En el '98, en pleno reordenamiento del rock chileno tras los años de transición democrática, cinco jóvenes de Concepción retomaron las formas musicales de la Nueva Canción Chilena, aquel movimiento nacido en los sesenta que trenzó folklore, poesía y política, siendo una de las corrientes culturales más relevantes de América Latina. Bajo el nombre Los Bunkers, debutaron en 2001 con el objetivo de repetir, aunque fuera parcialmente, el camino que antes habían abierto otros hermanos como Los Tres o La Ley. Primero conquistar Santiago, para luego ganarse un lugar dentro de la siempre brava escena trasandina.
Por supuesto, y de este lado de la cordillera lo sabemos bien, detrás de esa esa tradición de canto revolucionario aparecen nombres como Violeta Parra y Víctor Jara. Con aquella raíz plantada, sumaron cultura anglosajona en sintonía con el pop-rock de los grandes protagonistas (The Clash, The Who, David Bowie, entre otros) y una beatlemanía manifestada. A tal punto que en 2011, previo a un recital en el país, Paul McCartney se puso a escuchar al quinteto por recomendación del productor José Luis Núñez, deteniéndose en "Miño" (cuya letra homenajea a Eduardo Miño, un militante del PC que se inmoló ante el Palacio de La Moneda durante el gobierno de Ricardo Lagos), la cual calificó de "increíble" y tocó en su guitarra.
Francisco y Mauricio Durán, Gonzalo y Álvaro López, y Mauricio Basualto dieron en la tecla con Vida de perros (2005), el trabajo que los posicionó gracias a "Llueve sobre la ciudad". Después vino la mudanza a México, con ayuda de Café Tacvba, y Barrio Estación (2008), donde profundizaron su costado continental. Y más tarde, Música Libre (2010), un homenaje a la obra de Silvio Rodríguez grabado en medio de la elección que llevó por primera vez a Sebastián Piñera a la presidencia. Todo ese recorrido ocurrió antes de 2014, cuando el quinteto decidió poner la historia en pausa. La vuelta llegaría cinco años después, y de la forma más esperada para una banda tan cercana a la realidad política: en medio del estallido social de 2019, con un show gratuito frente al edificio Telefónica en Plaza Italia -rebautizada por los manifestantes como Plaza Dignidad.
Con la "Gira Ven Aquí" llenando estadios en Chile y el MTV Unplugged (2024) todavía fresco, el grupo llega a la Argentina con algo que le faltaba en la biografía: tocar por primera vez en Buenos Aires, el 11 de abril en Niceto Club.

En Argentina se habla mucho del "rock nacional". En Chile esa idea parece menos rígida, ¿cómo se construye la identidad rockera en un país donde la tradición es más fragmentada?
Mauricio: Tenemos la sensación de que, cuando uno mira el rock chileno, ve como un abanico estilístico. Supongo que eso tiene que ver un poco con el trabajo que hizo Violeta Parra en los 50 y en los 60. Para nosotros marcó un antes y un después. Tiene que ver con la mirada, con el contenido, con el retrato también de la circunstancia.
Cuando la música en Chile deja de ser paisajista, por decirlo de alguna manera, aparece una veta más folclórica. De ahí se nutre todo, incluyendo el rock. La Nueva Canción Chilena, por supuesto, los grupos que vinieron antes del golpe, que tenían una raíz más folclórica latinoamericana, y también la música de rock que se hizo después, con muchas bandas que empezaron a cultivar el estilo y que, por razones obvias, todo eso quedó un poco truncado.
Diría que el rock chileno hoy es una especie de mezcolanza estilística. Pero supongo que lo que une todo es dar cuenta del entorno. Hay música más pop, más folk, más pesada, más electrónica… todo eso cabe dentro del rock chileno, por decirlo de alguna manera.
Álvaro: Claro, como que la identidad está marcada un poco por el relato. En ese sentido la gente y el público chileno lo sienten. El relato puede estar en una canción de hip hop o en una canción de funk, como las de Tiro de Gracia a mediados de los noventa. Pero la gente siente esa conexión en la medida en que ve reflejada su realidad en la canción.
