"Pienso que muchas cosas de la vida son como una recreación de la primera vez que hiciste algo", planteaba Charly García en 1983, a propósito de "No soy un extraño", centro de su Clics modernos. Como para muchos argentinos, es el álbum favorito de Micaela Tenenbaum, una de las mitades de Magdalena Bay. Quizás fue la osadía de la leyenda de decir algo a través de la obra, ese patrón local que sobrevive al destilado yanqui del new wave y el synth-pop, o la tentativa de volver a aquellas fiestas donde el rock sonaba hasta que amanecía. No lo tiene tan racionalizado, pero lo cierto es que, cuarenta y tantos años más tarde, la cantante volvió a ese disco como referencia para crear el suyo.
El derrotero de su vida, en principio, iba por otro lado. Nacida en Buenos Aires y formada en Miami, dice "fútbol" en vez de "soccer", distingue una barbecue de un asado, le brillan los ojos cuando aparece la palabra "medialuna" y está muy al tanto del furor CA7RIEL & Paco Amoroso. "Me criaron argentina. Es una parte muy grande de quien soy", sostiene, aunque todo lo anterior ya había hablado por ella. Su ascendencia se reparte entre Morón y Don Torcuato, dos coordenadas del conurbano bonaerense que admite no tener "del todo claro dónde quedan", y dice pertenecer a una familia muy fiestera: "Para los cumpleaños, Navidad, siempre se arma baile hasta las cinco de la mañana".
Tiene algo del aplomo teatral de Thom Yorke, mientras por dentro le corre la melancolía contagiosa de Fiona Apple. Para descifrar a Tenenbaum, hay que volver al kilómetro cero. Mica no tenía dos años cuando sus padres -de 28 y 23- emigraron a Florida en 1997 buscando "oportunidades y estabilidad". "Surgió un trabajo en Estados Unidos, lo intentaron y se quedaron", sintetiza. Mientras sus papás aprendían inglés en aulas nocturnas, ella lo absorbía con una buena dosis de películas de Disney. Sin embargo, puertas adentro, el español siguió siendo la lengua de todos los días y las tradiciones se mantuvieron intactas. "Ya tenía tíos allá, era como una comunidad con todas las costumbres: el asado, el fútbol, todo", detalla. "Todos los veranos íbamos a visitar a mis abuelos y primos. Después, fuimos creciendo, empezó a ser un poco menos frecuente".

Además de hablar castellano a la perfección, es quien le pone voz y chispa al dúo. A su lado, Matthew Lewin, con raíces argentinas por vía paterna, se encarga de la arquitectura sonora. El sello celeste y blanco de ambos trabaja como sustrato del proyecto. La playlist oficial de influencias asociada a Imaginal Disk (2024), su segundo álbum de estudio, lo confirma: Steely Dan, Bob Dylan, Art of Noise, Air y Björk compartiendo espacio con García y Fito Páez. "La música que ponen mis papás y tíos es rock argentino, así que siempre la escuché. Me gustaba, pero nunca me había metido en profundidad. En los últimos años empecé a entrar más", comparte desde su casa en Los Ángeles, donde vive desde 2019. "De Charly soy súper fan. Clics modernos es uno de mis preferidos all time", suma.
La excusa para este encuentro con Billboard Argentina es el show del 22 de mayo en el C Art Media, su debut en el país, luego de una gira por capitales europeas y de foguearse como acto soporte de Billie Eilish, Caroline Polachek y Halsey, entre otros. Pero también, el estreno de su película, dirigida por Amanda Kramer, con premiere prevista en el Festival de Cine de Tribeca en junio de 2026. "Los music videos que ya salieron -'Secrets (Your Fire)' y 'Chaeri'- son parte de este film. Si la historia o las conexiones entre esos videos parecían medio confusas, ahora van a tener el resto", adelanta sobre un largometraje de 54 minutos que baja a tierra ese cúmulo de inquietudes humanas que en Imaginal Disk se volvió más denso y explosivo. Si en García la fricción era política y social, en Magdalena Bay el foco se desplaza hacia lo psicológico.

