"Nos sentimos como un food truck que ganó una estrella Michelin", resume Wesley Schultz, todavía con asombro frente a la escala que alcanzó The Lumineers tras su debut de 2012, provocado por la viralidad del single "Ho Hey". Desde entonces, es posible trazar una coherencia que se mantuvo en su carrera: un folk estadounidense de ritmo orgánico, títulos de una sola palabra -salvo el homónimo- y un diseño de portadas minimalista con colores acotados. El último trabajo no toca esas dos primeras reglas (un sonido a lo Bob Dylan bajo el nombre Automatic), pero sí la tercera. Esta vez, utilizaron una paleta saturada que alude a la interferencia de los televisores analógicos, en sintonía con la idea de desaceleración que estructura el conjunto.
Levantando la bandera de la hermandad, el vocalista sitúa el disparador del álbum en los veinte años de amistad con Jeremiah Fraites. Lo nombra en términos afectivos como una relación de larga duración que requiere cuidado para no devenir inercia -no sorprende, entonces, que el lanzamiento haya coincidido con un 14 de febrero. "Nunca sabés cuándo la persona que tenés al lado se puede ir", señala sobre su compañero, en charla con Billboard Argentina. Desde esa conciencia y en su rol como responsable de la dimensión lírica del proyecto, comenzó a configurar el concepto del disco. "Empecé a sentir que nuestro vínculo musical era muy 'automático'", revela.
Para tranquilidad de Wesley, la rutina no parece ofrecerles una salida el uno del otro: la dinámica compartida sigue activa con la gira que los traerá nuevamente a la Argentina. Tras la presentación de BRIGHTSIDE (2022) en el Estadio Obras, el dúo dinámico regresa a Buenos Aires el 29 de abril en el Estadio Malvinas Argentinas para compartir con los porteños su nuevo material.

Al comenzar a trabajar en Automatic, ¿predominaba una búsqueda individual o una lectura del contexto?
Fue un proceso interesante, porque junto a Jeremiah estábamos llegando a los 20 años como dupla de compositores. En todo ese tiempo entendí algo: involucrarse con otra persona puede ser un dolor de cabeza. Siempre me acuerdo de lo que me dijo mi cuñado una vez. Él es coronel, atravesó cosas realmente complicadas en su vida, y aun así asegura que lo más difícil que hizo fue casarse con mi hermana. Y la ama: es un marido y padre totalmente dedicado. Pero lo decía porque estar en una relación es algo que cambia todo el tiempo y que te exige. No podés tomarte un día libre. Tenés que estar ahí.
En una relación musical pasa algo muy parecido. Exige cuidado, atención y una escucha constante del otro. Es como caminar por una cuerda floja: en cualquier momento esa persona puede decirte: "Andá y hacelo solo". Nosotros tenemos un vínculo muy especial. La forma en que hacemos música juntos es completamente natural. Si nos vieras en otros ámbitos, capaz pensarías: "No entiendo cómo estos dos hacen música juntos". La química entre las personas es algo difícil de explicar.
En relación con esas diferencias, en otras entrevistas señalaste que sus intereses no están en el mismo lugar: él más enfocado en la música y vos en las letras. ¿Esa distancia continúa siendo un impulso para la banda?
Sí. Esto no significa que las letras son siempre mías, pero es verdad que nuestras pasiones están en lugares distintos y creo que eso nos ayudó a seguir juntos, a no estorbarnos ni pisarnos. Justo hablaba de esto con otro músico hace poco.
Él podría pasarse todo el día tocando instrumentos. A mí me gusta escribir canciones, pero no me quedo improvisando porque sí. Lo que realmente me entusiasma es armar el rompecabezas de una canción, trabajar la idea, darle forma. Él bromeaba con que muchos músicos que aman tocar son pésimos editores y compositores, pero increíbles como instrumentistas. Y creo que ahí está la respuesta: nadie posee todas las cualidades.
Con Jeremiah tenemos la suerte de no competir por el mismo espacio. Cuando estamos escribiendo, puede mandarme algo que está buenísimo o, al revez, yo le mando algo que al no le parece tan bueno pero le da vuelta a la idea. No tiene un juicio duro sobre las ideas: simplemente genera, todo el tiempo.
El momento beatle del disco
Hablando del proceso de grabación, mencionaste que Automatic estuvo inspirado en Get Back (2021), el documental sobre The Beatles. ¿Qué aprendizajes te dejó esa película?
En Automatic hicimos muchas tomas tocando juntos en la misma sala, viéndonos, comunicándonos. Antes, la mayoría de nuestras grabaciones eran separadas, no simultáneas. Eso hace que te sientas más desconectado, y además requiere más confianza y experiencia para que funcione de verdad. No estábamos abiertos a los errores, cuando, a veces, un error puede terminar siendo lo mejor que te paso.
Cuando sos más joven estás tan enfocado en que todo suene perfecto que perdés la esencia de por qué esa toma era buena. Es como en el cine: cuando tenés actores con experiencia que pueden improvisar, aparecen cosas inesperadas. Pienso en la escena de la película Django Unchained (2012), en donde Leonardo DiCaprio (Calvin Candie) se cortó la mano al romper una copa de cristal, y en vez de frenar, siguió el monólogo con la mano sangrando. Quentin Tarantino usó esa toma porque la emoción era mucho más real. Si el actor rompía el personaje, se caía todo.
