I must be dreaming, de Alabama Shakes

Dejaron pasar once años para lanzar su tercer disco. Y podía ser por algunas razones. Esperar a que lleguen las nuevas canciones con destino de hits (como "Don´t wanna fight"), que la aventura solista de Brittany Howard naufrague o que, directamente, y como la tradición de la cultura rock manda, que el tercer disco de una banda marque el despegue definitivo. Pero nada de eso ocurrió con Alabama Shakes y esta vuelta es más bien tranquila y sin sobresaltos. Y ellos lo explicaron en varias entrevistas del lanzamiento: simplemente son amigos con ganas de tocar y para eso activaron su banda, que en el pasado pudo ganar Grammys y hacer base en la industria pero que eso nunca estuvo en la mira de sus canciones. Y el foco sigue girando en torno a los mismos horizontes, ganchos retro-soul filtrados con efectos lo-fi, líneas de bajo blues abrasadoras, algo de funk insinuado y un toque de psicodelia interpretado por la impecable voz de Howard, algo montada en este caso por el sonido integral del disco. Es decir, no están sus desbordes. Lo que sí se vuelve a escuchar son las composiciones de desamor de la compositora y una postura clara en contra de la guerra. Alabama Shakes, además, acaba de hacer una música que también puede servir para un cuelgue, uno que a la vuelta de la realidad haya parecido un sueño.
Ride Lonesome, de Beck

Después de colaborar con Gorillaz y Paul McCartney, y de ser el compositor principal del último disco de The Black Keys, Beck dejó pasar la pandemia y algunas primaveras y volvió al estudio, uno que construyó para él hace algunos años. Ya habían pasado siete años de Hiperspace, su último LP producido por Pharrell Williams. El adelanto fue la canción que recibe el nombre del disco. Una nueva pieza etérea y reflexiva. Un oscuro consuelo de saber que, pese a todo, le tenés que seguir metiendo a la vida. Esto es: otra vez el gran compositor de Sea change (2002) imaginándose un Quijote entre los molinos. Y no sólo en el tono de la música sino que también vuelve el equipo de Morning Phase (2014) para engrosar y darle vuelo a la balada folk, esa parte melancólica de su discografía. Los ojos y la palma de Nigel Godrich desde la producción más Jason Falkner y Smokey Hormel a las guitarras y Joey Waronker en la batería. En una entrevista para la NPR, Beck dijo sobre estas nuevas canciones despojadas: "Creo que lo ideal es escribir algo sencillo y universal que no requiera grandes esfuerzos para descifrarlo. La sencillez es la meta suprema". Y, en efecto, parece el deseo de un hombre contemplando un par de molinos como si esa fuera la meca hacia la que habría que cabalgar en solitario.
Sin la piel, de Las Pelotas

Otra banda que siempre está volviendo es Las Pelotas pero de otra forma. Nunca se van pero sacan discos cada, más o menos, cuatro años. Y ahora tocaba después del gran Es así (2020). A pesar de seguir trabajando con sello, se toman el tiempo que consideran necesario para madurar otras doce canciones que persiguen un mood bastante conectado a los últimos cuatro discos, digamos que desde Cerca de las nubes (2012). Germán Daffunchio es un compositor que parece que está siempre adentro del mar, contemplando el horizonte y agarrando el timón con una sola mano; tranquilo y nostálgico. Las canciones son como el efecto de un movimiento. El de un brazo apuntando a la caída del sol mientras se mueve con el balanceo de la embarcación. Y por eso son tantas las canciones que en la banda se construyen desde hace más de una década. Así como se toman el tiempo para lanzar los discos también van a respetar la duración de ese movimiento en la obra de Germán. Las Pelotas le sacan la cáscara a cualquier fruto. O como dicen en "Cuando ves alrededor": "¿Qué es lo que tienen para estar así sin ver más que la nada? / Y es que para la felicidad sólo alcanza que sigas respirando".
El desvelo, de Jai-Yia

Una década atrás, Poli lideraba una banda llamaba Sr Tomate. Puntal folk psicótico del circuito indie que se gestó, sin dudas, en la ciudad de La Plata. Un día se le empezó a trabar un sentimiento trunco en el cuerpo y en el corazón y abandonó los escenarios. Justo en el momento en que su banda estaba por despegar. Parecía que nunca más iba a aparecer una nueva canción de esa compositora fatal y pesimista. Referencia para, a esta altura, tres generaciones nuevas. Hasta que un día volvió a probar y todo estaba intacto. Se puso a componer y pasó de tener una banda con trompeta, melódica, coros de Shaman y bajo eléctrico a un trío con batería (Martín Murphy), teclados y programaciones (Julián Rossini). Poli volvió en modo trip-hop artesanal y orillera. Es tan crudo este desvelo que hay un tema titulado "Sierra de carnicero". Dos palabras y cuatro erres. Una imagen tan letal que te atrae hasta el olor de esa carne cortada. Con el sonido saturado como si fuera una película de Villeneuve, estos seis tracks no aclaran nada sino todo lo contrario. En la oscuridad de un monte sin intervención humana (algo de eso se ve en el corto que subieron a YT), hay un grito de resurrección. O mejor dicho, cada uno de esos seis tracks tienen algún alarido que se forja a través de la garganta más densa del indie y que ahora volvió para romper con su propio mito.