El repertorio de Fito Páez creció tanto con los años que, por más caprichoso o rebuscado que quiera ponerse, termina cayendo tarde o temprano en alguno de esos hits que quedaron corriendo en la sangre del rock argentino. En el marco de su gira "Sale el Sol", con cuatro fechas en el Movistar Arena, el autor de "Dar es dar" armó un recorrido por su carrera que apenas necesitó retroceder cuatro décadas para llevar dos horas de fiesta en Villa Crespo. Con 63 recién soplados y después de su residencia en Rosario, llegó a la capital bonaerense con Novela (2025) todavía caliente. Un disco donde se permite revisar su pasado y que, de paso, también encontró su lugar en el show de este jueves por la noche, donde las canciones volvieron a prolongarse y cambiarse como suele pasar cuando pasan por la impronta del vivo.
Parte del truco está en la banda que lo rodea desde hace años. Diego Olivero repartiéndose entre bajo, guitarras y teclados; Gastón Baremberg guiando el ritmo desde la batería; Juan Absatz multiplicándose entre voces, teclados y guitarras; Juani Agüero arrastrando las seis cuerdas hacia un terreno más rockero; y Emme sumando su vozarrón. A eso se le agrega la sección de vientos con Ervin Stutz en trompeta y flugelhorn, Alejo von der Pahlen en saxos y Santiago Benítez en trombón, que termina de ensanchar el sonido. Con ellos, "Lejos en Berlín" gana músculo y suena más salvaje que en el estudio, mientras que "La rueda mágica" cae en una versión cruzada, a mitad de camino entre la original y la reversión que tuvo en EADDA9223 (2023).

El ojo estaba puesto en buscar algunas piezas menos obvias de su propia discografía. "El diablo en tu corazón" y "Hazte fama" inauguraron el escenario, dos temas que hacía rato no se dejaban ver en directo. Después llegó la primera vuelta a ese repertorio inoxidable: la balada infalible de "11 y 6", cantada por todo la multitud. Desde ese momento el recital empezó a tomar temperatura, primero con el desborde de melodías de "Lo que el viento nunca se llevó" y luego con el tango "Paranoica Fierita Suite", heredando ese aire lunfardesco que ya tenía en Rey Sol (2000).
La aparición de Fabiana Cantilo cambió la dinámica de un saque. Descalza, con un vestido de brillos y ese look de diva desprolija que siempre la acompañó, se acopló a "Yo vengo a ofrecer mi corazón" y al rato cantó "Fue amor". Cantilo agarró una hoja con la letra y Páez, rápido para el comentario, la chicaneó desde el piano: "¿Qué pasa, Fabi? Los Beatles cantaban sin monitores". Los piscianos jugaron con el emblema de Tercer Mundo (1990), que él escribió y ella hizo propio durante años, respondiéndose frases, reformulando el estribillo, como dos viejos cómplices que conocen cada curva del tema.

Páez se quedó solo al piano y enseguida el lugar volvió a explotar con "La buena estrella" y "Dale alegría a mi corazón", cantadas tal como en la cancha. Acto seguido introdujo uno de esos desvíos que le gustan: se lanzó al pop con "Nunca podrás sacarme mi amor". Parecía que el show iba a meter un cambio de dirección, pero en realidad fue el arranque de una subida más rockera. El indicio apareció con "Polaroid de locura ordinaria", que antes de tocarla, aseguró que esta canción "la cantaban muy bien" en Buenos Aires y recordó que la historia nació inspirada en el personaje del cuento La chica más guapa de la ciudad, de Charles Bukowski. Aunque dejó caer otra teoría: "Tranquilamente podría haber sido Fabi".
"El amor después del amor" y "Brillantes sobre el mic" aparecieron como dos clásicos inevitables, uno pegado al otro, antes de que se largara con "A rodar mi vida". Con el terreno listo para el tramo final, llegó "Ciudad de pobres corazones": un cierre a puro descontrol, con la banda estirando el tema y las guitarras de Agüero completamente desatadas.
Durante unos minutos pareció que ahí se iba a bajar el telón, pero el cierre todavía tenía un par de cartas guardadas. Páez y su séquito de músicos armaron los bises como un juego de opuestos: "Del 63" trajo la calma del piano antes de abrirle paso al agite de "Sale el sol" y "Mariposa tecknicolor". Porque si hay algo que Fito todavía conserva es ese don de hacer que sus canciones vuelvan a empezar.