
Difícil hablar de The Hives sin reconocer que, más que una banda, son un fenómeno que se planta en el centro de un género relegado a la exclusión: el garage rock. Un estilo de música ruidosa, nacida en sótanos llenos de humo, amplificadores al límite y descargas de adrenalina pura; esa misma que, a pesar de la era de lo efímero, todavía hoy prende fuego al público en cualquier parte del mundo.
Desde Suecia, Howlin’ Pelle Almqvist y su escuadrón –Nicholaus Arson, Vigilante Carlstroem, Chris Dangerous y The Johan and Only (el reemplazo de Dr. Matt Destruction a partir del 2013)- fueron convocados, se dice, por una figura mitológica llamada Randy Fitzsimmons, un compositor invisible. En torno a la leyenda del “sexto Hive”, empezó a circular la duda sobre si se trataba de un hombre real, un espectro o simplemente un alter ego del grupo. Lo cierto es que este personaje fue quien impulsó Barely Legal (1997), el disparo inicial que marcó el camino en la industria a comienzos del siglo XXI.
En 2000, Veni Vidi Vicious los lanzó del anonimato al escenario internacional, con “Hate to Say I Told You So” convertido en su gran hit. En apenas treinta minutos, el disco sacudió la solemnidad del rock con riffs y baterías, y un Pelle al límite del desborde. Desde entonces, la banda atravesó de todo; como la misteriosa desaparición de Fitzsimmons; fueron teloneros de AC/DC y The Rolling Stones (y próximamente abrirán en Buenos Aires para My Chemical Romance el 1 de febrero en el Estadio Huracán); además de lanzar varios álbumes hasta llegar a su más reciente obra, The Hives Forever Forever The Hives.
Su séptimo disco demuestra que no piensan bajar el volumen y, mucho menos, ceder protagonismo. Siguen tan vivos como siempre, con la mirada fija en el presente y reclamando su lugar en la escena. Ya desde su portada hay una suerte de trampa irónica, con los cinco músicos vestidos de monarcas, sentados en tronos, desafiantes y llevando ese egocentrismo que los caracteriza. Quien piense que es solo una pose, seguramente nunca los vio tocar ni escuchó una de sus entrevistas.
Lo comprobamos de primera mano en una conversación por Zoom con Niklas, guitarrista y hermano del frontman, cuya pasión y convicción dejan claro por qué, después de más de treinta años, siguen reclamando su lugar en el rock.
El nuevo álbum se titula The Hives Forever Forever The Hives, un nombre con el que declaran cierta eternidad. ¿Hay sarcasmo detrás o realmente se consideran una banda inmortal?
Hoy eso dejó de ser solo una declaración para convertirse en un hecho. Hemos seguido adelante durante lo que parece toda una vida, mucho más de lo que alguna vez imaginamos, y seguimos en marcha. Para nosotros, más que una creencia, es una certeza: estamos hechos para perdurar.
La portada del disco muestra una estética imperial y el videoclip de “Enough Is Enough” refuerza esa atmósfera. ¿Qué buscaban comunicar con estas imágenes?
Nos apoyamos en cualquier símbolo de grandeza que podamos encontrar. Queremos mostrar lo que es la banda: nos vestimos como reyes y tocamos como dioses, o algo parecido. Tenemos ese aire de realeza. Somos una gran banda de rock, y no cualquier banda, sino una gran banda de rock sueca. Este grupo es nuestra vida, una presencia constante durante más de treinta años y por eso ocupa un lugar tan importante en nuestros corazones.
Hay una canción llamada “Legalised Living”, que casi suena a eslogan político. ¿Qué quiere decir para vos eso de vivir “legalmente” hoy en día?
“Legalised Living” va dirigida a todas esas personas o fuerzas que intentan encasillarte y obligarte a vivir dentro de pequeñas cajas, imponiéndote límites de una forma u otra. La canción es una respuesta a esas presiones: un rechazo a que te definan o te restrinjan. Habla de la libertad de romper esos moldes y vivir de manera auténtica, pese a las expectativas externas.
Después de diez años sin material original, el lanzamiento de The Death of Randy Fitzimmons en 2023 fue un ejercicio de reafirmación. Sin embargo, este nuevo disco responde a la pregunta que aquel planteó: ¿qué sigue tras mirar atrás y reconocer tu propia historia? La respuesta es un proyecto que mantiene la energía de siempre, pero que también se atreve a renovarse.
A simple vista, estos reyes podrían parecer que solo repiten la misma fórmula, pero The Hives Forever Forever The Hives demuestra que la veteranía no es sinónimo de comodidad, sino, más bien, una lucha constante contra la rutina y la tentación de quedarse en una versión diluida de sí mismos. Saben que innovar después implica riesgos, como perder fans o fracasar en el intento. Aun así, eligen avanzar, esa es su apuesta.