Cómo volver complejo lo que parece simple
Imaginal Disk llegó apenas dos meses después del sacudón de BRAT, la producción con la que Charli XCX radicalizó exploraciones formales dentro de los subgéneros del pop. Su primer disco, Mercurial World (2021) -posterior a los EPs Day/Pop (2019), Night/Pop (2019) y A Little Rhythm and a Wicked Feeling (2020)- había flexibilizado su impronta en favor de una mayor circulación, aunque fue este último el que dio con su dirección. Editado por Mom + Pop Music, el consenso crítico lo ubicó entre lo más destacado de 2024, al lado de popstars como Sabrina Carpenter y Dua Lipa. "Estoy muy feliz con la recepción que tuvo nuestra música y el álbum como proyecto entero. Sé que quizás en el futuro no va a ser así para todo lo que hagamos. Las carreras son así para los artistas", expresa.
Los antecedentes se pueden rastrear desde Tabula Rasa, el grupo que montraron en la secundaria dentro del programa extracurricular LIVE! Modern School of Music, junto al bajista Mariano Sarrate. Puro rock progresivo, en la escuela de Rush, Led Zeppelin y Pink Floyd. "Éramos muy chicos, pero obviamente reconocimos algo en el otro. No sé qué, pero hasta el día de hoy sigue esa conexión. Nos entendemos como artistas y como personas. Yo recién estaba aprendiendo a escribir canciones y él fue mi primer colaborador. Se sintió súper natural", revela. Composiciones que alcanzaban los 20 minutos, con estructuras heterogéneas y una primera intuición: la idea de que la forma puede ser un campo de experimentación para algo que todavía no termina de tener nombre.
¿Había una necesidad de validarse desde ese lugar?
No, era la música que nos gustaba, especialmente a Matt. Él se crió escuchando bandas como Genesis. Yo conocía un poco de eso, pero él tenía la visión: una banda de rock progresivo, súper técnica, con canciones largas. Yo vi eso y dije: "OK, dale, vamos". Empecé a escribir canciones en otros tiempos, con estructuras medio experimentales. Nos gustaba eso. Igual, éramos bastante pretenciosos como adolescentes. No nos gustaba el pop para nada. Pensábamos que la música simple era fácil de hacer. Después nos dimos cuenta de que no: es más difícil escribir música así. Tuvimos todo un proceso de descubrir eso cuando empezamos a escribir cosas distintas.
¿Cómo fue el quiebre entre Tabula Rasa y Magdalena Bay?
Nosotros teníamos la banda en la secundaria. Después, cuando fuimos a estudiar a la universidad, yo me mudé a Filadelfia y Matt estaba en Boston. Fue una separación natural y, por estar a larga distancia, decidimos probar con música electrónica. También queríamos probar el pop. Estábamos empezando a escuchar música pop que nos gustaba, así que fueron varias cosas que se combinaron para crear esta transición de un proyecto al otro.
Venían del rock progresivo y, después de varios EPs, Mercurial World marcó su verdadera llegada al pop previo a Imaginal Disk: hasta hay una interpolación de "Material Girl" de Madonna en "Living in a Mercurial World". ¿Cómo fue ese acercamiento al género?
Fue un proceso de aprendizaje muy interesante. Yo estaba en la universidad y algunos amigos me mostraron a Grimes; a partir de ahí empezamos a escuchar otras cosas. Se nos abrió la cabeza a la música de otra manera, ya no sólo Pink Floyd o King Crimson. Nos dimos cuenta de que había pop experimental y, a la vez, nos enamoramos de lo más clásico, como Madonna, ABBA o Britney Spears. Aprendimos un montón en esa época: sobre el pop, sobre cómo escuchar, cómo escribir y cómo producir. Y de ahí se empezó a desarrollar nuestro sonido.
¿Te acordás de la primera canción popera que escribieron?
Se llamaba "Rock Pop". Decidimos escribir una canción pop sin saber bien qué era eso para nosotros, cómo sonaría algo "accesible", de radio. Fue el primer experimento en esa dirección. Después hubo otros: algunos funcionaron, otros no, pero fue importante probar, reinventar.

