Si uno quisiera encontrar el punto de partida en la historia de Bobby Gillespie, podría detenerse en esa noche de 1977 en la que John Peel pinchó "God Save the Queen" de los Sex Pistols en la BBC. Al día siguiente, según relata el propio artista en sus memorias Tenement Kid (2021), caminó por las calles de Rottenrow con una picardía recién descubierta, compró el single en la primera disquería que se cruzó y, al volver a casa, comprendió de golpe que la música podía ser una manera de decir, sin vueltas, "no me vas a domesticar". Como lo describió él mismo: "Mi hermano y yo sentimos que escapábamos de nuestra cárcel psiquiátrica".
Nacido el 22 de junio de 1961, Gillespie creció en un Glasgow postindustrial que parecía escenario de película de terror de bajo presupuesto. Su casa respiraba militancia, con padres socialistas, un poster de Tommie Smith y John Carlos levantando los brazos durante los Juegos Olímpicos de México 68 y un cuadro del Che pegado en la cocina como vigilante permanente. La política, para él, nunca fue abstracta, era su día a día, y, eventualmente, el sonido de su propia insurgencia. "Siempre necesitás tener algo contra lo cual descargar tu ira o tu frustración", dice en diálogo con Billboard Argentina, resumiendo toda su biografía.
Entre argentinos y británicos existe un vínculo que va más allá del idioma y se manifiesta en la pasión por el fútbol. Como Teenage Fanclub se declara devotamente maradoniana, y Noel Gallagher idolatra al Manchester City, Bobby juró lealtad al Celtic Football Club. Tanto, que llegó a meterse en la iglesia solo para poder jugar en su equipo. Pero la pelota, por más fanatismo que le tuviera, no era la vía hacia la fama. Más bien, fueron las páginas de Dylan y Baez, la obsesión por los Ramones, The Byrds, The Velvet Underground y The Fall, las que le mostraron la ruta hacia la escena musical, llevándolo en 1982 a formar Primal Scream junto a Andrew Innes, su viejo cómplice de The Drains.
El encuentro con Alan McGee, la peregrinación hacia Brighton y la inmersión en los campos del acid house fueron dándole vida a la identidad del grupo. Se convirtió en un híbrido entre rock alternativo, dance y neo-psicodelia, con el don de arrasar en festivales y aún así mantener un filo ideológico que no se vende al mejor postor. En ese terreno de experimentación, le pasaron al DJ Andrew Weatherall un demo de "I'm Losing More Than I'll Ever Have". Ante esto, el productor añadió un loop de batería tomado de un bootleg de Edie Brickell, un fragmento de Gillespie entonando una línea de Robert Johnson y, como remate, la introducción de la película de serie B The Wild Angels.
De ese cruce creativo nació "Loaded", el primer gran hit de la banda y el anticipo de la obra que los consagraría, Screamadelica (1991), tras los tanteos de Sonic Flower Groove (1987) y Primal Scream (1989). Posteriormente publicaron varios discos, entre los que destacan Vanishing Point (1997) y Evil Heat (2002), y también llegaron los tropiezos, como el recordado set de Glastonbury en 2005, donde Bobby llevó la provocación hasta rozar lo incómodo y fue acusado de realizar gestos nazis durante la interpretación de "Swastika Eyes", o mismo los cambios más radicales en la formación, entre ellos la salida del bajista Mani en 2011, decidido a reformar The Stone Roses. La prensa los miraba de reojo, y las grandes ligas se resistían a abrazar su desparpajo. Pero esa incomodidad siempre fue su terreno natural: Gillespie comprendió que la rebeldía no se negocia.
En 2024, Primal Scream volvió al ruedo con Come Ahead, ocho años después de su última entrega. El frontman suena más introspectivo, pero igual de curioso. El jazz-soul de los setenta se cruza con el indie pop, siempre salpicado de su ironía característica; los coros femeninos remiten a su época dorada, mientras que las canciones coquetean con nombres como Celebrate the Nun, Red Flag, Depeche Mode y Prince. "Antes éramos más experimentales, ahora trabajamos de manera más clásica. Pero la sublevación no se neutraliza", advierte.
Este mismo álbum los trae nuevamente al país, escenario que frecuentan desde 1998, para tocar el 2 de noviembre en Mandarine Park, dentro del Music Wins Festival. Previo al show, Gillespie se toma un tiempo para conversar sobre política, las nuevas generaciones y, claro, sobre su propio regreso a Buenos Aires.
Al mirar hacia los años 90, el sonido de Primal Scream se percibe como un terreno donde coexisten My Bloody Valentine, Happy Mondays, The Stone Roses y otras bandas de la época. ¿Qué parte de ese espíritu sigue presente en Come Ahead?
La verdad, no creo que quede mucho de los '90 en este disco. Desde entonces hemos evolucionado como compositores; mis letras, si las comparás con las de antes, muestran un salto evidente. No se pueden equiparar directamente las canciones de aquella época con las de ahora. Antes, gran parte de la música de Primal Scream era más bien abstracta: tomábamos fragmentos que nos interesaban y luego les agregábamos letras. En este álbum, en cambio, todo empezó al revés: primero escribimos las canciones y después las grabamos.
Son referentes de la experimentación y, de hecho, esa mezcla de sonidos los impulsó a ir un paso por fuera de la industria. En Tenement Kid citás a Jean Genet diciendo algo como "no quiero que el mundo cambie, quiero estar en contra del mundo". ¿Mantenés todavía esa postura?
