La herencia es evidente, desde el amor por la tropicalia -la revolución que renovó la música popular brasileña-, hasta en la voz, ese timbre alto tan distintivo de la familia. Zeca Veloso lleva en la sangre la historia de Caetano: el exilio del 69, la vocación intelectual, la contracultura como forma de vida y de pensamiento, y con ella buena parte del rumbo que tomó el país vecino durante la segunda mitad del siglo XX. Hermano del medio, con todas las implicancias que eso conlleva, es hoy, a los 33 años, la figura menos obvia del clan. Muchos lo escucharon por primera vez en Ofertorio, aquel espectáculo de 2018 que reunió a su padre con sus hermanos Moreno y Tom. Ahora, finalmente, aparece en la escena en solitario con Boas Novas -buenas noticias, su álbum debut.
El trabajo se relaciona desde el título con otro Veloso, el de 1967, cuando Caetano presentó Domingo junto a Gal Costa. Empezando por el hecho de que ambos nombres rozan con el Evangelio y la idea de anuncio y revelación. En el caso de Zeca, "las buenas noticias" empezaron mientras escribía la canción que da nombre al disco, construida a partir de una melodía concebida por su hermano. "No sabía qué quería decir", comenta el artista en conversación con Billboard Argentina. "Trabajé mucho la letra hasta que apareció el estribillo: cuando se secan las lágrimas del pueblo, los pueblos vuelven al cielo".
Empezó a tomar forma en 2018, pero terminó de revelarse recién en 2020, en plena pandemia. Fue en ese momento cuando nació su sobrino, Benjamín, y algo terminó de ordenarse. "Ahí entendí que la canción se llamaría 'Boas Novas' y que ese también tenía que ser el título. De algún modo, pude ver el álbum completo antes de que todas las canciones existieran. Ya estaba ahí como idea, como concepto", cuenta. Con esa intuición ya clara, comenzó el proceso de producción y de armado, un trabajo que se extendió durante otros tres años. "Sentí que ese era el tiempo correcto. No creo en la idea de 'llegar rápido', era el tiempo que necesitaba para que el disco surgiera de verdad, para que fuera lo que tenía que ser", explica.
Es una obra puramente brasileña, aunque no anda poniéndose la camiseta local en las entrevistas. Tiene todo para contarle a un oído extranjero cómo suena su tierra: la bossa, el bajo marcando, los acordes quebrados -muy escuela João Gilberto-, los arreglos de cuerdas finitos y esa sensación de grabación "en sala" donde se escucha el espacio. En ese conjunto de rasgos, se cuela el pensamiento de Roberto Schwarz, la creencia de una cultura siempre en tensión consigo misma, y la mano de Jacques Morelenbaum, violonchelista y arquitecto de cuerdas de confianza de su padre.
Mientras deja que el disco termine de asentarse y empieza a pensar una gira en la que la Argentina podría entrar en la hoja de ruta, Zeca reflexiona sobre lo que significa lanzar un primer álbum, sobre los sonidos del país, las influencias extranjeras y la forma en que su padre escucha y mira su música.
Hay algo muy brasileño en el clima del disco, aunque no esté explicitado. ¿Qué Brasil te interesaba mostrar?
No sé muy bien cómo responder cuando me preguntan si el disco fue planeado de una forma consciente. Para ser honesto, no lo fue. No pensé: "Quiero hablar de esto, de Brasil, de tal cosa". Las cosas surgieron así y yo respeté esa inspiración. Fui viendo cómo se formaba el disco y disfrutando el proceso, pero no fue algo calculado.
Retomás ideas de Roberto Schwarz sobre la imitación cultural. ¿Cómo convivís con esa sospecha constante de estar copiando algo?
La obra nació en un momento de transición personal. Yo estaba impaciente, incómodo con la idea de la copia y con sus riesgos: buscaba algo original, auténtico, brasileño. Con el tiempo entendí que no era tan simple. La influencia estadounidense y europea es muy fuerte en nuestra música, y también puede ser fértil. Las dos cosas conviven en mí, a veces de manera incómoda, pero es algo inevitable.
Esa tensión entre lo propio y lo ajeno se traduce en tu uso de la electrónica, que le da un sentido más moderno al disco.
Es interesante porque, en entrevistas anteriores, alguien me dijo que el disco no tenía casi nada de moderno, que era muy tradicional. Vos, en cambio, lo interpretaste de otra manera. Y tiene sentido: hay programación de batería y muchos efectos musicales.
La batería programada apareció porque no lográbamos un sonido lo suficientemente firme con una batería grabada. Trabajé mucho con Luciano Oliveira (ex The Twelves), que viene de la música electrónica y bailable. Siempre trabaja con demos muy programadas antes de grabar. En el estudio, especialmente con "Salvador" y "Máquina do Rio", probamos grabar de una manera más tradicional, pero nada funcionó mejor que esas programaciones.
Hay otras canciones, como "Carolina", que tienen efectos más evidentes. Algunas cosas yo no las hubiera elegido de entrada, pero los productores me las mostraron y me parecieron interesantes. Hay sonidos que aportan algo moderno, como una especie de suspensión, de aire. Al final de la canción aparecen arreglos de cuerdas más osados.
También está el bajo de "Salvador": suena electrónico, pero en realidad es un bajo sampleado, una programación. Todo eso convive en el disco.
Son muchos los productores involucrados. ¿Cómo se construye una identidad cuando hay tantas miradas distintas alrededor de las canciones?
Creo que esta unidad se da porque yo siempre estuve ahí, acompañando el proceso sin intervenir de manera autoritaria entre los productores. Trabajé con gente en la que confiaba, que sabía que iba a aportar algo propio. Todo es una extensión de mi gusto, de mi manera de escuchar música. Muchos de ellos, especialmente Antonio Ferraz y Luciano Oliveira, fueron aliados fundamentales desde el comienzo. Construimos la base del disco juntos, desde las demos hasta los arreglos y las grabaciones. Encima son personas muy cercanas a mí y muy conectadas entre sí.
"Salvador" abre el disco con vos cantando con tu papá y hermanos. ¿Qué cambia en tu manera de cantar cuando sabés que Caetano está ahí?
No se si cambia algo. Yo crecí cantando con él de manera profesional. Con él empecé a cantar de manera profesional, así que cantar juntos es un lugar conocido, familiar. Hay un cuidado especial, claro, pero no es algo extraño para mí.
Otro nombre que aparece en la lista de colaboraciones es Morelenbaum. ¿Qué te hizo sentir que era la persona indicada para este disco?
Jacques es una presencia constante en mi vida desde la infancia. Fue director musical del show de mi padre, yo viajaba mucho con ellos. Antes de entender qué era un arreglador o un músico, ya lo conocía como persona. No podía imaginar a nadie más haciendo esos arreglos. Como casi todo en el disco, fue una intuición, algo que vino de un lugar más espiritual. Todas las decisiones, incluso la elección de colaboradores, surgieron de ahí.
Sé que estás preparando una gira. ¿Argentina aparece en esa lista de destinos posibles?
Seguramente. Espero ir Argentina, lo deseo muchísimo. Espero verlos a todos ahí.