Charlar con él se parece mucho a escuchar alguno de sus temas. Tiene ese tono calmo y reflexivo, una curiosidad por lo que todavía no conoce y la antena siempre prendida para ver qué devuelve el otro. Esa es, al menos, la impresión que viene acompañando a Jason Mraz desde aquella primera vez que pisó la Argentina, hace dos décadas, cuando vino a promocionar su proyecto en formación. Este 27 de febrero regresa al Teatro Gran Rex con un repertorio que ya supera los ocho discos de estudio y una de las canciones más radiadas del siglo XXI.
Van a cumplirse casi treinta años desde que editó Waiting for My Rocket to Come (2002), el álbum que lo sacó del circuito de cafeterías de San Diego y le dio la posibilidad empezar a vivir de su pasión. En una época donde el pop masculino estaba dividido entre el R&B de Usher, el soul de John Mayer pre-blues hero y los restos del post-grunge, el artista trajo a la mesa una mezcla de folk, funk y scat heredado de Al Jarreau, fraseo que miraba más a Dave Matthews que al rock alternativo.
Fue afinando la puntería hasta que en 2005 llegó Mr. A-Z, más grande en arreglos, con metales y aire de big band; que trepó hasta el puesto cinco del Billboard 200. Entre ese debut y la consolidación explotó "The Remedy (I Won't Worry)", el single que lo empujó de lleno al mainstream y lo instaló en la rotación fuerte. Cuando en 2008 lanzó We Sing, We Dance, We Steal Things, el terreno ya estaba abonado y apareció "I'm Yours", un tema mínimo en estructura, con cadencia reggae y, que según él, fue escrita entre 15 y 20 minutos.
El éxito le ofrecía el camino clásico del popstar pero Mraz eligió correrse de ese encuadre. Vive en una ciudad pequeña, lejos del circo, donde la rutina no depende de guardaespaldas. Sus prioridades pasan por otro lado, como por ejemplo el surf, la fotografía -en 2008 publicó A Thousand Things, un libro con 50 Polaroids tomadas en sus viajes- y los discos de Steel Pulse, Aswad o la obra completa de Bob Marley girando en el equipo de música.
Desde ese perfil bajo sostiene, sin embargo, una posición pública en temas sociales; y la bandera queer ocupa un lugar central en ese posicionamiento: forma parte explícita de su presente artístico y personal. En 2011 dio un paso más y creó la Jason Mraz Foundation, desde donde financia iniciativas ligadas a la igualdad de género, la preservación ambiental y la educación artística inclusiva. Cada año otorga subvenciones para proyectos de acceso cultural, seguridad alimentaria y acompañamiento a comunidades vulnerables.
Y todo eso, insiste, es posible "gracias a que su música encontró un lugar en el mundo". En diálogo con Billboard Argentina repasa ese recorrido y abre el juego hacia temas que exceden la promoción de un show, desde la lógica de la industria hasta el impacto que tuvo el poema que marcó su salida pública del closet.
La mayoría de tus canciones abordan temas como el compromiso y los vínculos amorosos. ¿Cómo fue cambiando tu idea del amor con los años?
Cuando uno es joven, cree que el amor llega desde "afuera", que depende de otra persona que viene a llenar un vacío o a completar algo que te falta. Lo vive como un intercambio: alguien te ofrece su amor y vos lo recibís. Pero con el tiempo entendí que el amor es algo que se cultiva desde "adentro". Nace del mismo lugar que la música o las ideas. Vivimos el amor cuando escuchamos al otro, cuando somos amables, cuando le hacemos espacio al otro tal como es. Por el contrario, nos alejamos del amor cuando nos cerramos, cuando reaccionamos desde la resistencia o descartamos lo que oímos sin intentar comprenderlo.
Cuando editaste We Sing, We Dance, We Steal Things en 2008, "I'm Yours" se convirtió en un hit, ¿cuándo sentiste que la canción había tomado vuelo propio?
