Para Mujer Cebra, Inhibidor, su nuevo disco, es una especie de revancha. El tercer álbum de la banda llegó después de un período de ostracismo en el que trascendieron una etapa difícil de reorganización interna y del que lograron salir con una nueva búsqueda sonora. Lejos de la furia inicial, de esas guitarras podridas y canciones sangrantes de padecimientos de jóvenes post-pandémicos, el trío ahora aborda un trabajo más bien contemplativo, que ofrece más preguntas que respuestas. En una época de gente con demasiadas certezas, la banda admite no tener ninguna.
Si actualmente el grupo parece tomarse tiempo para construir nuevos climas y sus canciones habitan otras intensidades, esto responde a lo que ellos mismos definen como una nueva etapa del conjunto. Después de la presentación oficial en Niceto Club y de cara a una serie de fechas que tienen por delante en las que visitarán el conurbano bonaerense, distintas provincias argentinas y Uruguay, Mujer Cebra se reúne en su -finalmente- propia sala de ensayo para hablar con Billboard Argentina sobre el álbum: "Estamos relajados, flotando. Trascendimos", dicen, entre risas, Santiago Piedra (vocalista y guitarrista), Gonzalo Muhape (bajista) y Patricio Garcia Seminara (baterista). Sucede que en medio de todo este proceso creativo, se quedaron sin espacio de trabajo. Boyaron entre tres salas hasta recalar en la que terminó de definir el universo narrativo y sonoro de Inhibidor: una oficina del microcentro porteño, adaptada a sus necesidades, desde la que observaron como espectadores privilegiados el vértigo de la calle Corrientes y el corazón de la ciudad. Su propio espacio liminal.
"Páramo", la canción que abre el disco, comienza despacio, sin urgencia. Sin embargo, reside en ella uno de los puntos más importantes del disco, la necesidad de recuperar algo perdido, lo importante de retomar la huella. "Quiero volver a empezar y que todo sea como antes", repiten una y otra vez mientras la canción crece en intensidad. Un punto de partida que también hace las veces de mantra o de expresión de deseo. Ocurre que las tensiones internas en relación a sus procesos creativos no responden (solo) a los obstáculos del último tiempo, sino que vienen de un arrastre con origen en Clase B, su trabajo anterior, lanzado en 2023. Si bien les hizo valer tres nominaciones en los Premios Gardel como "Mejor Artista Alternativo", "Mejor Nuevo Artista" y "Mejor Canción de Rock", el álbum no los dejó conformes. "Lo hicimos muy a los tirones", admite Santiago. "Veníamos entre tocada y tocada y nos pusimos un deadline nosotros mismos. Dijimos: 'En un mes tenemos fecha de grabación'. Ahí nos encerramos en la sala, todos muy mambeados entre mucho laburo, y lo armamos entero en ese tiempo. Después lo grabamos en dos semanas más", cuenta. "Aún así, no siento que tengamos arrepentimientos, porque es un disco que le tengo un cariño gigante, que lo amamos, que amamos tocarlo y que es espectacular. Pero sí nos pasa con Inhibidor, que no nos pasaba con los discos anteriores, que no nos quedamos con ganas de hacer nada", aclara Patricio.

Si Mujer Cebra tiene tres discos, también tiene tres universos diferentes que se grabaron de maneras completamente distintas y se produjeron de maneras completamente distintas. Sin embargo, para la banda se amalgaman de forma perfecta. "Inhibidor viene a cerrar una trilogía", dice Patricio. Ya no son esos jóvenes de veintipocos que grababan su debut en cueros, subidos a los instrumentos, rebotando por el estudio. Para el segundo, vomitado en pocas semanas, seguía siendo un rezago de esas mismas mañas. Pero ahora, entendieron la necesidad de cambiar el curso. "Si no sentís que estás haciendo el mismo disco toda la vida, ¿viste?", dice Santiago. Es así que Inhibidor sigue habitando la oscuridad inherente a su naturaleza, algo de lo que no pueden ni quieren desprenderse, pero navega nuevos horizontes. "Es un disco que es más frío, más como contemplativo. Los primeros dos, se sienten más como estar en el medio de la tormenta, dando vueltas y pegándole a lo que podés. Este es un poco más de fumar mirando la ciudad de frente al juego". "Todo se puso más mental", agrega Gonzalo.
