Es febrero del 2025. Montevideo late al ritmo del tambor. Es lunes y hay Rueda del Candombe, un ciclo organizado por seis músicos uruguayos que reivindican el legado patrimonial del candombe con tambores, acordeón, guitarra y guitarrón. Jorge Drexler se suma a ese ritual informal y gratuito al aire libre en el barrio Sur. El cancionista queda envuelto por la clave afro que resuena en el golpe de la percusión y en las palmas del público a su alrededor. Esa memoria del cuero lo toma por completo. Tres meses atrás había muerto su padre. Entonces entiende todo. Es un llamado de su ciudad natal. Es un llamado de la esquina, la patria chica del tambor. Es un llamado de las raíces. De encontrar una brújula en medio del desconcierto. Nace una idea, un disco.
"De entrada me enamoré profundamente de la rueda de candombe por el aspecto comunitario. Entre todos celebramos un patrimonio que nos une, nos alegra y nos enorgullece. Ahí nació esta idea que tengo hace años de hacer un disco de candombe que siempre la tuve en la cabeza, un disco de reconexión uruguaya", dice Drexler en charla con Billboard Argentina.
Falta poco para el lanzamiento de su nuevo álbum Taracá, un trabajo magistral con once canciones atravesadas por el beat del candombe, programaciones, sintes y cuerdas, que lo llevó a grabar nuevamente en Montevideo (además de sesiones en Puerto Rico y Madrid), rodeado de jóvenes productores del Uruguay, viejos conocidos como Carlos Casacuberta y Campi Campón, y artistas invitados como la murga Falta y Resto, los integrantes de la Rueda del Candombe, la boricua Young Miko, la flamenca Angeles Toledano, el guitarrista Julio Cobelli, compañero de Alfredo Zitarrosa, la cuerda de tambores La Dominguera, y el ensamble de cuerdas La Susi.
En este nuevo capítulo musical, Drexler traza puentes entre la clave afro, la milonga, la plena, la canción y el lenguaje contemporáneo de la música urbana y bailable. "Es un disco heterogéneo que está unido por el hilo narrativo de la voz y la clave de candombe", cuenta el uruguayo que en febrero estrenó el single "Toco madera", y sirvió para entender el rumbo estético de su nueva producción.
Taracá es la onomatopeya del sonido del tambor chico. La otra traducción posible es más simbólica y quiere decir: "Estar acá", o en términos rioplatenses, "tar' acá". El tambor es el instrumento madre del álbum. Un instrumento que llegó de África, que encontró su patria en Montevideo, que asimiló una nueva identidad y que en el 1800 dio forma a un género llamado candombe con sus toques madre de Cuareim y Ansina, que se esparcieron por todos los barrios de la ciudad. "Estuvo prohibido, se lo confinó a los extramuros de la ciudad antigua y hoy el candombe es el rey de las calles de Montevideo", reflexiona el músico, que en el disco escribió "Ante la duda baila", un sorprendente ensayo histórico sobre la prohibición de los bailes populares que comienza en el siglo XV y llega hasta el reggaetón.
El cancionista escribe la biografía de su tiempo. Se pregunta sobre el misterio del amor en "¿Cómo se ama?", celebra la vida en "¿Qué será que és?", filosofa en "Las palabras", desmitifica los avances tecnológicos en "¿Hay alguien A.I?" y se sumerge en la liturgia del candombe en "Tambor chico". Todo lo hace sentado alrededor de ese fuego metafísico, donde se calienta la lonja de un tambor, en medio de un proceso de duelo. "Quedarme sin padre, impulsó esa reflexión sobre la vida. Esa manera de pensar cuales son las cosas importantes", dice sobre el disco que presentará en abril en la Argentina.
En perspectiva, ¿qué otras cosas influyeron en este disco?
Después de lo de papá, me hice una casa en La Serena (Uruguay), que para mí es muy importante porque es tener un lugar propio, un asidero, un vínculo muy poderoso con la tierra. También pasó que cumplí 30 años viviendo en España y llegué a los 60 años de edad. Eso es como un llamado a aceptar esta oferta consagratoria que nos ofrece el mundo, y que ya está pidiéndonos que entremos en boxes para disfrutar de la gloria acumulada y grabar todo muy tranquilo con el mismo equipo. Ahí me fui a hacer un disco con un productor de 22 años como Tadu Vázquez y colaboradores como Facu Balta, Rodrigo Cueva, que tienen entre treinta y cuarenta años menos que yo.