Y eso tiene mucho que ver -como dice Mauricio- con Parra y con lo que ella hizo: ese cambio de mirada hacia lo que vive la gente, hacia lo que vive el ser humano.
Son conocidos por ser pioneros en mezclar el sonido del rock anglosajón con el latinoamericano. ¿En qué momento empezaron a reconocer que habían construido un lenguaje propio?
Álvaro: Yo creo que nació de forma natural. Siempre fuimos muy honestos con respecto a la música que nos crió. La música que se escuchaba en nuestra casa, que viene de nuestra familia. En ese sentido, tanto el folclore latinoamericano como el rock más anglosajón eran dos cosas que se compartían ampliamente en todas nuestras casas, en nuestros padres.
Entonces, al momento de armar un grupo, de empezar a hacer arreglos y de incidir cada vez más en los arreglos de las canciones a lo largo de nuestra carrera, fuimos mostrando y sacando esos sonidos que para nosotros eran naturales, que tenían que ver con esas vertientes de donde viene nuestra música.
No era tan complicado para nosotros mezclar arreglos que tienen que ver con una estética andina, con canciones más del tipo sajón, composiciones más de canción anglosajona. Se nos hacía muy natural. En nuestra cabeza estábamos haciendo algo como los bailes, como esas mezclas folk que se crearon en los 60, pero de una forma natural y con elementos que para nosotros eran más cercanos, que son las texturas propias del folclore latinoamericano.
Mauricio: Ahora, con respecto a la voz propia, la pregunta es desde cuándo uno la reconoce. No creo que uno pueda marcar un día en particular. Más bien es un proceso que uno va viviendo y que, en cierta medida, tampoco deja de sentirse como una búsqueda o como la concreción de un punto de vista particular, tanto de lo que se dice como de la forma en que se dice. Musicalmente esa búsqueda no se detiene nunca. Es un proceso interminable.
Mencionaron la relación con la tradición latinoamericana e inevitablemente pienso en Silvio Rodríguez. ¿Qué les interesaba de sus canciones y su sonido?
Mauricio: En las canciones hay varias cosas. Justo el otro día, hablaba con un profesor de música de la universidad y él decía que creía que el padre de la guitarra popular chilena, en cierto sentido, era Silvio Rodríguez. Porque, por lo menos hasta la generación de los noventa, mucha gente que aprendió a tocar guitarra popular, sobre todo en los ochenta y los noventa, probablemente lo hizo con sus canciones más que con las de cualquier otro artista chileno. Más que con Víctor Jara, por ejemplo. Por un tema de popularidad y de acceso a las canciones en ese momento. Además, Silvio venía a Chile, estaba presente, estaba vivo, entonces se generó como una especie de escuela en la forma de tocar la guitarra que, sin querer, impulsó dentro de la música popular chilena.
Después también está el contenido. Cuando nosotros éramos chicos, obviamente muchas de esas cosas no hacían tanto sentido para nosotros. Pero hasta comienzos de los noventa vivimos en dictadura, y en ese contexto Silvio cumplía una función de catalizador de ciertas cosas que eran muy difíciles de encontrar en los medios oficiales acá en Chile.
Había otros artistas que también lo hacían -Los Prisioneros, por ejemplo, eran un bastión en ese sentido dentro de la música chilena-, pero Silvio tenía algo más íntimo que conectó muy bien con la gente. A nosotros la dictadura nos duró más, entonces esa especie de paraguas o de refugio que en algún momento significó la música de Silvio fue muy importante para nosotros como pueblo.
Sí, una especie de revolución cultural.
Mauricio: Sí, exactamente. En ese momento funcionaba como contracultura. Después, cuando vuelve la democracia, Silvio pasa a transformarse más bien en una figura de la cultura con mayúscula.
¿Qué elementos sienten que todavía se filtran, en su forma de escribir canciones, de aquella época?
Álvaro: Nosotros somos una construcción que empezó desde que éramos chicos. Todo lo que fuimos sigue estando. Lo que pasa es que vamos sumando elementos: cosas que tienen que ver con la circunstancia y con las vivencias que vamos acumulando a lo largo de este camino que es la vida.