Para que algo exista, necesita de su contrario. Todo se rige por fuerzas opuestas pero complementarias. Por eso, para entender las particularidades de Inhibidor, primero hay que volver al álbum homónimo con el que el grupo debutó en 2021. En un principio la idea que proponía Mujer Cebra era la de habitar el padecimiento, las ansiedades, los tormentos de época entre salud mental y soledad. En cambio, por contraste, el nuevo álbum intenta mirar hacia adelante.
"Sé que va a venir" es, quizás, el mayor ejemplo de la esperanza que reside en su nuevo disco: "Ya no creo en nadie nada más / El pasado nunca fue el mejor lugar / Cuando nadie te acompañe a caminar / Yo te espero para ir", cantan mirando hacia adelante y extendiendo la mano al de al lado. Ya no el regocijo en la miseria sino, más bien, el entusiasmo por lo que puede venir. Y la búsqueda fue intencional. "Lo que me enseñan todos estos años es que hacer algunas cosas toma mucho trabajo, sentirse bien toma mucho trabajo, construir algo toma mucho trabajo, pero al final ves una luz. Es como asumir responsabilidades, viste. Hacerse cargo. Así que abrimos una isla", explica Gonzalo. Y en ese gesto a contrapelo del discurso más generalizado, las letras del álbum intentan proponer nuevas preguntas.
"La crítica que se le hace un poco al rock es que todo el tiempo se le pide más fuego y más reacción. Nosotros vemos eso, pero nada que construya. Es muy difícil construir y es mucho más fácil tirar la pelota para otro lado con mucha fuerza, como patear fuerte para afuera. Y construir también puede llegar a ser lo que en realidad la gente está pidiendo", piensa Patricio. "Lo que sentíamos nosotros era eso, un poco como parar la pelota y tratar de poner un paño frío. Por lo menos yo, personalmente, era lo que más necesitaba. Porque si no sentís que te metes en el ritmo este del mundo súper violento y sacado, y que no sabes bien dónde termina, pero estás seguro de que termina mal. Y vos te subiste en esa montaña rusa sin saber si tiene freno". En "Otra noche más" cantan: "Tiempo de empezar otra historia (...) el cuento está cambiando".

Sin embargo, aún con la visión colectiva y la lectura del devenir del mundo allí latente, el disco tiene un yo más presente que un nosotros. Esto sucede no como una cuestión individualista en un reflejo de época, sino como una necesidad de mirar hacia adentro, porque "si la realidad es cada vez más inestable, el único camino que se abre ante nosotros es hacia nuestro interior", como señala Valentina Tanni en su libro Estéticas liminales. Es así que hay canciones en las que Mujer Cebra hace, por ejemplo, un mea culpa y se cuestionan a sí mismos ("Perdí en ese instante todo lo que había encontrado / Sentí en ese instante algo escaparse de mi mente" en "en ese instante") o se alientan a romper cadenas y mirar hacia adelante ("Te estás quejando del pasado / Me da igual si es verdad / Es la emoción que te mantiene anestesiado / Se te acaba el tiempo" en "ctrl v").
