Para fortuna de quienes todavía esperan algo más que una buena administración de viejas glorias, la Nueva York en la que Kazu Makino y los gemelos Amedeo y Simone Pace dieron forma a Blonde Redhead, en 1993, daba grandes clases de inconformismo. Podrían haberse quedado con el ruido para los entendidos y cobrando las regalías simbólicas de haber estado en el lugar correcto. Tenían con qué: Steve Shelley, baterista de Sonic Youth, produjo su debut; Guy Picciotto, de Fugazi, trabajó en varios de los álbumes siguientes.
Sin emabrgo, siguieron adelante, obviamente, llevando consigo parte de aquel debut epónimo que en 1995 los puso entre los nombres a tener en cuenta. En más de treinta años pasearon entre el noise rock, el dream pop, el shoegaze y el chamber pop, con una identidad indudable. Ahora, la banda prepara su regreso a Buenos Aires para compartir fecha con Dry Cleaning en C Art Media. "Somos una banda estadounidense, pero pienso mucho en cómo se recibe nuestra música en otros países, en qué genera en la gente. Me resulta muy interesante. Y estoy muy entusiasmado por tocar en Argentina", dice antes del show, en charla con Billboard Argentina.
Después de más de 30 años como banda, ¿qué sienten que todavía les queda por descubrir juntos?
Para mí, sigue pasando por encontrar algo a través de la música y de la escritura de canciones. Siento la necesidad de alcanzar cierto estado de libertad en la manera en que escribimos y tocamos. Aún no me siento del todo libre.
No llevé mi música hasta el lugar al que realmente me gustaría llevarla, y creo que a Simone y Kazu les pasa algo parecido. Se trata de hacer una música más atemporal, única y abierta; que no se sienta como nada en particular y, al mismo tiempo, pueda sentirse como todo. Eso es algo que sigo buscando. Y, por supuesto, también está la necesidad de escribir las canciones adecuadas.
¿Cómo conservás esa curiosidad creativa?
La música es un poco como otras artes: cuanto más la hacés, más te das cuenta de todo lo que no sabés. No es algo que llegues a dominar. La composición, sobre todo, viene de un lugar distinto, de una zona que no controlás del todo y de la que ni siquiera siempre sos consciente.
Por eso siento que es una búsqueda que nunca termina. Es como hacer surf o montar a caballo: estás lidiando con algo que tiene una lógica propia, algo que no podés controlar por completo. Con la música pasa algo parecido. Es imprevisible y muy compleja.
Puede pasar cualquier cosa. Muchas veces terminás aprendiendo y tomando decisiones a partir de errores que nunca planeaste, y algunas de las mejores cosas surgen justamente de ahí. Cuanto más hago música, menos siento que sé sobre ella.
Los tres llegaron a Nueva York desde lugares y culturas distintas. ¿Cuánto de la identidad de Blonde Redhead nació de sentirse extranjeros?
Es una pregunta difícil. Kazu es un caso distinto, porque llegó por otros motivos. Al principio, creo que todos intentábamos adaptarnos a estar acá y entender cómo era realmente Nueva York. Con el tiempo, sin embargo, empezamos a reconocer quiénes éramos, especialmente a través de la música.
Al comienzo quizás tratábamos de pertenecer, de hacer algo que pudiera encajar en lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Después, nuestros orígenes empezaron a aparecer de manera más natural en las canciones. Mi raíz italiana, por ejemplo, se fue filtrando en la música, y lo mismo ocurrió con otros elementos de nuestra identidad. En algún momento, simplemente dejó de ser algo consciente.
Siempre nos sentimos un poco ajenos. Construimos nuestro propio espacio para trabajar, no porque los demás nos hicieran sentir excluidos, sino porque venir de otro país implica ciertas diferencias culturales a las que cuesta acostumbrarse o con las que no siempre te identificás. Eso llevó tiempo. Pero construir nuestro propio mundo, decidir qué música queríamos hacer y animarnos a profundizar en quiénes éramos terminó siendo algo positivo.
¿Qué tenía la Nueva York de entonces que hoy sería difícil encontrar para una banda joven?
La ciudad era mucho más abierta. Para empezar, no había teléfonos, y eso hacía una diferencia enorme. La gente se encontraba en una galería, en un bar, en lugares del barrio donde siempre te cruzabas con alguien. A partir de ahí podían pasar cosas inesperadas: terminabas en la casa de alguien, en una fiesta o en un recital, y después de ese recital ibas a otro lugar. Todo sucedía de una manera muy espontánea.
También había muchas bandas interesantes alrededor nuestro. Mientras Blonde Redhead empezaba a crecer y a ser reconocida, sentíamos que cada uno estaba desarrollando su propio lenguaje y que, de algún modo, se estaba formando una escena alrededor de hacer música en Nueva York. La ciudad era muy salvaje, pero también se sentía mucho más amigable que ahora. Hoy está mucho más ocupada, llena de gente que no reconozco.
Claro. En los noventa, la escena musical eran muy física. ¿Qué sentís que se perdió cuando gran parte de eso pasó a Internet?
Es increíble lo que significa simplemente estar cerca de alguien. Ir a un recital con un amigo, compartir ese momento, en vez de limitarte a escribirle por Internet o a seguir desde ahí lo que está haciendo. Si todo pasa online, terminás sin encontrarte con nadie.
Antes, la gente se veía, hablaba y pasaba tiempo junta. A veces varias veces por semana, porque terminabas volviendo a los mismos lugares. Así se construían amistades y también se aprendía sobre arte y sobre otras cosas a través de las conversaciones con los demás. Era una forma muy orgánica y muy linda de relacionarse.
¿Todavía logran sorprenderse entre ustedes?
Sí, claro. Kazu es bastante impredecible como persona, y eso es algo buenísimo. A veces hace cosas con la guitarra, el teclado o incluso con la voz que no esperás y que realmente me sorprenden.
También me sorprende lo que pasa con el sonido cuando tocamos en vivo. Experimentamos todo el tiempo, sobre todo con los comienzos y los finales de las canciones, y a veces terminamos entrando en algo que casi parece un tema nuevo. Esos momentos siguen apareciendo y, cuando pasan, son una sorpresa muy linda.
En Buenos Aires van a compartir escenario con Dry Cleaning. Aunque surgieron en momentos distintos, ambas bandas siempre tuvieron una relación particular con las fórmulas del rock. ¿Encontrás algún punto de conexión entre ustedes?
No suelo hacer ese tipo de comparaciones. Incluso cuando hay grupos que estuvieron muy influenciados por nosotros, o cuando nosotros tomamos inspiración de otros, nunca siento que haya que pensarlos como algo equivalente. Cada uno tiene sus propias fórmulas y su propia identidad, y Dry Cleaning también. Por eso no diría que siento una conexión directa. Pero sí tengo mucha curiosidad por verlos en vivo, porque nunca los vi tocar.