Todo suena mejor de lo que está
La información disponible sobre sus primeros años no aparece completa en sus canales oficiales. El archivo está disperso en foros de Reddit, hilos de X y reconstrucciones detectivescas de fans que ensamblan biografías con datos que se remontan a Crimson (2016), documento de aquella etapa inicial. Ese ecosistema, en buena medida, lo cultivaron a través de sus redes con movimientos como los #MagMondays, una serie de streamings donde liberaron material inédito. Entre eso, el origen de su nombre: una apropiación de "Maggie Bay", una administradora que trabajaba con Lewin y con la que mantenía intercambios por mail.
Con ese recorrido a cuestas y hablando puntualmente de lo más actual, lo que realmente vuelve a emparentar a los MagBay con Charly es la decisión de volver lo bailable un dispositivo para procesar conflictos que exceden la superficie. Con los años, lograron abandonar la complejidad como valor en sí mismo y se metieron de lleno en un género que les resultaba demasiado simple para alojar aquello que querían decir. Desde lo musical, el dúo se halla en dos herencias: por un lado, toma recursos estéticos de fines de los noventa y principios de los 2000 que se asocian con Britney y Madonna en sus épocas de mayor alcance global; por otro, recupera elementos de la vertiente experimental del 2010, a partir de figuras como Arca y Grimes, para expandirse en los circuitos del hyperpop y el entorno de PC Music, donde la artificialidad pasa a ser materia prima compositiva.
"Lo llaman 'pop de recesión'", apunta, en medio del regreso de ese universo de plástico. Y amplía: "Tiene que ver con la necesidad de escapar: el contexto político y económico es complejo en todos lados, y tiene lógica que este tipo esté teniendo un resurgimiento. Yo creo que todo el arte en general reacciona. Hay distintos niveles de conciencia, pero lo que se produce siempre refleja el momento. No necesariamente de forma explícita. No todo es político en un sentido directo, pero igual funciona como un espejo de la situación cultural y política", analiza.

La etiqueta apareció para nombrar el boom del dance-pop posterior a la crisis financiera global de 2008, cuando nombres como Lady Gaga, Katy Perry, The Black Eyed Peas o Kesha pusieron al frente un código basado en la euforia y la saturación como respuesta a un escenario de incertidumbre. En su mutación contemporánea, el recession pop suma los criterios de producción y circulación de la industria musical que trajo la expansión de las plataformas: métricas, algoritmos y la performatividad de la identidad en redes sociales que arman un entorno donde todo se escenifica.
En ese contexto, la obra de MagBay, en especial Imaginal Disk, se desplaza de una lectura puramente estética hacia una zona de indagación psíquica: un campo donde se ensayan formas de pensar cómo ese contexto se inscribe en la constitución del sujeto. "Fue todo un proceso de conocimiento del ser", puntualiza y suma que comenzó a acercarse con la ayuda de su tía psicóloga, quien, según describe, trabaja con "un tipo de psicoanálisis que le parece bastante argentino en comparación con la psicología en Estados Unidos". "Me empezó a interesar el mundo del subconsciente, tanto en lo personal como en lo artístico. Me encanta la ciencia ficción y la fantasía, y sentí una conexión entre esos conceptos del ser y algo más imaginativo", remarca.
A partir de esa inquietud, la dupla descubrió el nudo desde donde desarmar el relato de su último álbum. La evidencia está en el título, que viene de la biología. Los llamados "discos imaginales" son estructuras celulares presentes en las orugas que, durante la metamorfosis, anticipan y delinean la forma de la mariposa que vendrá. No son lo que serán, pero ya lo prefiguran. "Es sobre mirar hacia adentro sin miedo, aceptar las fallas humanas. Para mí era muy difícil aceptar eso, pero a través del álbum pude hacerlo. Fue catártico crear arte desde ese proceso", expone.