El laboratorio del garage
Los primeros años de The Hives transcurrieron en la pequeña ciudad sueca de Fagersta, un lugar donde el frío y la rutina podían congelar cualquier sueño, excepto el de cinco jóvenes decididos a hacer ruido. Entre ensayos y noches impulsivas, allí nació su sonido: un punk garage que, aunque todavía en pañales, ya mostraba la violencia y la precisión que luego perfeccionarían. En ese contexto, la agrupación encontró no solo un espacio para romper esquemas, sino también un laboratorio para experimentar con su identidad y un escenario donde pulir una puesta en escena que desde el primer día buscaba superar cualquier expectativa.
No hay duda de que son una de las bandas más explosivas sobre el escenario. ¿Cómo hacen para mantener esa intensidad después de tantos años?
Creo que todo se reduce a hacer exactamente lo que queremos hacer. Si uno se siente miserable en lo que hace, ya sea como músico o estando de gira, probablemente termine decidiendo bajar el ritmo. Pero para nosotros siempre fue al revés. Cada vez que sentimos que no dimos el 110%, que no entregamos todo lo que teníamos, nos invade una sensación de vergüenza, una sensación terrible que nunca queremos experimentar… La de haber dado un mal show. Por eso, seguimos adelante porque para nosotros estar en el escenario es tan natural como comer para no morir de hambre. Con The Hives lo hacemos porque es lo que más nos apasiona y nos divierte.
¿Qué recuerdos tenés de esos primeros días?
Recuerdo que desde el primer show siempre nos sentimos como estrellas de rock. Íbamos a tocar con lo justo, alguno de nuestros papás nos llevaba en auto, nos dejaba en el lugar, tocábamos y luego dormíamos en la casa de algún amigo para, al día siguiente, tomar el tren de vuelta a casa.
Para nosotros, cualquier concierto así ya era un éxito. En ese entonces éramos siete en el escenario, ahora somos cinco, pero esa dinámica siempre estuvo presente. No diría que esos primeros años fueron difíciles; quizá lo más agotador era la gira, pero eso es parte del trabajo cuando realmente te entregás. Lo complicado fue que estábamos tan seguros de lo que hacíamos que, al principio, no todos entendían lo buenos que éramos. Con el tiempo eso cambió, y hoy la mayoría reconoce nuestro valor.

Aunque siguen siendo parte de la escena, no esconden que están bastante desencantados con lo que pasa hoy en día, y su mirada es fatalista. Para ellos, el rock de verdad sigue siendo una bestia salvaje: potente, visceral, algo que se siente tanto como se toca en esa conexión entre banda y público. Se quejan de que hoy en día cualquier cosa se llama “rock”, diluyendo así el verdadero significado del género. Por eso, prefieren escucharse a sí mismos una y otra vez. Con el ego bien alto y cierta nostalgia por lo que consideran tiempos mejores, insisten en que para entender el verdadero espíritu del género, hay que mirar hacia atrás.
¿Creés que el rock perdió su sentido del drama?
No creo que el rock haya perdido su sentido del drama; puede que algunas bandas no lo tengan, pero el rock de verdad, como lo hacemos nosotros, es algo increíble. Nunca le falta drama, el gran rock and roll siempre está cargado de él. Si pensás que lo mejor del rock se perdió, seguro estás escuchando a las bandas equivocadas.
Mirando la escena actual, ¿qué es lo que más te incomoda y qué es lo que todavía te emociona?
Lo que más me da vergüenza… Si hablamos de la escena y seguimos usando la palabra “rock”, hoy en día todo es medio confuso. Cualquier cosa se etiqueta como rock, cualquiera saca un disco y ya lo llaman así, aunque para mí sea más pop u otra cosa. Hoy cuesta distinguir qué es realmente rock.
Para nosotros, el rock and roll es otra cosa: algo que te hace vibrar, que emociona, salvaje, sudoroso. Es esa energía donde la banda se alimenta del público y el público se nutre de la banda, en una conexión total. Eso, para mí, es rock de verdad. Si falta eso, no hay rock que valga.
Si hoy el rock resulta tan indescifrable, ¿qué tipo de música escuchás?
Durante la producción del disco escuché el último álbum de The Hives como mil veces, es una locura. Somos muy puntillosos con cada detalle: un decibelio aquí, otro allá, bajar un poco el compresor… un proceso que parece no terminar nunca. Probablemente sea el disco que más he escuchado en mi vida. Hay unos siete u ocho momentos clave que repito una y otra vez, así que no me queda mucho espacio para otra música. Después de ocho horas en el estudio, no tengo ganas ni capacidad de escuchar nada más; los oídos y la cabeza ya no dan.
¿No te cansás de escucharlo tanto?
Un poco sí, pero disfruto el proceso.
Son la prueba de que en el rock la edad no necesariamente significa decadencia. Mientras muchas bandas de más de una década se acomodan en las reversiones o desaparecen del radar, ellos siguen activos, incisivos y vigentes.
Si este fuera el último álbum de The Hives, ¿te sentirías satisfecho con el resultado?
Podría decir que sí, pero no me conformo con eso. Este disco es una forma de decir que seguimos presentes, que seguimos vivos. No basta con sacar un álbum y quedarse tranquilo; siempre tenemos que avanzar. Con cada nuevo trabajo, intentamos superar al anterior o, al menos, estar a la altura de todo lo que hicimos antes. Así que no, no me doy por satisfecho; siempre quiero más, y mucho más.