En realidad, ocurrió antes de que grabara el álbum. En 2005 subí una versión casera a mi página de MySpace, cuando el streaming recién comenzaba a expandirse. Durante los dos años siguientes la canción empezó a circular de forma orgánica, a viajar por distintos países y a llegar a oyentes que yo ni siquiera conocía. Fue entonces cuando entendí que algo especial estaba ocurriendo. Viajaba por otros países y el público la pedía, incluso antes de que existiera una versión oficial. Fue muy especial.
Nunca terminé de entender por qué logró una conexión tan grande. La escribí rápido. Siempre la sentí como una especie de "rima infantil", en colores primarios. Es fácil de cantar y, además, habla de buena voluntad, de entregarse, de ofrecer el propio tiempo a alguien o a algo.
Puede dedicarse a alguien concreto, a una idea o incluso a una fuerza superior. Puede cantarse como una rendición luminosa, como un acto de confianza en que algo más grande te sostiene. Tiene una dimensión espiritual, pero está escrita con la libertad y la sencillez con la que podría hacerlo un niño. Creo que esa combinación es lo que la volvió tan universal.
¿Cómo te llevás con la canción hoy?
La sigo queriendo mucho. Tal vez porque no nació en una sala de composición ni con la intención de fabricar un hit. Surgió desde un impulso libre, improvisando. Me reconecta con esa frescura inicial y espontaneidad. Y cuando el público la canta conmigo, cuando se suman las armonías, la experiencia se expande. Escuchar a miles de personas apropiarse de algo que nació de manera tan íntima es realmente extraordinario.
¿Qué similitudes ves entre aquella escena musical de 2008 y la actual?
No reduciría la respuesta a términos musicales. Creo que la experiencia humana no cambió mucho. Seguimos buscando la paz y cierta sensación de calma. Seguimos tratando de encontrar propósito, sentido, relaciones que nos importen y amistades que nos acompañen.
Lo que sí cambió fue el contexto: la tecnología, el entretenimiento, la forma en que nos vinculamos. Hoy podemos conversar por teléfono o a través de una tablet con una fluidez impensada hace veinte años, pero el deseo humano sigue siendo el mismo: comunidad, colaboración, una mesa compartida y afecto.
La permanencia es lo que me da esperanza, porque aunque el mundo alrededor se acelere y cambie constantemente, seguimos siendo seres sensibles, vulnerables y necesitados de afecto. Y esa parte, por suerte, no se altera con ninguna tecnología.
Un poema como declaración
En junio de 2018, durante el Mes del Orgullo, Mraz publicó en Billboard el poema "I Am BI Your Side". Tenía 41 años y, a través de ese texto, confirmó públicamente que es bisexual. La pieza formaba parte de una serie de cartas escritas por artistas de la comunidad LGBTQ+, pero en su caso funcionó como salida del closet.
El recurso fue un juego de palabras: reemplazó "by" por "bi", reformulando una frase de apoyo en una afirmación identitaria. Más tarde explicó que el poema fue su forma de reconocer experiencias afectivas con hombres, incluso mientras estaba en pareja con la mujer que luego sería su esposa.
En entrevistas posteriores señaló que su entonces novia lo ayudó a comprender su identidad desde una idea cercana al concepto "Two-Spirit", término surgido en la década de 1990 dentro de comunidades nativas americanas para describir a personas que integran energías masculinas y femeninas.
La publicación marcó un punto de quiebre en su trayectoria pública y abrió una nueva etapa en la manera en que abordó su identidad en su discografía.
En 2018 publicaste el poema "I Am BI Your Side" en Billboard. ¿Qué implicó para vos hacer pública esa parte de tu historia después de tanto tiempo?
Fue una experiencia hermosa. Durante años atravesé ciertas vivencias desde la negación. Por el entorno en el que crecí y el contexto del que provengo, mis sentimientos -como les sucede a muchas personas queer- permanecían resguardados en el closet. Es una manera de proteger al corazón frente al juicio.