Sí, creo que sí. Hay que recordar que a Genet le ofrecieron la Legión de Honor, uno de los máximos reconocimientos del gobierno francés, y la rechazó. Siempre fue un artista outsider, y eso es clave: cuando dependés del Estado, perdés libertad. Siempre necesitás un blanco contra el que canalizar tu ira o frustración. Al final, no importa cuán exitoso seas, él se puso del lado de los marginados y oprimidos. Es un ejemplo, tanto por su visión poética como por su sensibilidad hacia los más vulnerables: los outsiders, los negros, los palestinos, la clase trabajadora. Esa mirada solidaria es lo que yo llamo "el flujo poético de los pobres". Me siento muy identificado con esa idea. Es alguien con empatía por los demás y desprecio por las élites que complican la vida de las masas, nunca buscó ser aprobado ni abrazado por nadie más.
Se podría decir que es una postura contestataria, más en tiempos en los que ser transgresor no vende. ¿Qué significa para vos ser "rebelde" hoy?
Hoy vivimos en un mundo completamente atravesado por el capitalismo; es casi imposible no cruzarse con corporaciones o grandes empresas. Pero eso no impide mantener una postura crítica. Ser rebelde hoy no significa necesariamente estar afuera del sistema, sino cuestionarlo desde adentro. The Clash lo demostraron: Joe Strummer hablaba de injusticias mientras sus discos salían por CBS, una multinacional enorme. La clave está en usar la plataforma para amplificar tu mensaje sin perder el filo.
Nosotros, con Primal Scream, buscamos hacer exactamente eso. El rock and roll es un negocio, hay que pagar sueldos, mantener la banda, cumplir con impuestos. Pero eso no elimina la rebeldía. Se puede estar dentro del sistema y seguir siendo crítico, defender a los marginados, los oprimidos, los pobres. Es una cuestión de coherencia y acción, no de aislamiento.
Hace poco tocamos junto a Paul Weller en el Gig for Gaza 2025 para recaudar fondos para Palestina, además de colaborar con distintas organizaciones benéficas. Recaudamos más de 120.000 libras y seguimos planeando shows para sumar más. Muchas bandas no hacen nada; se quedan en casa, evitando riesgos políticos o artísticos. Nosotros, en cambio, tratamos de actuar dentro de nuestras posibilidades, combinando música y acción, sin renunciar a nuestra postura.
La política británica siempre estuvo presente en tu obra, ¿creés que las nuevas generaciones ven la música con el mismo compromiso social que vos?
Los jóvenes me dan mucha esperanza. Tienen una mirada progresista, tolerante y humanitaria; su política suele inclinarse a la izquierda y muestran una sensibilidad social que a veces falta en nuestra generación. En cambio, muchas personas de mi edad tienden más hacia la derecha, y eso se nota tanto en Gran Bretaña como en otros lugares.
Lo que más me entusiasma de los jóvenes es su apertura: son más receptivos a otras culturas, más respetuosos con las diferencias y más libres respecto a la sexualidad. Todo eso resulta alentador. A veces siento que encarnan la rebeldía que nosotros tuvimos en su momento, pero con mayor conciencia y tolerancia.
Mirando el panorama actual, ¿pensás que podría surgir un movimiento cultural con la misma fuerza disruptiva que tuvo el punk o el acid house?
Podría ser, pero no creo que una revolución cultural vuelva a reproducir las mismas formas del pasado. El punk y el acid house pertenecen a otra época, al siglo XX. En cierto sentido, el rock no ha avanzado demasiado en los últimos veinte años. En los 90 hubo un destello interesante de fusiones entre rock, dance y electrónica, con bandas como Happy Mondays, Massive Attack o The Prodigy abriendo caminos, pero nadie tomó realmente el relevo; la mayoría se dedicó a recrear sonidos de los 60 o 70, lo que resultó bastante regresivo.
El rock ya tuvo su momento de transformar la cultura: entre los 60 y 70 influyó en los jóvenes, fomentó la tolerancia y abrió puertas a otras culturas. Bandas de esa época, el indie posterior y géneros como el funk o el soul empezaron a incorporar sonidos de todo el mundo. Incluso The Clash mezclaba funk, disco, rockabilly, country, soul y blues, especialmente música estadounidense, para enriquecer su paleta y escapar del provincialismo. En los 90, en cambio, la música se volvió mucho más localista; parecía que el mundo terminaba en la costa del Reino Unido.
¿Y a vos? ¿Qué aprendizajes te dejó la música que todavía llevás con vos, arriba del escenario o fuera de él?
La música me enseñó que los seres humanos estamos conectados. Es un lenguaje universal que todos comprendemos y que puede generar vínculos inmediatos. Algo tan simple como compartir una misma canción puede acercar a las personas: podés mandar música desde Argentina y alguien en cualquier otro lugar la va a sentir igual; podés escuchar a Young Thug o a cualquier artista de Atlanta y, aun así, crear una conexión.
Mis hijos también se enganchan con la música, disfrutan las letras y se sienten identificados, y eso demuestra cómo trasciende fronteras, colores de piel, idiomas, nacionalidades e incluso religiones. Para mí, la música tiene un carácter casi espiritual; a veces siento que es una especie de voz divina. Quizás por eso la gente se siente atraída por los músicos, porque, de algún modo, los acerca a algo más grande, a lo que podría llamarse lo divino.
Para cerrar, mirando toda tu carrera, ¿hay alguna pregunta que todavía no hayas logrado responder?
Si hay una pregunta que aún me intriga, es por qué algunos artistas venden millones de discos. Escuchás su música y pensás: "¡Eso es rock!". Toda mi vida me lo he preguntado, y al final… no hay una respuesta clara. Como dice el viejo dicho: sobre gustos, no hay nada escrito.