Se van agregando reflexiones, cierta madurez en la mirada sobre lo que te rodea, sobre el mundo. Pero, en ese sentido, nunca dejamos lo anterior: siempre vamos sumando colores a la paleta, por así decirlo.
El receso de 2014 fue largo. ¿Qué cosas entendieron sobre el grupo recién cuando dejaron de ser una banda activa?
Mauricio: Que nos queríamos mucho. (Risas)
Álvaro: Que nos extrañábamos más de lo que creíamos.(Risas)
Mauricio: También aprendimos algo sobre nuestro propio catálogo: a mirarlo de una manera distinta. Esa mirada también tuvo que ver con haber pasado nueve años sin tocar. Eso nos permitió ver qué pasaba con las canciones mientras nosotros estábamos inactivos.
Los mexicanos tienen un dicho muy chistoso -no lo voy a citar exactamente- que dice algo así como: "santo que no es visto, no es adorado". Pero con nosotros pasó algo totalmente distinto, porque el catálogo, durante todo el tiempo que estuvimos separados, se fue fortaleciendo. Apareció una generación más nueva que empezó a escuchar las canciones, y eso era algo que nosotros no teníamos dentro de nuestros cálculos.
También adoptamos una mirada más tranquila sobre nuestra propia carrera. Ya estamos más viejos, y hay ciertas cosas por las que uno cuando es más chico se desespera. Siento que ahora estamos en una etapa donde el proceso lo disfrutamos mucho más que hace quince años.
En 2019 volvieron a tocar en Plaza Italia (rebautizada como Plaza Dignidad), en medio de las protestas sociales en Chile. ¿Cómo se posiciona una banda frente a ese tipo de momentos históricos?
Mauricio: Para nosotros fue complicado, porque la situación en Chile era muy particular. Pero también sentíamos que habíamos gozado del cariño de la gente durante tanto tiempo que, llegado ese momento, la banda tenía que estar donde estaba su gente.
No hubo mucha disyuntiva en ese sentido. Lo más importante para nosotros era dar una señal: el país estaba muy fragmentado y polarizado. Y ver a una banda de cinco personas que hasta ese momento habían estado separadas casi diez años y que se ponían de acuerdo para hacer algo, también era una señal de unidad.
En el fondo era decir: está bien, todo ya se manifestó de una manera bastante categórica, ahora es momento de ponerse de acuerdo. Creo que esa era la señal más importante del grupo. Después, no nos pudimos poner de acuerdo como país, como suele pasar, pero para nosotros ese gesto tenía mucho valor en ese momento.
¿Creen que el rock sigue siendo una herramienta para decir cosas?
Mauricio: Sí, claro que sí. Pero también la música popular en general. Nosotros no hacemos tanta distinción, un poco a propósito de lo que hablábamos en la primera pregunta.
La canción popular puede servir para decir cosas, pero también puede servir simplemente como entretención. En ese sentido puede cumplir muchas funciones: desde fines más pedestres hasta otros un poco más conscientes. Pero sí, sin duda sigue siendo una herramienta para decir cosas.
Álvaro: De hecho, para nosotros el rock o el rock and roll es más bien una forma de ver la vida, un estilo de vivirla, más que un género musical.
Para nosotros es incluso más rockera o más punky la actitud de Violeta Parra frente a la vida que la de muchos que se consideran punks. Entonces va un poco por ahí, sumando a lo que decía Mauricio.
¿Qué les gustaría explorar como banda que todavía no se animaron a hacer después de tantos años?
Mauricio: Más que explorar algo puntual, creo que se trata de seguir abiertos. A propósito de lo mismo que veníamos hablando: la forma de decir las cosas, lo que uno quiere decir. No creo que se trate tanto de pasar a otro género o de hacer un cambio radical -como pasar de ser una banda de guitarras a una banda de computadoras, por decirlo así-.
Más bien tiene que ver con seguir sumando colores. En la medida en que nos transformemos en una banda más amplia, también vamos a sentirnos siempre más libres para movernos dentro de lo que hacemos.