Con el paso del tiempo, viajando, conociendo personas valientes y atravesando experiencias que me transformaron, entendí que era momento de asumir plenamente quién soy, de abrir esa puerta y darme la posibilidad de seguir descubriéndome. Compartir este poema fue el primer paso para habilitar conversaciones más profundas. Desde entonces, el camino ha sido hermoso. Amo la vida.
¿Recordás cómo reaccionó la gente en ese momento?
Sí, sobre todo me acuerdo de la de mis padres. Mi papá, en particular, siempre fue muy comprensivo con mi vida y carrera. En su momento, yo había hecho algunos posteos en redes donde empezaba a mostrar más abiertamente esa parte de mí, y él me llamó. Con su voz sureña, me dijo: "Hijo, quiero que sepas que estoy muy orgulloso de vos. Podés hacer lo que quieras en este mundo".
Escuchar esas palabras fue como recibir el aval para desplegar las alas, para levantar la bandera sin miedo. Saber que mis padres seguían orgullosos de mí me dio una libertad todavía mayor. Creo que ese es el mayor temor de cualquier joven: cómo va a reaccionar su familia.
¿Creés que hoy la industria es más receptiva a esa "honestidad" que cuando empezaste?
Sí, totalmente. Mucho más. Cuando empecé, formar parte de la comunidad LGBTQ+ solía convertirse en el remate de un chiste, especialmente entre hombres. Se usaban términos despectivos para generar risas en programas de televisión. En ese contexto, plantarse y decir "este soy yo" no era fácil.
Hoy todo cambió, la aceptación es más amplia. Uno de mis mentores suele decir que, si viviéramos lo suficiente, todos terminaríamos encontrando nuestro lugar en un mundo queer. Lo que hace falta es abrir el corazón y permitirse vivir las experiencias que revelan qué formas de amor son posibles para cada uno. Veinte años después, siento que estamos mucho más cerca de eso.
¿Qué aspecto de la fama te resultó más difícil?
Traté de evitar una vida en donde la fama fuera invasiva. Nunca me encontré con fotógrafos en la puerta de mi casa ni con personas persiguiéndome por la calle. No viví ese nivel de exposición. En ese sentido, tuve mucha suerte. Elegí vivir en un pueblo chico, donde puedo vivir como una persona más. La gente me trata como a cualquier vecino.
Pero, si tengo que señalar la parte más "difícil" de mi trabajo, diría que viajar constantemente. Vivir entre hoteles y aeropuertos, atravesar horarios distintos, estar ajustándose a nuevos ritmos. En este caso, por ejemplo, viajar a Sudamérica implica cambiar de idioma y cultura, entender las formas y las cortesías de cada lugar. Al mismo tiempo, sabía perfectamente dónde me estaba metiendo. Quería dedicarme al entretenimiento, subirme a escenarios, recorrer el mundo. En cierta forma, era el tipo de vida que estaba buscando.
Después de más de 20 años en la industria, ¿cómo definís el éxito?
Al principio, mi idea de éxito era bastante sencilla: poder vivir de la música y no tener que depender de otro trabajo; y lo conseguí relativamente rápido. Logré encontrar un camino para dedicarme a lo que amo y sostenerme haciendo música. Hoy en día, el éxito tiene otra dimensión. Hace quince años, fundé una organización -Jason Mraz Foundation- que, con el tiempo, se volvió más clara en su misión y más eficaz en su trabajo. Operamos en distintas comunidades de Estados Unidos, a través de becas y subvenciones. Brindamos apoyo a organizaciones de artes escénicas y a iniciativas que promueven la igualdad, ya sea a través de programas de vivienda o de acciones legislativas.
Volvés a Buenos Aires en marzo. ¿Qué es lo que recordás de tu último show en la ciudad?
El público es muy cálido y expresivo cuando celebra la música, y eso se percibe con claridad desde el escenario. De la ciudad me quedaron imágenes muy concretas: la comida, que es excelente, y esos gatos en el cementerio de Recoleta. Esta vez me gustaría tener un poco más de tiempo para recorrer, disfrutar el día, tomar mate, comer medialunas y sentirme parte, aunque sea por 24 horas.