Entre las dificultades del proceso compositivo e interno, además, se sumó otra variable que no esperaban, y fue la de los coletazos del reconocimiento que se posó sobre ellos desde su aparición. "Esto del éxito, entre comillas, a mí personalmente me hizo bastante mal", dice Patricio. "Por otro lado, el tema de ser una banda under es como que estás en el limbo. Estás en un momento zarpado y, por otro lado, la guita te sigue pesando. Todo eso es difícil. Si me preguntas a mi yo de hace 10 años, lo que nos está pasando hoy podría ser la solución a todos los problemas del Pato del pasado. Cumplí un sueño, pero te das cuenta que no solucionó nada de raíz. Que el cielo cada vez está más alto. Sentí una soledad nueva, una que antes no tenía. Todos te quieren, habla de vos, y yo me siento solo igual", dice. "De verdad ya no puedo mirarte más / El precio de esto sos vos / ¿De verdad soñabas esto?", cantan en "El $ de esto". Santiago, por su lado, agrega: "Todo se vuelve una cosa más grande y quedas como en el medio de cosas, como confundido, tratando de entenderlo y pilotearlo con todos los problemas de la vida que siguen pasando y las cosas que sentías y que las seguís teniendo".
Durante los últimos años, entonces, el viaje de Mujer Cebra fue un desafío. Y algo que moldeó el nuevo sonido fue un recorrido nómada entre tres salas de ensayo luego de quedar sin un lugar fijo. Finalmente se establecieron en una oficina en microcentro, dentro de un edificio netamente de espacios de trabajo. "Nosotros entrábamos a las seis o siete de la tarde, cuando la gente se estaba yendo, todos de traje, corbata y blazer. Y cuando ellos entraban, nosotros nos íbamos", dice Santiago. El lugar era inmenso. Al llegar, el grupo prendía el tablero de luces y todo se vestía de una luz blanca, fría. En el medio del lugar, un escritorio, y dispersos por ahí, a distancias insólitas entre sí, la batería, los equipos de guitarra, el bajo. "Era un loco, no tenía sentido", dicen los tres, entre risas. "Todo lo que pasaba era loco, boludo. Hablabas y ya tenías como mucha reverb todo el tiempo".
En Estéticas liminales, el libro mencionado, Tanni dice: "Un espacio liminal es un lugar que funciona como transición entre dos sitios o estados del ser. Por lo general, están abandonados y a menudo vacíos: por ejemplo, un shopping a las 4 am o el pasillo de una escuela en verano. Esto les da un aire de suspensión que es ligeramente inquietante pero al mismo tiempo nos resulta familiar". Ese espacio creado con un fin concreto, un edificio de oficinas, de madrugada, vacío, sin habitar ni cumplir su función y adaptado a otro, sala de ensayo, se transformó en el propio espacio liminal de Mujer Cebra. Y la autora agrega: "La liminalidad también puede describirse como una sensación de estar en pausa: la experiencia de esperar algo que todavía no sucedió o algo que podría llegar a ocurrir".
Y esa espera, el momento en que la banda se refugió en su guarida para reconectar y componer, lo hicieron mientras miraban el corazón porteño de Buenos Aires desde un ventanal inmenso. "Veíamos la cafetería La Giralda y edificios viejos. Abajo estaba Calle Corrientes, Michael Jackson bailando, la gente caminando, lleno de los teatros, los quilombos de las manifestaciones", recuerdan. Esa contemplación, esa forma de saber mirar, es lo que se refleja en las letras del disco. "Vivir despiertos" es, quizás, el mayor ejemplo por el aire porteño y nostálgico que transmite: "Puedo ver cómo pasan las personas como sombras / y los autos como espectros se deforman / formas que se van / otro día igual", cantan. Y a esta melancolía, sin embargo, le contrastan el espíritu esperanzado que domina al álbum: "Soñábamos las ganas de vivir despiertos", cantan y así cambian su visión del mundo.


"Una noche estábamos ahí con el gordo (Gonzalo) y estábamos buscándole la vuelta a la canción. Era una guitarra y una voz. Las referencias que poníamos en ese momento, mirando la calle, eran todas medio tangueras. Y empezamos a escuchar a Roberto Goyeneche, "Balada para un loco", esa cosita medio valsecito. Es una canción que me lleva a estar caminando por Callao, cadeteando". Cuando empezaron a surgir estas canciones, era pleno julio. Desde el ventanal de su oficina también podían ver cómo se apagaba ese vértigo de los teatros y una calle explotada y se transformaba en otro escenario, más sórdido y real. "De repente no había nadie. Pasaba un tipo barriendo, había piñas, gente durmiendo. Todo. La escena era otra".
