"Vendrán suaves lluvias y olor a tierra mojada, y golondrinas rolando con su chispeante sonido". El verso pertenece a un poema de 1918 de Sara Teasdale y es también la inspiración detrás del título del último disco de Silvana Estrada. El texto describe un planeta que sigue girando como si nada después de que la humanidad se haya borrado a sí misma en una guerra. La artista mexicana se agarró de esa imagen para pensar su batalla contra el duelo y esa sensación de quedarse sin palabras justo cuando más hacen falta.
"Es un canto para volver a enamorarme de la vida", dice, en diálogo con Billboard Argentina. En 2022, mientras todavía estaba girando con Marchita -el álbum que la puso en el radar del folk internacional, la llevó dos veces al Tiny Desk de NPR y le valió el Latin Grammy a Mejor Artista Nueva- atravesó lo que ella misma define como "su peor bloqueo creativo". Venía de recibir uno de los golpes más duros de su vida: el asesinato de su amigo, el músico y actor Jorge Tirado, junto a su hermano menor. El caso ocupó durante semanas la agenda cultural y terminó vinculado a una disputa familiar por una vivienda en la colonia Roma, en Ciudad de México.
De un día para el otro, escribir se volvió imposible, ya que ninguna palabra parecía capaz de nombrar el tamaño de ese agujero. En medio de ese vaivén apareció una invitación a la residencia artística en la última casa de la cantante Chavela Vargas, en Tepoztlán. Llegó con una amiga y pocas expectativas. "Fui diciendo: 'no tengo nada para ofrecer. Vengo a mirar los árboles y dormir'", recuerda. Entre los jardines, las entrevistas que escuchaban por las noches y esa energía difícil de explicar que tienen ciertos lugares, apareció "Un rayo de luz". La canción salió en quince minutos, como a ella le gusta que aparezcan las melodías: "rápidas, inevitables, como si alguien las estuviera dictando".
Ese episodio terminó actuando como el punto de partida de Vendrán suaves lluvias, un trabajo que reúne diez temas escritos y producidos por Estrada a lo largo de los últimos cinco años. El álbum se grabó entre Canadá, México, España y Macedonia, y transita distintos momentos entre despedidas y preguntas. Esta noche, toda esa emocionalidad viaja desde Veracruz hasta Buenos Aires: la cantante vuelve a subirse al escenario de La Trastienda, en su segunda fecha en la ciudad. En la previa del show, habla del lenguaje latinoamericano, la vulnerabilidad, el consenso de la crítica alrededor de su obra y lo que significa volver a cantar después de atravesar el silencio.

Si uno sigue tu discografía, da la sensación de un recorrido: del marchitarse a la lluvia. ¿Pensás tus discos como capítulos de una misma historia?
Totalmente. Siento que todo lo que he hecho hasta ahora son como instantáneas de momentos muy específicos de mi vida. Este disco es como un resumen de mis últimos cinco años encapsulados en un álbum. Las canciones están llenas de despedidas, de cosas que me marcaron y dolieron. Sentí que tenía que narrarlas. El arte tiene esa posibilidad de soltar y sanar a través de la belleza. Para mí, Vendrán suaves lluvias fue justamente eso, y dialoga con Marchita, el primer encuentro con una parte profunda de mí, muy conectada y oscura. Fue como engancharse de ese hilo y sacar y sacar y sacar. De hecho, componer Marchita fue muy fácil: todo estaba en sintonía.
En cambio, este disco fue mucho más difícil. Hubo crisis, preguntas muy fuertes: quién soy, qué estoy haciendo con mi vida. Es curioso, porque fue mucho más duro de hacer, pero suena más luminoso, más esperanzador. Creo que en mi vida hay una conexión muy fuerte entre la dificultad y la esperanza. Cuando la desesperación sube, también sube mi esperanza. Vendrán suaves lluvias es un canto para volver a enamorarme de la vida. Si Marchita era marchitarse, este disco es decir: ahora quiero florecer.
Mencionaste varias veces que "Un rayo de luz" fue la canción que te sacó de un bloqueo creativo. ¿Por qué?
