A finales del año pasado, distintas escuchas confluyeron y el consenso crítico se armó solo. DOGA, el octavo disco de estudio de Juana Molina, empezó a aparecer una y otra vez en los rankings de cierre de temporada. De Buenos Aires a Nueva York, en redacciones acostumbradas a disentir, el álbum fue destacado de forma consistente entre los favoritos. "Inmersivo", "encantador" y el ya clásico "muy Juana" circularon como rótulos compartidos en las críticas. Entre ellas, Billboard Argentina, que lo ubicó en su Top 50 del 2025.
No es la primera vez que la artista entra en ese club selecto del periodismo musical. En 2004, Tres cosas recibió un reconocimiento similar cuando The New York Times lo eligió entre los discos del año, en una lista donde también aparecían American Idiot de Green Day y Medúlla de Björk. Pero esta vez el aplauso la encuentra en otro estado, más sensible y -raro en ella- un poco nerviosa respecto a la mirada ajena. "Tenía miedo de que dijeran: '¿por qué esta vieja no se quedó en su casa?'", dice entre risas, minutos antes de subir al escenario en Camping Bariloche, en una fecha compartida con Los Besos y Nunca fui a un parque de diversiones.
El sincericidio descoloca, sobre todo en boca de alguien que explotó en la televisión de joven con Juana y sus hermanas, giró con David Byrne, creció en una familia histórica y armó una carrera internacional sin correr detrás del marketing. Tal vez ahí esté la explicación de los ocho años que separan a Halo (2017) de este disco. Las ganas de lanzar nuevo material volvieron en pandemia. Venía cansada -"la música me aturdió", comenta- y el silencio se había convertido en una compañía más excitante que cualquier vinilo girando de fondo. En ese repliegue, sin embargo, algo empezó a moverse: volvió a escuchar obras de los sesenta y setenta y apareció el "embale", como lo llama ella a ese estado en el que una idea llama a la otra y ya no hay forma de frenar.
Grabó más de treinta horas de improvisaciones junto al músico Odín Schwartz y, con Emilio Haro en producción, destiló todo ese material hasta dejarlo en cincuenta y cinco minutos, organizados en diez canciones. DOGA suena a muchas cosas sin parecerse a ninguna. Aparecen sintetizadores, guitarras procesadas y capas rítmicas en permanente mutación. Es un trabajo abiertamente experimental, con una inclinación hacia sonidos que recuerdan a la fauna y la flora, donde las letras son un instrumento más, están ahí para que algo se active alrededor. Trabaja en un territorio propio, con reglas que se inventan sobre la marcha.
En la previa del show, en plena Patagonia y con el Lago Nahuel Huapi de fondo, se hace un rato para hablar de su obra, los miedos, el entorno y el lugar que ocupa el silencio. Temas que, puestos en fila, no quedan tan lejos de su forma de entender la música.

Estás en plena gira de DOGA, el disco que lanzaste en noviembre del año pasado. ¿Qué te enseñó el álbum una vez que empezó a sonar en vivo?
Todavía estoy en una etapa muy cercana al disco. Las canciones se parecen bastante a cómo están grabadas. Con el paso del tiempo suelen mutar: aparecen partes nuevas, otras desaparecen. Pero ahora estamos resolviendo muchas cosas para que suenen más o menos como en el álbum, así que sigo bastante fija en la estructura original.
Creo que con los meses, o con los años, van a empezar a cambiar, como pasa siempre. A veces, mucho tiempo después, escucho una canción y digo: "Me había olvidado por completo de que tenía esta parte". Hay músicos que cada vez que tocan un tema lo hacen distinto, y me encanta eso.
¿Alguno en particular? Fito Páez suele hacerlo mucho.
Estaba pensando en una chica con la que me fui de gira el año pasado, Madison Cunningham. Toca la guitarra de una manera increíble. Todo el tiempo le brotan arreglos nuevos. Las canciones siguen siendo las mismas, pero cambian muchísimo: a veces las toca en piano, a veces en guitarra, y aun así nunca suenan igual. Incluso, en una misma gira, cada noche las tocaba distinto. Me parece admirable. Lo lindo de una canción es que conserve su esencia, y ella logra eso muy bien.
DOGA fue elegido por muchos medios como uno de los discos del año, incluido Billboard Argentina. ¿Cómo te llevás con ese tipo de consenso crítico?
Me gusta, claro. Mentiría si dijera que no. Te da un calorcito en el corazón. Me dio mucha alegría la recepción general del disco. Hacía muchos años que no sacaba uno nuevo. Tenía nervios, más que expectativas, por ver qué pasaba. Me daban nervios comentarios del estilo: "Ay, saca un disco nuevo después de ocho años… ¿para qué? ¡Se hubiera quedado en su casa!".