El escenario, su espacio liminal, no sólo los influenció en la narrativa sino también en la parte técnica de composición. El espacio inmenso y vacío contaba, por naturaleza, con un efecto de reverberación especial, un rebote particular del sonido que se ajustaba perfecto a lo que querían contar. Para la canción "CUÁL ES MI NOMBRE?", la más disruptiva y diferente en sonido conocido al incorporar elementos electrónicos, decidieron quedarse con muchas de las tomas de voces que grabaron originalmente allì. "Además de la mística, tenía un sonido natural que era irreplicable. Grabamos las voces súper lejos del micrófono, sin nada de acustización pensada".
Para hacer funcionar todo eso, el trabajo de Mariano Otero como productor fue clave. "Replicar eso en el estudio fue el desafío más complicado. El sonido de Marian, la manera en la que él suena, en general es opaco y más seco. Y el nuestro era muy brillante y con mucha reverb. Éramos una especie de criterio Boca vs. River, pero en el buen sentido, se armó algo hermoso. Algo muy físico, a fin de cuentas", cuenta Santiago.
Físico, como palabra elegida, por la sensación de espacio que transmiten las canciones. El disco, cuando suena "en ese instante", va por la mitad del camino y aún así no se apura, se toma su tiempo, sin vértigo y con una intención concreta. Y ese espacio es, sencillamente, el de la inmensa oficina en la que surgieron las primeras versiones de cada tema. "A nosotros, el sonido que nos aportó nos encanta también, viste, pero veníamos de otro mundo y el desafío de salir de eso nos gustaba".
De alguna forma, Inhibidor significa el cierre de una trilogía y el comienzo de una nueva etapa. Con los desafíos del día a día de sostener un proyecto artístico esquivando adversidades, el grupo respondió con calma y experimentación. Y el resultado es un álbum a la altura de su identidad y también un camino abierto para lo que puede venir de aquí en más. "Fue el disco más difícil de hacer, pero que te destraba también un camino", dice Patricio. "Este disco, mal que mal, fue jugado. Para lo que nosotros veníamos haciendo y lo que a nosotros nos venía resultando, la verdad que le pegamos una patada en el culo a todo eso. No tiene intenciones comerciales, todo lo contrario. Todas las decisiones más comerciales o esas cosas, nos las pasamos por el culo y fuimos por todas las cosas que nos iban bien, que nos llenaban".

Y las nuevas preguntas, además, trajeron consigo una nueva narrativa y una nueva forma de mirar el mundo. Allí, sin dejar su propia identidad, la banda deja, por una rendija, que un halo de luz ingrese a un cuarto oscuro. "Creo que el relato de Inhibidor son esas cosas como los quilombos de la vida, como cuando estás en un problema grande o ves el mundo como medio oscuro, pero de repente pasa un tiempo y tomaste las responsabilidades que tenías que tomar, y de repente, con todo lo que conlleva, podés crecer de alguna manera espiritual y tenés esa sensación de sacarte el peso de una mochila de encima".
Esa sensación es la que atraviesa el álbum y se corona con la canción de cierre. "Si el disco hubiese terminado con 'El $ de esto' o con 'CUÁL ES MI NOMBRE?', que fue barajado, el mensaje hubiese sido completamente otro. 'sé que va a venir' es la canción que, de alguna manera, dice todo lo que queremos decir. Te puede cantar que todo es una mierda y nada va a mejorar. Pero el remate trae la esperanza". Si al momento de escribirlo, pudieron hablarse a sí mismos y admitir que habían perdido cierto fuego en la mirada, el tema sirve también como una mano extendida entre ellos mismos, fraternal, pero también para la gente, para generar un contagio. "El pasado nunca fue el mejor lugar", cantan. Y ante la soledad, ante el individualismo reinante, ante la oscuridad o las miserias, Mujer Cebra se ofrece como compañía y empuja hacia adelante: "Cuando nadie te acompañe a caminar / Yo te espero para ir".