¿Qué ocurre cuando alguien intenta encarnar todo aquello que cree que debería ser? Imaginal Disk ensaya una respuesta a través de True, un personaje que decide implantarse ese "disco imaginal" en la frente como atajo hacia una versión superadora de sí mismo. En una suerte de thriller psicológico, se construye el deterioro progresivo de su mente desde el momento que registra que algo no anda bien ("América me robó el destino", cantan en "She looked just like me!") hasta el desenlace, donde el cuerpo expulsa el implante y la percepción se descompone en fragmentos. El intento de acceder a una variante termina revelando que no hay forma de acceder a una identidad plena sin que algo se resista.
Dijiste que fue catártico. ¿Te genera cierto vértigo mostrarte vulnerable?
Sí, pero creo que es importante para la música, hay que hacerlo.
¿Te dio miedo el feedback?
No, no me da miedo el feedback. Nosotros sabemos reconocer cuándo algo nos encanta y, hasta ahora, viene siendo bastante positivo. No le va a gustar a todos, es imposible: es música, es arte. Tampoco tiene sentido crear algo que le guste a todos, eso no funciona.

El pop fuera de sí
La potencia conceptual encontró una deriva inesperada en el plano cultural cuando Rosalía retomó su propuesta visual para Halloween, personificando la estética de la portada del disco -concebida por el propio dúo junto a la artista Maria Shatalova, a partir de imágenes tomadas con una Nikon Coolpix y luego intervenidas digitalmente. "Muy cool. Está buenísimo no solo que se conozca la música, sino que el arte, el concepto, tenga ese tipo de impacto cultural", comenta al ver las fotos de la cantante catalana disfrazada. Y, al pasar, deja abierta la puerta a una posible colaboración: "Sí, estaría genial. Mi papá es súper fan de ella".

Otra de las estrellas que se interesó fue Grimes. La banda publicó un remix de "Image" en colaboración con la artista: una versión synth-pop/electrónica que acelera el ritmo de la original. "Fue muy natural. Había posteado una foto en Instagram usando 'Mercurial World'. Nuestra discográfica la contactó para ver si quería hacer un remix, dijo que sí y lo hizo. Para nosotros fue súper importante porque Art Angels (2015) fue fundamental cuando empezamos a escuchar y crear pop", afirma.
Se construyó en una orientación analógica (un revoltillo de synth-pop, electro-pop e indie-pop) que aparta la inmediatez de trabajos anteriores hacia una paleta más instrumentalizada y un audio matizado por la década del 70 (visible en la relación entre "Cry for Me" y "Dancing Queen" de ABBA). Indagando en el proceso de producción, Mica señala que la elaboración de cualquier tipo de arte implica un "cambio constante de la perspectiva" y una apertura hacia "varias fuentes de inspiración", difíciles de listar en un repertorio. "Por ejemplo, volvimos a escuchar música que nos gustaba en la secundaria, ese tipo de rock progresivo. De ahí salió una combinación entre el pop y esa música que nos había gustado como adolescentes. Todo ese mundo de sonido lo pudimos interpretar de una manera nueva", aclara.
Si todavía quedaba margen para señalar un último punto de contacto con Charly, también aparece a la hora de poner en escena las canciones. Así como García tomó a Genesis como modelo para expandir el lenguaje de La Máquina de Hacer Pájaros y, más tarde, de Serú Girán, Magdalena Bay vuelve sobre ese Genesis Live (1973) y Genesis Archive 1967-75 (1998) para concebir el vivo como algo más que mera ejecución. "Su performance es súper conceptual, con disfraces y personajes, es increíble", dice. "Nos gustó la idea de hacer algo más teatral, que no se sienta solo como un show de pop rock. Hay momentos que sí, pero en otros es como estar mirando una obra de teatro. Y eso nos pareció que encajaba muy bien con nuestra música", precisa.
¿Cómo te parás en el escenario?
El escenario me encanta. Es como una actuación; por alguna razón, incluso se siente menos expuesto. Quizás porque tocamos tantos shows, creo que más de 150, que cambió mi manera de pensar el vivo. Obviamente, cuando hacemos una canción por primera vez me pongo nerviosa, pero es más por la performance, por el hecho de estar haciendo algo nuevo. Creo que me siento más vulnerable cuando la estoy escribiendo, porque pasa de ser algo muy personal, íntimo, a sacarlo al mundo. Esa es la parte medio rara.