¿Por qué apareció este disco después de tanto tiempo?
Hace como cuatro años que decía "tengo que hacer un disco". Me ponía a hacerlo y, por una razón u otra, terminaba descartando todo lo que había grabado. Nunca tuve tantas cosas registradas como para este álbum. Estoy pensando qué hacer con todo lo que quedó afuera, porque es muchísimo. A veces, si lo dejás pasar demasiado tiempo, queda ahí, muerto en la computadora. No me gustaría que eso pasara.
Leyendo las críticas de colegas aparece una idea que se repite bastante: "suena a Juana Molina". ¿Qué pensás que hace que un trabajo tuyo sea inmediatamente reconocible?
Es una pregunta difícil, porque tendría que observarme demasiado para encontrar qué me diferencia de otros músicos. Debe estar en la manera de tocar, de componer, de mezclar los sonidos. No hablo de la mezcla técnica, sino de cómo combino los sonidos entre sí. Hay algo medio tántrico, una repetición que no es peyorativa. No es que vuelve a empezar, sino que cada vez que pasa es nueva.
Siempre doy el mismo ejemplo, aunque me aburra: es como una rueda que avanza por un camino. El camino va cambiando, y entonces la rueda también cambia. Vas andando y de golpe hay árboles, después un lago, después aridez. La rueda sigue girando, pero el entorno la transforma. Las nubes no son loops grabados, yo las grabo en vivo. Es una forma de resolver las canciones en el escenario. A mí me gusta tocar eso una y otra vez, pero sabiendo que nunca es exactamente lo mismo.
Aparecen distintos sonidos: de los 60 y 70, referencias africanas, elementos autóctonos. ¿Qué estuviste escuchando en este tiempo?
Tengo esta desgracia de que cuando me preguntan eso nunca sé qué decir. Siento que dejé de escuchar música hace muchos años, y no es algo que me enorgullezca. Tuve un reencuentro hace cuatro o cinco años, cuando empezamos a trabajar con Mario Agustín. Ahí escuché muchísima música, de golpe, y me dio una alegría enorme. Era música vieja, en general: cosas de The Beatles, y sobre todo material entre el 64 y el 73. Mucha música que podría haber conocido antes y no conocía. Pero música nueva, muy poco. Elegí sin darme cuenta el silencio para que me acompañe.
Es antipático cuando te preguntan y no tenés una respuesta del tipo "escuchen esto, esto y esto". Además, no retengo los nombres de nada. Vivo un poco así. No me gusta ser así, pero soy así. En algún momento tendré que asumirlo y aprender a dar esas respuestas en paz.
"El silencio te permite percibir lo que está pasando alrededor tuyo"
Antes de pensar la música como obra, Juana la vivió como entorno. Creció en una casa atravesada por canciones, escenarios y discos; fue actriz desde muy chica y pasó la adolescencia en París, escuchando radio de todo el mundo en plena formación. Tal vez por eso, para ella la escucha nunca fue liviana. La música siempre pidió atención. Y cuando eso se volvió excesivo, apareció el silencio.
¿Qué te cansó de la música?
Recuerdo las cosas con mucha facilidad. Entonces la música me gusta escucharla con concentración. Si estoy en una casa charlando con alguien y hay música de fondo, llega un momento en que no aguanto más.
No me gusta la música de fondo. Me gusta escuchar música y sumergirme en ese mundo, si es que la música me lo permite y propone. Es un viaje muy único. No puedo estar distraída, ni conversando, ni cocinando. Escuché muchísima música de chica. Muchísima. Y creo que me saturé. No sé bien qué me pasó.
¿Y qué te enseñó el silencio?
El silencio me enseñó muchas cosas. Por ejemplo, que una cosa es el silencio y otra muy distinta es la música de fondo. El silencio es como una pared blanca: hay un cuadro, una ventana, un adorno. La música de fondo, en cambio, es una pared empapelada con un motivo, y encima también están el cuadro, la ventana, el adorno. Ya es demasiado.
El silencio no es que no haya nada. Al contrario: pasan miles de cosas. Es que no haya nada de fondo. Que haya mutismo total.
No sé si alguna vez te pasó en la playa, pero a mí las olas me aturden mucho. Y de repente, por algún motivo, hay un microsegundo de silencio. Ese microsegundo me resetea. Después vuelven las olas, claro, pero ese instante es clave.
El silencio te permite percibir lo que está pasando alrededor tuyo.
También a estar con vos misma.