Tuve un bloqueo creativo muy fuerte. El primero y el único que tuve. Mi mejor amigo murió, y también su hermano menor, que para mí era como otro hermano. Vivíamos juntos. Cuando pasó, sentí que una parte de mí también murió. Tuve que atravesar ese dolor durante mucho tiempo sin saber muy bien cómo hacerlo. Nunca había convivido con la muerte, no formaba parte de mis experiencias de vida. Fue algo tan duro que me daba pánico escribir. Me daba terror.
Sentía que, frente al misterio de vivir y morir, todo lo que pudiera decir era insignificante. Pensaba: no tengo nada que decir frente a esto. Ahora sí siento que tengo mucho para decir, pero en ese momento no sabía cómo canalizarlo. Incluso llegué a pensar que tal vez nunca volvería a escribir. Estaba lista para decir: bueno, hasta acá llegué, voy a hacer otra cosa, inventarme otra profesión.
Después fui a una residencia artística en la casa de Chavela Vargas, una de mis grandes maestras. Su última casa, en Tepoztlán, hoy funciona como residencia. Fui con una amiga y llegué casi diciendo: no ofrezco nada, no sé si va a salir algo. Vengo a mirar los árboles y a dormir. Pero ahí, entre ese lugar, las entrevistas de Chavela que escuchábamos y -quién sabe- quizá su fantasma rondando, apareció "Un rayo de luz". Salió como me gusta a mí que salgan las canciones, en quince minutos, sin corregir, como si alguien te la dictara. Siempre siento que esas canciones no las escribo, sino que las recuerdo. Como si ya existieran en algún lado.
Es curioso porque muchos artistas dicen encontrar creatividad en la tristeza.
Creo que la tristeza sí puede ser una gran fuente de inspiración. Tal vez no sea fácil, pero sí es más sencillo escribir una canción conmovedora desde la tristeza que desde casi cualquier otro lugar. Pero en mi caso no era sólo tristeza. Era una decepción muy profunda, casi infantil, como preguntarme: ¿cómo es posible que me vaya a morir, con lo mucho que me gusta vivir? Había una decepción muy grande con el mundo, y desde ahí también se puede escribir. Es un lugar interesante, pero cuesta mucho entrar y moverse dentro de esos territorios que uno no tiene tan aprendidos.
"La vulnerabilidad nos permite vivir sin quebrarnos"
¿Cómo te llevás con la vulnerabilidad que implica escribir canciones tan personales?
A mí me gusta., me sana mucho. Me lo preguntan bastante, si no me da pudor hablar de mis cosas, pero no me pasa. Cuando saco algo en una canción me doy cuenta de que en realidad ya no es sólo mía. Ahí aparece algo muy bonito: entendés que todos estamos pasando, más o menos, por las mismas cosas. Hay millones de perspectivas posibles. A lo mejor algo que para mí es muy profundo lo digo en una canción y para otra persona significa algo completamente distinto. Pero al final toca las mismas fibras.
Curiosamente, me da mucho más pudor otra cosa: las redes sociales. Me da más vergüenza mostrar mi vida cotidiana, decir "hoy voy a hacer esto" o "hoy estoy aquí". Eso sí me da pudor. Las canciones no. La vulnerabilidad es algo que quiero honrar en mi vida, incluso si no hiciera música. Creo que es lo que nos permite vivir sin quebrarnos.
Sos una gran letrista. Hoy se habla mucho del empobrecimiento del lenguaje. ¿A qué creés que se debe?
Más que un empobrecimiento del lenguaje, creo que hay un empobrecimiento general. Son tiempos en los que a veces cuesta detenerse a buscar lo bello o lo hermoso. A mí no me molesta que la gente invente palabras. Al contrario: cuando alguien empieza a jugar con el lenguaje o a crear expresiones nuevas me hace mucha ilusión. Creo que eso en realidad lo enriquece. Quien inventa palabras o las mezcla de otro modo, en el fondo, le está dando la vuelta al lenguaje y se está enamorando de él. Y siento que eso es justamente lo que nos haría falta: volver a enamorarnos de las cosas de la vida.
