A las tres de la tarde, Rocambole estaba sentado en la mesa de un café de Buenos Aires. Tenía tres horas. A las seis cerraba el diario y el aviso debía estar terminado. No estaba en su estudio. No tenía sus herramientas ni tiempo para buscar demasiadas cosas. Salió, compró un papel negro en un quiosco y volvió a la mesa con una especie de corrector blanco, unos marcadores y letras recortadas de otro periódico. Entonces dibujó a un hombre encadenado.
No era todavía un emblema, tampoco estaba en la tapa original de Oktubre (1986). Era apenas la imagen para anunciar una presentación del disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Un trabajo hecho con apuro, antes del cierre, mientras la tarde se consumía. Cuarenta años después, aquel esclavo que rompe sus cadenas vive sobre espaldas, brazos y piernas. Está en murales, banderas y afiches de bandas tributo. Rocambole lo ve caminar por la calle en el cuerpo de otros.
La llamada une Madrid con La Plata. Del otro lado del teléfono está Ricardo Cohen, más conocido como Rocambole. Tiene 83 años y es artista plástico, diseñador y docente de Bellas Artes. Fue uno de los fundadores de La Cofradía de la Flor Solar y el creador de la identidad visual de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. "La primera vez que vi a un chico con la espalda tatuada con la imagen del esclavo me impresionó bastante. Yo decía: 'Yo no tengo la culpa de eso'. Después me acostumbré', cuenta en diálogo con Billboard Argentina.
El 4 de octubre de 1986 salió Oktubre, el segundo álbum de Los Redondos. Argentina llevaba menos de tres años de democracia y todavía convivía con las marcas de la dictadura. El disco condensó un sonido oscuro y una iconografía de revuelta, pero la historia de su imagen no empezó con una consigna cerrada. Surgió de conversaciones, materiales baratos y una limitación: había que hacerlo todo a mano.
Eran nueve canciones: comenzaban con "Fuegos de octubre" y terminaban con "Ya nadie va a escuchar tu remera". En el medio estaba "Ji ji ji", que con el tiempo se volvería el gran rito colectivo del rock argentino. Pero entonces la banda todavía no llenaba estadios. La formación reunía al Indio Solari, Skay Beilinson, Semilla Bucciarelli, Piojo Ávalos, Tito Fargo y Willy Crook; Daniel Melero participó en teclados. La presentación oficial del álbum se hizo ese mismo mes en Palladium, el local de la calle Reconquista donde el grupo había tocado varias veces durante el año.
Antes de cada obra, los integrantes se reunían. Hablaban de un relato, una idea, un guión, como lo llamaba el Indio. Esta vez acordaron rendir una suerte de homenaje a las revoluciones de la historia. No a una sola. A todas. Rocambole dice que su generación había crecido bajo "la nube" de la revolución: la cubana, las vanguardias, el cine, la literatura latinoamericana de los años sesenta y setenta, las dictaduras y los golpes de Estado. "Todo eso nos hacía tener una idea romántica de la revolución", comparte.
Luego cada uno se encerró en lo suyo. Rocambole no tuvo tiempo de escuchar las canciones ni de estudiar en profundidad la poética del álbum. Mientras la banda trabajaba el sonido, él buscó imágenes. Revisó fotografías y afiches de la Guerra Civil Española, de la Rusia de 1917, del constructivismo y de las vanguardias rusas. También volvió sobre los grabadores anarquistas de comienzos del siglo XX en Buenos Aires, aquellos que ilustraban panfletos sindicales con figuras tajantes, listas para ser reproducidas. Hizo una "mezcolanza", dice. Luego la redujo hasta quedarse con unas pocas formas.
La estética de Oktubre fue consecuencia de su sistema de producción. La banda todavía se movía sin una compañía discográfica entre ella y el público. Las primeras tapas fueron estampadas mediante serigrafía, un método manual que exigía pocos colores y contornos firmes, porque no admitía demasiadas finezas ni recursos sofisticados. "Imágenes crudas", las llama Rocambole.
La portada quedó dominada por el negro, el rojo y el blanco. Figuras de obreros y multitudes avanzan, gritan, alzan los brazos. El título, escrito con K, parece menos el nombre de un disco que una orden impresa en la pared. La composición toma la potencia gráfica de la propaganda revolucionaria, pero no ilustra una escena histórica precisa. Ese desajuste fue parte de su fuerza: permitía reconocer una revuelta sin señalar una en particular.
La fabricación también fue una pequeña insurrección casera. Según recuerda, las primeras siete mil copias se imprimieron durante tres días y tres noches. "No se podía parar porque se secaban los shablones", explica. Volver a colocar las matrices exactamente en la misma posición era muy difícil. Había que seguir. Horas y horas. Tinta, papel, cansancio. Una imagen que se repetía siete mil veces sin que nadie pudiera imaginar todo lo que vendría después. La tapa que hoy parece inevitable surgió de ese trabajo manual: sostener el ritmo, cuidar los shablones, registrar un color sobre otro y no detener la impresión. "Yo jamás, ni en mis sueños más descabellados, pensé la difusión que tendría, el impacto que generaría en el público ni su perdurabilidad", asegura.
