satélites culturales cebados con la juventud rota. La música seguía bajo el efecto de Nevermind de Nirvana y Ten de Pearl Jam, dos discos lanzados en 1991 que premiaban la furia y el desencanto; el cine independiente, con Kids (1995) de Larry Clark, filmaba la podredumbre sexual neoyorquina; y la moda dejaba en manos de Kate Moss el canon de una belleza flaca y mortuoria. Paralelamente, una camada de mujeres solistas venía pateando el rock alternativo con psicosis e insolencia. En ese contexto, Fiona daba perfecto, pero no cerraba. La figura que el mundo quería mirar no permanecía callada, devolvía la mirada en forma de escritura. Y gran parte de esa descarga quedó registrada en su debut, que este 23 de julio cumple 30 años de guardar una voz adolescente con varias vidas de resentimiento haciendo presión en la garganta.
Dicen que para "pegarla" hace falta una mezcla injustificada de talento, azar y alguien con ganas de escuchar. En el caso de la artista estadounidense, esa fórmula apareció en una proporción altísima. La historia fundacional cuenta que grabó tres temas en un casete (entre ellos, una versión de "Never Is a Promise") y le regaló una copia a una amiga. Esa amiga trabajaba como niñera de los hijos de Kathryn Schenker, una publicista que había acompañado a Sting, Bob Dylan y Tina Turner, y que al escucharla, reconoció su riqueza artística. Entusiasmada por el hallazgo, hizo llegar la cinta a Andrew Slater, productor vinculado a Sony Music y The WORK Group, quien finalmente la firmó.

Fiona era un enigma con mucha cabeza y eso la tornaba reprobable. Entre "Sitting in Limbo" de Jimmy Cliff y "Angel" de Jimi Hendrix no parecía haber distancia cuando pasaban por su voz. Hablaba de acostarse con tipos, la pérdida de la inocencia y sus trastornos alimenticios con una claridad afectiva y una conciencia difíciles de asociar a una debutante de 18 años. Tomaba lo íntimo y lo exponía ante el tribunal siempre abierto del prejuicio social. Y además, tenía un gusto musical refinado para el instructivo de la promesa alternativa. Según contó Slater, en sus primeros encuentros la llevó a una disquería para entender de dónde venía y lo que buscaba construir. Ella compró discos de The Roots, The Pharcyde, Miles Davis, Ella Fitzgerald y Marvin Gaye. No había escapatoria.
Su más fiel aliada es la escritura, el mismo arte que dicta su gran don. La época prefería envolver ciertos tópicos en eufemismos, pero Apple iba directo al grano. El título, de hecho, ya venía con una marea encima. Con una pluma florecida gracias a las palabras de escritoras, mucha sensibilidad femenina y una actitud nada complaciente, tomó las estaciones y la naturaleza como una gramática del daño para nombrar la culpa, el deseo, la bronca y esa angustia viva en cada uno de los diez tracks que conforman Tidal. En el centro del disco ubicó al cuerpo como zona lastimada para volver a encontrar una voz propia después del trauma. Tal vez, esa literalidad era la distinción que la situaba en un lugar diferente al de colegas como Alanis Morissette o Tori Amos.

Años más tarde, volvió explícito ese trasfondo al contar que, cuando tenía doce años, un hombre la violó en el edificio donde vivía junto a su mamá. El cimbronazo llegó con "Sullen Girl", el segundo tema de Tidal. "Ellos no saben que yo solía navegar por el mar profundo y tranquilo / Pero él me arrastró a la orilla, se llevó mi perla / Y dejó un caparazón vacío de mí", canta. Un periodista italiano le preguntó si hablaba de un hombre que la había dejado. Ella corrigió la lectura y desde entonces, el debate se corrió del abuso a su derecho a contarlo. No volvió a hablar sobre el tema hasta una entrevista con Rolling Stone en 1998. "No es algo de lo que me sienta avergonzada, así que no actúen como si tuviera que sentir vergüenza", sentenció.
A lo largo del trabajo, Apple encuentra varios puntos de ataque, pero la sexualidad aparece siempre como el más peligroso: una herramienta de poder de la que termina siendo esclava. "Shadowboxer" fue el primer contacto con esas emociones que buscaba poner en boca de todos. Lanzado como single, narra la humillación dentro de una relación ambigua entre amantes ("Si dejo que te acerques, vas a terminar hechizándome") y amigos ("una vez mi amante, ahora mi amigo"). La corporalidad se presenta como campo de espera y disputa, y sigue siendo el único canal para recuperar el valor perdido.
Heredera del conflicto de Madonna, somete su madurez erótica a los códigos de la moral y la fe, desprovista de pretensiones heroicas. "Criminal" es el ejemplo más evidente. Un meteorito irresistible sostenido por un piano, un videoclip controversial y una plegaria: "Necesito purgarme de todas estas mentiras". El mismo que la llevó a participar de la primera edición de Lilith Fair y marcó su entrada al radar de los Grammy, premio que no volvería a ganar hasta 2021, con Fetch the Bolt Cutters (2020).
Toda voz angelical necesita algo más que un acompañamiento prolijo. En principio iba camino a ser un trabajo más bien acústico, con las teclas y cuerdas como únicas protagonistas, pero finalmente terminó negociando con los fantasmas de su época. Conserva una raíz clásica y jazzera, a pesar de que deja entrar rock alternativo ("Carrion"), trip hop ("The First Taste") y una veta de indie folk ("The Child Is Gone") en canciones verbosas de hasta seis minutos. Una apuesta arriesgada para un registro propenso a fracturarse en cualquier instante. La pista más larga es "Slow Like Honey", donde Apple perfila a una Kat Stratford anterior a 10 Things I Hate About You (1999): la incomprendida que busca rebelarse contra los ojos que alguna vez la menospreciaron.
"Pale September" es, a lo mejor, el fragmento más dulce de Tidal. Pero cuidado con el almíbar, en Fiona los relieves afilados nunca tardan en aparecer. Encuentra su suavidad en dos frentes. En lo textual, habla de inviernos, blindajes y climas emocionales; en lo sonoro, propicia un ambiente íntimo donde el piano y la voz batallan cuerpo a cuerpo. Es el único momento donde baja la guardia, y es efímero.
Como contrapartida, "Carrion" llega para quebrar la atmósfera y clausurar el álbum con una sensualidad gótica y cortes de ritmo violentos. Hacia el desenlace, deja ver su faceta más beatlesca: una marcha densa, comandada por las cuerdas del Chamberlin (aquel teclado analógico de cintas, antecesor directo del Mellotron) que Jon Brion y Patrick Warren despliegan para llenar el cierre de psicodelia. "Porque, amor, ya me fui", canta, y la despedida es inminente.