"No hubo una idea de decir 'mirá quiénes están', sino de entender por qué están", dice David Tagger cuando repasa la lista de nombres que firman El poder de los olvidados, su segundo disco de estudio. León Gieco, Nito Mestre, Gustavo Santaolalla, Lula Bertoldi, entre otros, son algunas de los nombres que se suman al pelotón de invitados. Todo se empezó a armar en 2023, en esas presentaciones en el Borda y el Moyano, espacios donde, según cuenta, "no se podía hacer el gil con lo que estaba pasando a nivel social".
Así armó un disco de once temas pensado como punto de encuentro: se corre del yo inflado que domina buena parte de la escena y juega para el otro lado. Antes de subirlo al escenario el 4 de junio en La Tangente, el músico pasa por Billboard Argentina y pone sobre la mesa el origen del trabajo, el valor comunitario detrás del proyecto y el choque de mundos entre leyendas y músicos del circuito independiente.

El disco reúne músicos de generaciones muy distintas: desde Gieco y Mestre hasta Bertoldi o Maggie Cullen. ¿Cómo se dio ese cruce?
Es un sueño hecho realidad. Solo con releer los nombres vuelvo a caer en el proyecto musical que se pudo lograr. Pero lo más mágico fue que todo se dio de forma natural. Siento que las canciones que fui componiendo abrieron el juego para invitar a distintos artistas, que se fueron sumando por las melodías, por el disfrute de trabajar en equipo.
No hubo una idea de decir "mirá quiénes están", sino de entender "por qué están". Eso fue muy importante. Sin querer, si observás cómo progresa el disco, pareciera que va de menor a mayor en cuanto a nombres y trayectorias. Pero todos son importantes para mí.
Clara Spinetta, Manu Sija y Lula fueron de los primeros en sumarse, cuando el proyecto de "álbum" todavía era apenas una semilla, nacida en un contexto social hostil, atravesado por un mensaje muy individualista, allá a fines de 2023.
¿Hay algo que aprendiste de esas colaboraciones que te haya cambiado la forma de pensar la música?
Trabajando en el proceso de creación de este disco aprendí muchísimas cosas. La idea de lo colectivo a flor de piel, de realizar un laburo comunitario. Todos aportaron algo que embelleció cada canción. No solo los artistas históricos: hay muchos otros que son desconocidos, que fui encontrándome girando por el interior del país o incluso músicos que conocí en Buenos Aires.
La idea de la música como unión. Desde algo tan interno, dolores tan propios, cada uno iba aportando ingredientes, y después tuve el honor de poder mezclar y darle esa última pintada para sacarlo a la luz. Entender que la música es un lenguaje propio y universal. No descubrí nada, pero internamente fue sentir un poder muy grande: humaniza verlo así.
También me divertía mucho el hecho de unir músicos tan importantes como, por dar un ejemplo, Santaolalla, Nito, León, donde en esa misma canción participaron músicos salesianos que tocan en la iglesia y en espacios de trabajo social para los pibes del barrio de La Boca. Abrir esas puertas maravillosas donde la música une contextos, sin importar quién hace cada cosa, sino lo hermoso de sentir el aporte.
Gieco siempre tuvo esa idea de la canción como herramienta social. ¿Esa mirada influyó en la dirección del disco?
Es muy probable que, inconscientemente, tenga mucho que ver. Tengo el honor de compartir tiempo y charlas con él. Aprendo constantemente. Forjamos una relación de amistad muy linda desde el primer día, porque nos conectamos por ese mismo sentir. Él enseña con acciones.
Vengo de un barrio de clase obrera, La Boca. Entendí mi contexto social desde chico, con padres artistas, bohemios y militantes. Y, al estar al lado de Gieco, sentí una responsabilidad todavía mayor. No iba a escribir sobre el verano y los días de playa: no hablan de mi realidad ni de las personas que tengo alrededor. Pienso que la evolución en cuanto a la composición también se dio de forma natural, en base a lo que fui percibiendo.

En tu forma de escribir aparece mucho la idea de personajes y relatos. ¿Te interesa pensar la canción como una pequeña crónica?
Me gusta la idea de fantasear con las historias, pero escribo como hablo. No podría hacerlo de otra manera. Me interesa que quien escucha pueda entenderlo como si fuera una conversación, poder comunicar lo que necesitás decir.
Las composiciones nacieron desde lo más profundo de mis dolores y sentimientos, desde experiencias propias. Sumado al contexto, también está la vida y el día a día de uno. Noto la diferencia entre canción y canción cuando escucho las que hice a fines de 2023 y las que hice en 2024, después de enterarme de la enfermedad de un familiar muy cercano. Ahí se me despertaron otros temores.
Quizás lo expongo en tercera persona, como en "Sorpréndeme al despertar", pero con el tiempo pareciera que me hablaba a mí mismo. En "Pienso en los demás" cuento exactamente las cosas que fui viviendo. No lo pienso tanto: es, por ahora, la única forma en la que me sale escribir letras.
¿En qué momento sentiste que podías ir un paso más allá respecto al debut?
Fueron momentos muy distintos. En mi primer disco solista, Historias, estaba atravesando la soledad, en plena pandemia. El mundo era otro y yo intentaba entender cómo me sentía grabando, produciendo y mezclando en soledad. Ni siquiera sabía si alguien iba a querer escucharme. Lo hice más para mí que para los demás.
Acá me animé a hablarle al otro, a escribir sabiendo que había alguien del otro lado esperando escuchar mis canciones. Sumé muchos músicos que aportaron distintos instrumentos: banjo, flauta traversa, bisérnica croata, violines, entre otros. No es que antes no me animaba; sinceramente, ni siquiera se me pasaba por la cabeza. Pero creo que fue un gran plus de este álbum. Se siente como un disco vivo, humano.
De todas formas, siento que El poder de los olvidados es una combinación de muchas cosas que venía trabajando en proyectos anteriores. Y en un momento dije: "si no lo hago ahora, ¿cuándo?". Y me mandé.