Siempre estás con vos misma. No sé si en el silencio estoy más conmigo; a veces me siento más abrumada.
¿Qué se tiene que romper en vos para reconectar con la música y lanzar material nuevo?
No sé si se tiene que romper algo. Tiene que venir el embale. Ese momento en el que algo que hice me da ganas de seguir trabajando. Eso no me había pasado hasta el año pasado. Antes grababa más distraída, medio pensando en la hora, en lo que venía después. Hubo momentos lindos, pero nunca llegaba a ese proceso en el que sentía que entraba en un túnel para resolver. Además, me ayudó el hecho de que había otra persona trabajando conmigo, y eso me liberó. Tenía que activar, porque si no, las cosas no pasaban a tiempo. Me generó una energía extra para estar en control -no para controlar-, sino para cuidar lo que quería que pasara.
"Todo lo que no quiero suele estar relacionado con la industria"
Después de tantos años en el mundo artístico, ¿qué te sigue sorprendiendo de la industria?
Es un tema brutal. La industria impone, normaliza, exige. Te quita libertad. Todo lo que no quiero suele estar relacionado con la industria. Por ejemplo, no comprendo la obsesión con el volumen. Hubo un momento en que los ingenieros de sonido querían que todo sonara más fuerte. Pero hay una perilla que dice volumen: la subís y listo. En cambio, se empezó a comprimir la música de una manera tal que las voces bajas suenan fuertes, los instrumentos tocados suave también suenan fuertes. Todo suena fuerte todo el tiempo. Y se perdió la dinámica. Si ponés un disco de música clásica en el auto, hay partes que casi no se oyen. Eso antes también pasaba en otros géneros. Hoy no: en un disco escuchás todo al mismo volumen, todo el tiempo.
Eso lo noté cuando remezclamos Segundo (2000) para la reedición de hace unos años. Volvimos a trabajar sobre las mezclas originales. Cuando puse el vinilo y le di play, no podía creer en lo que se había convertido. Había recuperado algo enorme: momentos muy pequeños, otros más intensos. Un rango dinámico real. Es como una película: hay escenas tranquilas, escenas de pelea, momentos en los que se grita, otros en los que se duerme. Si no existe eso, se pierde algo fundamental.

¿Creés que la industria terminó convirtiendo la escucha en una rutina?
Hay un patrón que supuestamente funciona y hay que seguirlo. Deciden qué funciona y le quitan a la gente la posibilidad de escuchar otras cosas. En Argentina eso se nota muchísimo. Yo escucho radio en el auto y no lo puedo creer. Pasan un tema de Queen, después uno de Rod Stewart, y así hace 45 años. Nadie dice: "che, pongamos algo nuevo".
Si al menos hubiera programas especializados… Todo bien con el mainstream, pero que exista un espacio donde un pibe ponga los discos que tiene en su casa, no una lista que le bajan y le dicen "tenés que pasar esto". Es un plomo.
¿Alguna vez sentiste que te miraron primero como mujer?
Nunca viví las cosas en términos de mujer u hombre. Nunca sentí que algo no sucediera porque yo fuera mujer. Si algo no pasaba, pensaba que tenía que ser así. No lo viví como un problema personal. Y tampoco me gusta definir las cosas de ese modo.
Pero, por ejemplo, me molesta cuando en los premios aparece "mejor disco de rock femenino" y "mejor disco de rock masculino". Es una ridiculez. Es un disco de rock. Supongo que lo hacen para repartir más premios, pero es absurdo.
Tiene que haber una sola terna: los discos que al jurado le parecieron los mejores, sin distinción de género. Separarlo así es ridículo y humillante. La única manera de ser iguales es estar en la misma terna.
Estamos en la previa de tu show en Camping Bariloche. ¿Qué es lo que más te atrae de esta experiencia?
Para empezar, el lugar es impresionante. Me gusta la idea general de la propuesta: pocas bandas, con espacio largo entre un grupo y otro. No hay cosas superpuestas, me parece fundamental. Es muy feo ir a festivales donde, si estás un poco lejos del escenario, escuchás el escenario de atrás. Es un espanto. Acá hay una amabilidad general, un clima relajado. ¡Mucho relax!
En el marco de una gira latinoamericana, Doga continúa su recorrido en vivo con fechas confirmadas el 6 de febrero en Medio y Medio (Uruguay), el 11 en C3 Stage de Guadalajara, el 13 en Foro Indie Rocks! de Ciudad de México y el 28 en el Konex, en Buenos Aires. Después, el tour se extenderá hacia Europa, con presentaciones previstas en Berlín, París, Madrid y Barcelona, entre otras ciudades.