A mí me enamora decir palabras. El otro día hablaba con un amigo brasileño sobre esto. Estábamos comentando ciertas palabras y él decía: "Decir esta palabra es una delicia". Y es verdad. A veces pronunciar una palabra tiene algo maravilloso. Mi manager, por ejemplo, es dominicano y usa expresiones que me encantan. Me fascina cómo suenan. Entonces creo que sería lindo perderle el miedo a inventar, a crear un lenguaje propio. Al final nada tiene demasiado sentido, así que mejor inventar algo que sí lo tenga para uno.
También volver a enamorarse del sonido de las palabras, de cómo se sienten en la boca. Hay algo muy animal en eso: somos animales que hablan, que hacen metáforas, que poetizan. Es algo muy fuerte de nuestra especie.

La recepción crítica del disco fue muy positiva. ¿Qué lugar le das a ese consenso?
Lo agradezco muchísimo. Siempre tuve mucha suerte con la crítica, incluso desde el primer disco. Hay algo que hace que cierta parte de los medios sea muy cariñosa con mi trabajo. Pero con Vendrán suaves lluvias me pasó algo particular: me importó poco lo que se dijera afuera. No porque no me interese la opinión, sino porque fue un disco muy difícil de hacer y muy personal. Durante el proceso cerré bastante las ventanas hacia el exterior.
Desde afuera sí sentía presión, pero uno de los ejercicios que me pidió este álbum fue justamente dejar de escuchar todo eso. Cuando salió, yo ya estaba muy entrenada en concentrarme en lo mío: en lo que me gusta, en lo que me hace feliz.
Me puse muy contenta con las buenas críticas, claro. Pero tampoco quise engancharme demasiado. Incluso sé que salieron cosas muy lindas que ni siquiera leí. Porque si uno se acostumbra demasiado a eso, el día que aparece una crítica negativa duele mucho más. Entonces trato de recibirlo con agradecimiento y cariño, pero también con cierta distancia.
¿Qué sentís que pudiste decir en este trabajo que en los anteriores todavía no había aparecido?
Creo que es el disco más "yo" que hice. Los primeros álbumes los escribí siendo muy chica, cuando tenía entre 17 y 20 años, y a esa edad hay algo muy solemne en la manera de mirar el mundo. Tu dolor más grande suele ser el amor -que, visto a la distancia, es casi una maravilla-, y entonces todo se vuelve muy serio, muy oscuro.
Siento que Marchita es un universo con una gravedad muy profunda. Ese mundo también soy yo, pero con los años la vida me puso frente a dolores más difíciles de digerir. Y eso me obligó a mirar hacia la luz. Me tocó reírme más, contagiarme del humor, sacarme máscaras. Vendrán suaves lluvias habla de ese proceso: entender que hay cosas que duelen demasiado como para quedarse triste todo el tiempo.
Lo que intenté fue nombrar el dolor con su belleza. No ir directo a la oscuridad o a la solemnidad, sino poder jugar también, poder reír y mirar hacia la luz. Sentir que el espacio es amplio, vital, aunque al mismo tiempo sepamos que vivir es difícil..
Al producir tu propia obra, imagino que tuviste que ser muy meticulosa con cada decisión. ¿Cómo fue asumir ese rol?
Fue arduo pero también muy hermoso. Fue un proceso muy confrontador: me permitió conocerme bien, saber qué me gusta y qué no. Producir un disco es como construir una casa. Todo son decisiones: el piso, las ventanas, el techo, la decoración. Con un álbum pasa lo mismo. Todo el tiempo estás decidiendo cómo querés que suene algo, qué arreglo querés, con quién querés trabajar.
Con Roberto Verástegui, que hizo varios de los arreglos, pasábamos horas intercambiando audios, feedbacks, ideas. Era un ping-pong constante. Además, nunca había producido un disco antes. La autoproducción es poderosa, pero también más confrontadora que cuando produce otra persona. Fue un proceso largo e intenso, pero aprendí muchísimo. Y el resultado es un disco totalmente a mi medida. Eso me hace muy feliz.
Para cerrar la charla, ¿nos recomendás tres discos para los lectores de Billboard?
Playa Negra (2024) de Gabriel Ríos.
Cantos de Venezuela (1974) de Soledad Bravo.
Siembra (1978) de Rubén Blades y Willie Colón.