También invitaste a Young Miko y sus productores Mauro y Gabi Lugo a que participen.
Quería tener otra perspectiva del sonido desde afuera. Cuando fuimos a ver a Bad Bunny en Puerto Rico nos encontramos a trabajar. Yo quería hacer un reggaetón y ella quería cantar más y salió "Te llevo tatuada", que es una de mis canciones favoritas del disco. Trabajamos tan bien con Mauro y Gabriel que decidí invitarlos a participar de todo el proceso de Taracá. Ellos me dieron otra visión de la plena uruguaya y del candombe. No podés trabajar con un puertorriqueño si lo que hacés no te hace bailar, tan sencillo y tan complicado como eso. Entonces hicimos mucho hincapié en eso para que el disco se volviera realmente bailable.
¿Esta nueva experiencia musical tiene puntos de conexión con el álbum Frontera de 1999, un disco donde estaba muy presente el candombe y la electrónica?
En aquel momento tuve otro quiebre. Fui padre de Pablo, mi primer hijo. Venía de dos discos clásicos. La sociedad mandaba que me quedara con lo conseguido, una elegancia atemporal, un sonido de cajón, piano, guitarras acústicas, para un público nostálgico, pero desvinculado de su tiempo. Hice todo lo contrario. Volví a Uruguay a vincularme con mi momento y mi lugar para hacer una apuesta radical, grabar con computadoras y trabajar sobre el candombe con dos productores noveles como Casacuberta y Campodónico. Para mí, Frontera es un disco que va en paralelo con Taracá.
¿Cómo fue volver a grabar en Montevideo?.
Fue sin duda el período de tiempo más densamente musical que viví en mi vida en cuanto a los resultados, porque fueron prácticamente todos un gol en el ángulo. Eso es sumamente muy raro. Aquí desde el primer día de grabación que hicimos con Nacho Algorta con la orquesta La Susi, o la participación de la Falta y Resto, que volvía después de seis años al carnaval y cuanto terminó la grabación nos regaló en secreto la retirada que habían escrito. Fue de un simbolismo tremendo. Es decir, yo no sé qué va a significar para otro país, pero sé muy bien lo que significa para Uruguay, porque la Falta tiene integrantes de 20 a 70 años de edad. Eso es un puente intergeneracional increíble.
Con Falta y Resto grabaste "Las palabras", una canción que dedicás a tu padre.
Estaba terminando de cerrar el repertorio del disco y Presser, mi socio, amigo y manager, me dijo: "No tenés ninguna canción para tu padre." Y claro, justo el año de la composición fue el año que murió papá. Uno no escribe solo lo que quiere ni cuando quiere, escribe sobre lo que puede y cuando puede. Y algunos procesos, como el duelo, son de los que tienen más inercia, tienen sus propios tiempos completamente. No pude escribir nada sobre mi viejo en este momento, pero de alguna manera la necesidad imperiosa de volver a Uruguay en este disco está claramente relacionada con eso.
¿Qué importancia le das a la canción en este tiempo?
Una de las funciones más importantes de la música es poner en fase a las personas. Se hicieron estudios, donde ponen a dos personas que bailan al mismo tiempo. Si vos haces una encuesta, después entre ellos generan más confianza, son más afines y menos dadas a dañar al otro. Eso es un puente, que une dos vertientes de un río y las conecta. En este periodo de la historia, yo descubrí que esa es mi función como músico. Nuestro trabajo a veces parece ridículo desde afuera. Decís: "¿Qué hacemos cantándole al amor mientras el mundo se va al carajo?", como escribo en la canción "Los puentes/Nuestro trabajo". Bueno, pues precisamente por eso, porque ese es tu trabajo, es tu profesión, crear puentes.
Las canciones también sirven de compañía en estos tiempos oscuros.
El género canción es una herramienta de identificación narrativa. Eso que te pasa a vos concretamente, eso que está diciendo la persona que canta una canción donde dice: "Te fuiste y quedé con el pecho vacío mirando llover por la ventana", también me pasa a mí. Si le pasó a otro y lo pudo escribir quiere decir que lo sobrevivió, con lo cual yo también lo puedo sobrevivir. Ser acompañado en un dolor, en un miedo, una nostalgia, es un acto de generosidad de un autor tan grande que ahí podes llegar a entender el grado demencial de agradecimiento que tenemos los escuchas de canciones, y que tiene el público con el cancionista. Sentir que te acompaña en las cosas más íntimas de un dolor, o hasta en las celebraciones.