
Raúl Porchetto, Charly García, Nito Mestre, León Gieco y María Rosa Yorio se encontraron de nuevo para escuchar juntos una obra que, medio siglo después, sigue hablando por sí misma. La reedición remasterizada de Porsuigieco, el disco que en 1975 unió cinco caminos musicales ya sobresalientes por separado, volvió a la vida gracias a la recuperación del histórico catálogo de Music Hall por parte del Instituto Nacional de la Música (INAMU).
Bernabé “Buco” Cantlon, presidente del INAMU, definió la experiencia como una “arqueología sonora”. “No se trata solo de algo comercial”, explicó, “sino de entender por qué se creó. Cada uno tenía su carrera, sus discos, sus proyectos, y aun así se juntaron con la idea de formar un grupo, grabar este disco y armar una especie de súper banda”. “Para nosotros no solo era importante buscar la mejor calidad de sonido sino también que estuvieran juntos escuchándolo y participando del audio”, agrega.
El reencuentro tuvo lugar en el Estudio Crazy Diamond, donde Gustavo Gauvry, ingeniero de sonido, presentó la versión final a los artistas. “En dos minutos parecía que estábamos otra vez en esa época: hablaban del momento, de la historia, no de que estaban escuchando un disco 50 años después, sino que volvían a ese lugar”, comenta Buco sobre la experiencia. El álbum 2025 incluye dos canciones remezcladas “El fantasma de Canterville” y «La mamá de Jimmy”, un insert doble con fotografías inéditas y, como joya de coleccionista, el primer afiche del grupo dibujado por García.

El álbum original se gestó entre mediados y fines de 1975, con la colaboración de músicos que luego se volverían imprescindibles para la historia del rock y el folclore argentino: Oscar Moro, Gustavo Bazterrica, Rinaldo Rafanelli, Alfredo Toth, José Luis Fernández, Leo Sujatovich, Pino Marrone, Horacio Josebachvilli, Frank Ojstersek, Gonzalo Farrugia y Juan Rodríguez. Algunas canciones fueron censuradas en su momento; escucharlas hoy tal como fueron concebidas es un triunfo tanto cultural como político. “Ellos tradujeron en sus temas lo que la sociedad buscaba expresar, y por eso sus letras tienen tanta magnitud. La sociedad se siente reflejada en lo que escriben, y el arte, de alguna manera, genera ruidos de todo tipo para mostrar su mensaje”, reflexiona.
Cantlon explica que el proceso de remasterización implicó una revisión exhaustiva de cada detalle sonoro, abordada con el mismo rigor de un trabajo de archivo y con la pasión de quien se enfrenta a una obra que considera parte del patrimonio cultural. “Buscamos la mejor calidad de sonido, gracias a la cinta multipista, con los tracks separados para poder remezclar cada canción”, dice. La tecnología y la historia se encontraron en un punto común en el respeto por la intención original y el espíritu de experimentación.
Cuidar, rescatar y difundir este tipo de obras implica defender la identidad colectiva, la memoria y la producción cultural del país. El riesgo que señala Cantlon es que mucha gente -incluso artistas, instituciones y público- no conoce o no comprende los derechos de autor (los llamados derechos intelectuales). Esa ignorancia puede llevar a abusos, pérdida de ingresos justos para los músicos y falta de valoración de su trabajo. “La educación sobre los derechos debería estar en las escuelas, de la misma forma que se enseña sobre, por ejemplo, la actividad comercial. Nos entendemos con un auto, pero no ocurre lo mismo con la propiedad intelectual. La sociedad necesita entender que los derechos de un autor son tan válidos y reales como cualquier otra propiedad”, expone.
En ese sentido, insiste en la necesidad de revitalizar estas piezas para enriquecer el mercado musical. “Siempre habrá música nueva, y que un disco viejo vuelva a salir no quita lugar a lo actual. Al contrario, estos discos son inspiradores; motivan a los artistas a preguntarse: ‘Si ellos pudieron, yo también puedo’”, explica. “Esa es la motivación principal, mostrar que lo que se hizo sigue vigente y puede seguir inspirando”, cierra.
La reedición propone volver a escuchar ese registro colectivo que funcionó como punto de cruce entre varias trayectorias decisivas del rock argentino.