Parte de esto tiene que ver con relajarse, permitirse equivocarse y ver qué aparece. En The Beatles: Get Back eso se percibe: pasan largos ratos sin hacer nada, después tocan, vuelven a frenar… Hay un ritmo propio en ese ir y venir. Antes, en el estudio, todo era más "apurate y esperá". Decías: "Quiero grabar una guitarra eléctrica" y te respondían: "Bueno, en una hora está listo". En ese intervalo te desgastás, repetís lo mismo una y otra vez, y cuando finalmente llega el momento de grabar… La chispa ya no está. Es una experiencia que te vacía.
Algunos pasajes del disco remiten a artistas como Bob Dylan o Joni Mitchell. ¿Sentís que el álbum dialoga con la tradición del folk estadounidense?
Sí. En parte porque hay muchas más guitarras acústicas que en los últimos discos. Usamos mucho una Gibson Hummingbird y nos terminamos enamorando de ese instrumento. Tiene algo muy atemporal. A mí me remite a las bandas de fines de los 60 y principios de los 70: suenan bien siempre, porque grababan con instrumentos que no pasan de moda. Capaz no suenan "modernos", pero tampoco suenan viejos. Es como si estuvieran suspendidos en el tiempo.
Este disco y el primero tienen algo de "volver a la inocencia", pero desde lugares distintos. En el debut empujamos todo al extremo para que sonara así. Acá fue más soltar, ser nosotros mismos sin estar tratando de demostrar nada.
Me acuerdo que el primer día grabamos "Same Old Song" en una noche. Las voces que hice eran medio de guía, algo provisorio. Al día siguiente las volví a grabar pensando: "Ahora sí, esto quedó perfecto". Me fui a caminar, los dejé decidir, y cuando volví se estaban riendo: habían elegido la toma del día anterior. Y en esa versión ni siquiera pronunciaba bien algunas palabras, porque no me acordaba la letra.
Había algo de juego, de dejar de lado la idea de hacerlo "bien" o perfecto. Simplemente estar ahí. Y ese es un lugar muy lindo, cuando no estás tan pendiente de vos mismo.
Muy espontáneo.
Sí, tal cual. No es algo que puedas forzar, simplemente pasa. Eso terminó marcando el tono de todo el disco. El otro día escuchaba "Ain't No Sunshine" de Bill Withers. Hay errores en la toma: palabras que se mezclan, repeticiones como "I know, I know, I know…", partes que claramente no estaban pensadas así. Y, sin embargo, quedó y funcionó. Y esas cosas -los errores, lo no planeado- muchas veces terminan siendo lo mejor de la canción. Hoy, con todo lo que se puede editar, siento que hay que volver a encontrar esa magia en lo humano, en lugar de pulir todo hasta que quede perfecto. Ese tema, por sí solo, es una clase sobre cómo hacer buena música: reconocer cuándo algo que no debería haber pasado funciona.
Al haber sido grabadas de forma tan orgánica, ¿las canciones se trasladan con mayor naturalidad al escenario?
Sí. Las interpretaciones eran muy auténticas, es básicamente lo que haríamos de manera natural. No estaba sobrepensado ni había notas que solo pudiera alcanzar un día a la semana. Todo se sentía como algo que podíamos hacer en cualquier momento. Era muy natural, esa es la mejor forma de decirlo. No es un disco "retocado", es bastante crudo. Y fue gracioso porque hace unos años empecé a trabajar con una coach vocal, después de girar mucho y desgastar la voz, y cuando escuchó el disco me dijo: "esto va a ser difícil de cantar". Y en realidad, es el más fácil.
Mirando tu carrera en perspectiva, ¿qué decisiones sentís que fueron las más acertadas y cuáles las más equivocadas?
Empiezo por lo malo. Creo que fui demasiado protector con la idea de no contaminarme con todo lo que rodea a la industria, con esa lógica más ligada a generar dinero. Por ejemplo, iba a una sesión de fotos, me acercaban ropa, y mi reacción era: "¿qué es esto?, ¿me van a vestir como si fuera otra persona?". Me paraba muy en contra, casi desde el miedo.
Hoy siento que podría haberme relajado un poco más. No digo que hubiera usado esa ropa, pero sí que estaba demasiado pendiente de no "arruinar" algo que sentía muy puro entre Jeremiah y yo. Y eso, en algún punto, nos alejó: no invitábamos a otros a cantar, no abríamos el juego. En la última gira empezamos a hacerlo, se subieron muchos invitados, y fue un aprendizaje enorme. Ves cómo trabajan otros, te contagian su energía. Esa idea de mantener todo "puro" está un poco sobrevalorada. Íbamos a ser nosotros igual. Yo tenía miedo de que la industria nos transformara en algo que no queríamos ser.
Y en cuanto a lo bueno, creo que siempre entregamos los discos sin pedir demasiadas opiniones externas. Nunca dependimos de la discográfica para validar lo que hacíamos. Siempre tuvimos contratos de un solo álbum, y eso nos permitió trabajar a nuestro ritmo y sacar la música cuando queríamos. Mantuvimos la música cerca nuestro. Creo que seguimos siendo chicos haciendo música, no una banda sofisticada. Y eso también es parte del encanto: no hace falta saberlo todo para tener algo para decir.