El esclavo apareció fuera de aquel vinilo, en el aviso urgente del café. Pero no surgió de la nada. Por esos días, Rocambole trabajaba en su taller a partir de una fotografía antigua. Según recuerda, en ella aparecía un esclavo negro que había escapado de una plantación del sur de Estados Unidos. Lo habían perseguido con perros, capturado y cubierto de cadenas. La brutalidad había quedado fijada en un daguerrotipo del siglo XIX.
Cuando recibió el encargo del anuncio, esa figura ya estaba en sus manos. La llevó al papel negro y la transformó: el hombre sometido pasó a romper las cadenas. Después el público hizo el resto. Separó la imagen de su función original, la reprodujo y la convirtió en otra cosa. El dibujo ya no anunciaba una fecha, sino una pertenencia.
Hay símbolos que se vuelven populares porque una institución los repite, pero este hizo el camino inverso. Fue la gente la que lo sacó del papel, lo agrandó en una bandera y lo pintó en una pared. También fue quien decidió clavárselo en la piel. En ese pasaje se perdió incluso la distinción entre la portada del disco y el resto de su universo gráfico. Para muchos, hoy, el esclavo es Oktubre, aunque jamás haya ocupado su tapa original.
Rocambole habla de "apoderamiento", no parece molestarle la palabra. Comprendió lo que ocurría poco después de las primeras presentaciones, cuando el público de Los Redondos comenzó a llegar en masa con banderas que llevaban sus dibujos. Desde entonces, esas imágenes no dejaron de multiplicarse. Todavía aparecen pegadas en las calles para promocionar homenajes y grupos tributo.
Esa apropiación fue posible porque entre el artista y la banda había un pacto silencioso. Rocambole y Solari se conocían desde los años de La Plata, cuando organizaban acontecimientos culturales de distinta clase. Lo recuerda como un hombre reflexivo, filosófico, capaz de pensar cada cosa largamente. Sin embargo, durante la creación de Oktubre casi no discutieron sobre resultados. Cada uno respetaba el territorio del otro: la música y la poesía de un lado; la imagen, del otro. "Siempre se aceptaba lo que se hacía de una buena manera", dice.
La libertad tenía también una raíz práctica. Los Redondos construían una obra independiente antes de convertirse en un fenómeno de masas. Como recuerda Rocambole, no existía un sello discográfico entre la banda y el público. El límite era otro: conseguir papel, preparar las matrices, evitar que se secaran y llegar a tiempo al cierre de un diario.
En la precariedad apareció un lenguaje. La iconografía, sin embargo, no quedó fuera de su tiempo. Rocambole había visto Octubre (1927), la película de Serguéi Eisenstein sobre la Revolución rusa. Había atravesado dictaduras y golpes militares. Cuando el álbum apareció, en 1986, las huellas de la última dictadura argentina seguían abiertas. "Queríamos que esas circunstancias se olvidaran para siempre", dice. Pero las obras continuaban recordándolas. "Son la evidencia de que la impresión todavía duraba mucho".
Cuatro décadas después, conserva algunos bocetos. Guarda arcones llenos de pruebas, dibujos descartados e ideas que nunca mostró. Se define como un artista inseguro: antes de elegir una imagen hace cantidades infinitas. A veces vuelve a abrir esas cajas y se sorprende. Mira un trabajo olvidado y piensa: "Este no estaba tan mal". Entonces lo rescata.
Parte de ese archivo integra la edición ampliada de Arte, diseño y contracultura, el libro que reúne su trayectoria y suma las obras realizadas desde la primera publicación, en 2014, hasta hoy. La palabra contracultura todavía le sirve. Mientras exista una cultura oficial, sostiene, habrá ideas que crezcan por fuera: en un garaje, en un poema, en el grafiti o en los murales de La Plata.
Quizás por eso la imagen de Oktubre envejeció de un modo extraño: pertenece a 1986, pero no quedó encerrada allí. Sus colores siguen siendo los de una urgencia. Sus cuerpos todavía avanzan. El esclavo aún rompe las cadenas cada vez que alguien levanta una bandera o se descubre la espalda.
Rocambole no se atribuye el fenómeno. De hecho, lo mira con una mezcla de pudor y asombro. Él hizo el dibujo, fueron otros quienes lo convirtieron en símbolo. Si pudiera regresar a aquel momento, cuando nadie sabía qué tamaño alcanzaría la obra, se acercaría a esos artistas que trabajaban sin detener la impresión, con los shablones húmedos y las manos manchadas, y les diría una sola cosa: "Ustedes no saben lo que están creando".